El cepillo dental se desplaza uniforme, monótono,
diríase que obra atado a un péndulo; contrario o símil a esto; es mi mano la
que lo sostiene, a las cinco de la mañana, ni un minuto más, ni uno menos. Ocho
minutos dura esta fase del ritual que es mi despertar. Luego vienen los doce
minutos y medio de la rasurada. Las prendas del día , previamente
acondicionadas, descansan en un pequeño estante, cuyas hechuras bajo mi precisa
mano adornan el breve respiro entre el baño y mi habitación. En cada ambiente
de casa tengo un reloj. Al lado de la ducha, enmarcado en madera y cristal, se
deja ver un Rolex Oyster de 1926 , el primer reloj impermeable de la historia;
que conservo y que perteneciera a mi abuelo, quien lo cosechó en una de sus
extrañas estadías; en este caso las lóbregas calles de Filadelfia. Esta
reliquia aún funciona, a pesar de dos percances que fueron superados gracias a
las ancestrales habilidades del señor Simón Steinberg, de sempiterno kipá y
silente sonrisa; maestro relojero quien aún, a pesar de sus ochenta lustros,
trabaja en su modesta tienda de San Bernardino, zona donde hago vida. A veces
le pregunto a este orfebre del Hebrón por los devenires de su sobrina, Doris,
quien hace dos décadas incendió mi lecho, en una de esas noches de encuentro y
posterior amnesia. La última vez que supe de ella, al parecer había decidido
por cumplir la muy antigua profecía de Sión, entregándose a los rigores de un
kibutz. Confieso que la amnesia a la que esta joven, para su momento, me
condenó, rompió mi corazón regocijado. No quiero distraer mi camino con esta
remembranza, así que me enfilo nuevamente por los derroteros de mi rutina. La ducha
dura quince minutos, algo larga para un “macho que se respete”. Mi escrupuloso
aseo tuvo sus orígenes a consecuencia de una fiesta quinceañera, en la cual,
por cuestiones hormonales mis axilas contravinieron cualquier deseo,
expectativa o sueño párvulo. La chica a quien dediqué innumerables ensayos
frente al espejo, me abandonaba en plena noche debido a mi orgánico percance.
Desde entonces no descuido ningún centímetro de mi cuerpo. Bajo la
regadera, un artificio sirve de guarida a cepillos, jabones, esponjas, champú y
acondicionador. La mirada vigilante del flamante Rolex Oyster 1926 cuida que el
baño transcurra en el tiempo estipulado. Acto seguido, tomo la toalla
cuidadosamente colocada en su colgante (procuro usarla en dos duchas y luego lavarla);
el secado dura diez minutos. Al concluir esta fase, tomo la bata de baño, voy a
la cocina a lo que denominamos en criollo “montar el café”. Entonces tomo las
prendas, vestirme dura unos diez minutos. Me encargo del nudo doble de corbata,
yuntas, traje a la medida, barato pero cuidadosamente confeccionado por Ramón
“El Chino”, sastre colombiano quien dice haber aprendido todo lo que sabe en
los talleres de Ermenegildo Segna, en sus juventudes por Italia. Entre los arreglos personales y las pausas transcurren
veinte minutos, la tetera anuncia que la infusión está lista. Mientras degusto
el café, lavo la tetera y la taza me dan quince minutos; unos segundos más
lleva acicalarme un poco y perfumarme. A las 6 y 40 estoy encendiendo el carro,
para llegar en media hora a la oficina. En una torre de la avenida Andrés
Bello, planta baja, desayuno con un sándwich integral en el tarantín de Doña
Grecia; sucede todas las mañanas, de lunes a viernes, sin otra esperanza más
que hacerlo de nuevo al otro día.
Lucy es una gochita linda, de unos veintidós años.
Su sonrisa amelcochada, pero genuina; sus palabras melifluas, pero sentidas,
son lo primero que me reciben al trasponer el umbral de la empresa Galindo
& Galindo Asesores de corretaje, donde hago de supervisor de asegurados en
flota. Yo le dejo a ella un bombón en su escritorio. El jefe, un maracucho
jovial, alto y barrigón, pero de terribles procederes verbales si no se
contesta lo que espera me saluda.
- ¿Qui hubo Cheito, cómo
estais?
- Muy
bien señor Galindo, comenzando el día – Contesto, siempre desagradado con eso
del “Cheito”, no me he acostumbrado a ello
Aquiles Galindo, hijo de españoles y nacido en
Maracaibo, se vino sin un céntimo cuando apenas contaba con catorce años. Lo
recibieron unos parientes de afecto que sus padres cosecharon en el duro éxodo
de la guerra civil española. Atrás dejó a sus hermanos mayores, con la voluntad
de no volver a los tórridos callejones del barrio El Amparo. Su padre, zapatero
de oficio, no alcanzó el sueño tropical de muchos compatriotas quienes
devinieron en grandes potentados, al mando de gigantescas industrias. Don
Tarcisio Galindo quedó en la miseria, ahogado en su laberinto de alcohol.
Aquiles hizo de todo, al mismo tiempo estudiaba. Lavó carros, limpió botas, fue
portero, albañil, pintor de brocha gorda, incluso aprendió talabartería. Se
abrió paso, ya cumpliendo mayoría de edad, en una gran empresa de seguros como
mensajero. Pronto escalaría posiciones, aprendiendo todo lo relacionado al tema
de los seguros. Después de llegar a cierta posición intermedia decidió trabajar
por su cuenta como productor de seguros hasta establecer su propia oficina de
corretaje, a la cual me incorporé hace quince años. Desde ahí, consecuencia de
muchas tribulaciones, decidí no cambiar. Desde aquellos días hago exactamente
lo mismo que ahora. El día continúa con su semblante de siempre. Almuerzo en el
tarantín de doña Grecia una comida casera que ella me prepara al gusto. Miro mi
reloj, una baratija digital, cada diez minutos. Como es de ver, mi obsesión es
el tiempo. Un minuto de más en cualquier ritual es catástrofe, siento que
perderé algo; me aferro al minutero redentor. Me he convertido en un
pronosticador. Sé cuando se acerca el tiempo de lluvia, cuando viene la sequía;
cuando el viento desaparece y el smog se posa en nuestras cabezas. Mientras sorbo el café meridional, un ave
mensajera se lleva mis pensamientos al pasado.
En pleno fragor de los noventa me hallo parado en
una parada del célebre metro bus caraqueño. Cargado de libros me toma de
sorpresa el declinar de la luz. El anuncio de la noche, metáfora de la
confusión, me asecha. La universidad está lejos aún y la calle es una marejada
metálica que aúlla de furia. Llega el colectivo y como puedo me hago un lugar
en él, quedando mi región pélvica en estrecha tertulia con los hermosos glúteos
de una pelirroja, pecosa y esbelta, que también parece universitaria. Larga es
la jornada en el tráfico, entre el avance y el freno de la unidad, la tertulia
antes mencionada va tornándose en una mala pasada de Eros. Ella voltea y me ve
con cara de molestia, lo hace una y otra vez. Yo sólo sonrío con ceño triste,
en el entendido de que las circunstancias nos superan. Intento voltear, cambiar
de posición; misión imposible. Sería tedioso seguir ahondando en detalles, lo
único que sé es que una especie de relámpago, cuya rapidez haría palidecer al
mismísimo Bruce Lee, estalla en mi cara. Evalúo aquel impacto subitáneo,
instantáneamente, cerrando los ojos, remontando páginas de Osho. La bofetada es
motivo de burla, risas y hasta aplausos. Tal reacción de la gente me alivia, no
vaya a ser que emerja un vengador anónimo a ajustar cuentas. En una parada
intermedia me bajo del bus, avergonzado, dispuesto a caminar el equivalente a
diez cuadras para llegar a mi destino.
Retumba el cielo, aviso de tempestad; sumido en una tristeza cruzada con
iracundia, inicio mi caminata sin importar que los truenos y el agua me
reduzcan a un mendrugo mohoso. Así nació la historia con Doris Steimberg.
Sigo en los años noventa, los pasillos de la
universidad son mi única nostalgia. Jóvenes sentados en el suelo, fumando,
repasando materias, jugando truco. Yo me deslizo temeroso al encuentro de mi
reducido grupo de amigos, quienes cultivan hobbies extraños, como la numística
y la radio afición, mientras la gente normal está de fiesta. Sólo veo a
Fernando Montenegro, uno de mis secuaces; está de pie, solitario como cucaracha
en baile de gallinas. Lo abordo en seguida y le invito a revisar nuestras
calificaciones de Contabilidad en la cartelera de quinto semestre. Así fue como
me enteré que eximí la materia al unísono de encontrarme en el mismo lugar nada
más y nada menos que con la autora de la bofetada en aquella tarde lluviosa y
congestionada. La reconozco sólo por aquellos ojos severos, que ahora rayan en
calma, mostrando el azul de un amanecer despejado, revelándome sus matices
primaverales y elíseos. La nariz alargada y fina mantiene su línea recta
levemente ascendente. Su pelo casi zanahoria cae con sinuosas ondas sobre su
busto y hombros. Fernando, mi amigo, llama mi atención; pero yo, absorto en mi
espectáculo renacentista, hago pausas sobre el rostro de aquella chica
impulsiva que ahora se muestra en el reposo de alguna meditación. Superando mi
cobardía de siglos la abordo. Ella se excusa, no me reconoce; obligado a
revivir aquel desagradable episodio, le narro los pormenores de un mal
entendido. Entonces ella, impasible y al mismo tiempo implacable me dice:
-
No me interesa conocerte, así que devuélvete por donde viniste.
Contrariado pero ya advertido por el sentido común
de que aquello iba a suceder, le pido disculpas y me retiro. Fernando celebra
que también exime; me recibe con duras palmadas en la espalda. Yo sin darle
importancia a la celebración me quedo sobre mi propio eje, contemplado aquella
espalda que se aleja y que en un episodio extraño, profané sin querer por jodas
del destino. De pronto, desde aquel día, no pude evitar tropezar con ella. La
veía en el cafetín, en los pasillos, en el decanato, hasta en la calle donde
algunas veces enfrenté su indiferencia. Entonces me prometí, ante el Dios que
aparece sólo en tiempos de necesidad, que haría lo posible por merecer su atención, de hacerme por lo menos
inteligible y digno de un espacio en su memoria.
Con la mente en el pasado, mi ánimo pretérito
vuelve a ciertas bisecciones de la vida. En mitad de mi carrera como estudiante
de administración, un evento singular ocurre. Las matrículas de inscripción se
elevan drásticamente, mi madre no halla como rasguñar la realidad para que yo
sea un “hombre de éxito”. Casi a fines de 1993, un grupo de compañeros se
aposta frente a la universidad, la cual es privada, exigiendo se reconsidere la
tarifa del semestre. El rectorado hace oídos sordos, hasta que a la semana
estalla una huelga estudiantil. Un estudiante perteneciente al Partido
Comunista se adueña del altoparlante, exigiendo se cree un centro de
estudiantes en la casa de estudios. El rectorado vuelve a hacer oídos sordos. A
mí me parece que una universidad, sea pública o privada, debería poseer un
centro de estudiantes. Hago contacto con el activista y compañero de
estudios, de nombre Esteban Reyes, para
reiterarle mi respaldo. De pronto, casi de la nada, me encuentro en el ojo del
huracán. Los medios de comunicación se apersonan en el centro del conflicto.
Esteban, improvisando estrategias de su naturaleza política, invita a los
estudiantes a conformar un grupo de conflicto. Algo me lleva a plegarme a ello.
Son veintidós personas la que se adhieren al movimiento, quienes actúan en
representación del estudiantado. Yo me encuentro entre ellos. En estos días las
protestas son reprimidas duramente por el estado. Somos investigados, Esteban
es detenido varias veces. A mi me trasladan a las instalaciones de lo que se
llama para el momento Policía Técnica Judicial (PTJ) en el Helicoide; es una
especie de rapto sorpresa. Viene un interrogatorio sobre mi activismo y mis
posibles filiaciones comunistas. Asustado, reniego de cualquier vínculo
político; entonces soy persuadido de
abandonar la protesta. Obedezco, así evito pasar por las lides de una tortura
física y psicológica.
Poco es el tiempo que transcurre entre mi detención
y el fin de los reclamos estudiantiles. Espacio que me salva de quedar como un
traidor frente a mis camaradas, cuando estoy a punto de abandonar mi apoyo a la
causa. En pleno conflicto con las autoridades universitarias, interviene el
gobierno como garante de la educación, haciendo de mediador. Son muchas las
apariciones mediáticas donde aparezco de espaldero de Esteban. Él, en el
ínterin de nuestra convivencia, me obsequia una copia “El Capital” de Karl Marx
y el “Manifiesto Comunista”. Así fue como llegué a conocer la vida de aquella
heroína arquetipal del proletariado alemán, Rosa de Luxemburgo. Para no desviarme,
sigo con mi relato. Sin ánimo de minuciosidad, los hechos llevan a una
negociación entre la universidad y el estudiantado representado por “El grupo
22” al cual yo pertenecía. Los días posteriores son días de gloria, me vuelvo
popular, aunque un resquemor rasga desde adentro; es mi cobardía de haber
abandonado la lucha casi al fin del movimiento, sin que nadie se diese cuenta.
Poco a poco voy dando la espalda a mi amigo Fernando Montenegro y el grupo de
“jóvenes extraños”. Frecuento fiestas, juego truco, aprendo a fumar y mis
calificaciones empiezan a ir en picada; sin embargo algo de holgada dedicación
permite que en el futuro llegue a lincenciarme sin mayores contratiempos más
que unas calificaciones no tan excelentes.
Ya un poco despreocupado , en una tarde caliente, llego a la universidad
y veo a Doris, con la sorpresa de recibir su saludo. Rápidamente me incorporo a
aquella antigua cruzada de ganarme su favor. Doris da indicios de haber
olvidado el percance que nos hizo tropezar el uno con el otro. Quizás es mi
breve militancia la que me hizo célebre. Pronto se inicia una amistad, donde el
cine, las fiestas y el estudio hacen de dinamos para una relación que
trascendería a la intimidad. Sin mucho preámbulo, el tiempo nos lleva a su
casa, muy cerca de la mía. El espacio amplio nos habla de una arquitectura que
en su momento se concibió para el vertiginoso crecimiento de la ciudad. Su
padre, de nombre Elías Steinberg, posee una tintorería no muy lejos del
hogar. Urdiendo estratagemas para la seducción,
previamente me asesoro con un somelier en una tienda de “delicatesses”, quien
en materia de vinos hace fina escogencia entre esas savias que desde los
tiempos de Baco inspirarían las más hermosas tragedias. Con ánimo afrodisíaco
avanzo, entablando un discurso poético y para aquellos tiempos, extremadamente
dulce. Entonces la hermosa Doris abre la primera puerta, donde las lenguas se
entrelazan y hacen de prólogo a una historia fluidiscente. Sin embargo, el
primer encuentro no trae la consumación de aquel acto primigenio. En el futuro
habría de ingeniármelas y por módicos precios daría asesoría contable a algunas
personas para así procurarme los medios con los cuales continuar mi tarea de
casanova.
Para Doris no es suficiente. No basta con ser un varón
en celo, deben ocurrir ciertos eventos especiales, cosas fuera de lo común,
digamos que sobrenaturales. Siempre me pregunto a qué se debe que las mujeres
le rindan culto al artificio, la magia que no es más que un compendio de
trucos. Quizás por mi impericia y corta edad para aquel momento, no supe
desentrañar el misterio, así que recurrí al error de la franqueza. Doris
aparentemente sorprendida no da crédito a la crudeza de mi lenguaje:
-
Quiero sexo contigo, me gustas. ¿No te parece sensata esta razón? – Acto
seguido Doris revive la bofetada que hacía un año me propinara en aquel metro
bus.
Echado casi a patadas de su casa emprendo la
caminata al hogar. Evalúo, a través de una minuciosa genealogía, los hechos que
me llevaron al éxito inicial y después al fracaso. Entiendo entonces el asunto
de la verdad como un mito del género femenino; las mujeres claman por ella,
pero a fin de cuentas no la soportan. A mitad de camino llueve; de mano con la
derrota, el agua permea todo mi ser, llegando incluso a los más oscuros y
recónditos laberintos de mi espíritu. Siento una mutilación; busco en lo más
hondo aquello que me ha sido arrebatado. Mamá me espera, lo sé, con la cena
lista. Mi aspecto le asusta, así velozmente busca toallas y prepara un baño
caliente. Es mi madre. ¿Cómo explicarle el origen de mi miseria?. ¿Cómo decirle
que ahora su hijo es un rastrojo, desechado, frustrado en lo más profundo de su
libido?. De pronto mi imaginario se
llena de rostros reclamantes, los de mis amigos. Son momentos de arrimarse a la
acogedora sombra de la amistad. Amigos abandonados en el camino, por los
encantos de una pequeña fama circunstancial. Con el tiempo a favor, sé que una
llamada a Fernando, una disculpa fraterna, pueden procurarme el consuelo tan
necesitado. Pero un falso orgullo impide que recurra al dial que nos separa.
Los días posteriores a mi fracaso son mordidas que
atenazan mi nuca. Sin los amigos, sin el objeto del deseo, deambulo como un
eremita. En la calle las horas retornan. Me refugio en largas caminatas,
exploro callejones del centro de la urbe; llego a la plaza Bolívar, cuna de
repúblicas. Entonces hurgo en una religiosidad jamás sentida. Recurro a los
favores del Nazareno de San Pablo y Santa Rosalía a fin de ser curado de esa
peste que es el amor. Entonces me toma por el cuello el enigma de mis orígenes.
Jamás conocí a mi padre. Mamá nunca habló de ello, pero recuerdo aquella vez
que su hermano, tío Gerardo, en medio de
una borrachera me señalaba, vociferando que yo era el escupitajo de una sotana.
Mamá supo mantener esa duda aparte, lejos de mis interrogantes. A veces no sé
si agradecerle o reclamarle. No fui dotado de alguna mala conciencia, mi vida
fue irrigada de convicciones, de una mirada vanguardista pletórica de futuro.
Mamá, día a día, decía que hay “por qués” que no merecen respuesta. El tiempo
para ella era rectilíneo y uniforme, por lo tanto el pasado habría de
superarse; para ella de la historia debía permanecer sólo aquello que nos
exalta. Es extraño, pero hoy no me planteo respuestas a cosas que de seguro, su
llegada implicaría el derrumbe de mis valores de sobrevivencia. Las naturalezas
fuertes se ahorran preguntas.
Por aquellos días, una película argentina hace
estragos en los corazones (El lado oscuro del corazón). Ya sé que Doris estaba
tras las explosiones de algo sobrenatural en eso del amor. El film trata de los
periplos de un romántico enamorado, que recorre sus avatares eróticos a través
de la poesía. Mario Benedetti es uno de los poetas que integran su inspiración.
Recurro entonces a un poema, extralNURACI
ro de ella:cual le hice3
acompañado de un ramo de rosas rojas el cual le hice3 llegarimplicarista llena
de futuro. a. Eqído de su libro “Inventario Dos”, transcribiéndolo a una tarjeta,
impresa de corazones; con un ramo de rosas rojas el cual hago llegar a Doris a
través de un mensajero a su casa:
SATURACION
Dejaré esta rosa
en el abandono
el abandono está
lleno de rosas
No tarda el efecto de aquella acertada acción en
hacerse presente. Doris, trémula y palpitante, me saca de una de mis clases de
mercadeo. Efusiva, ardiente, me besa sin importar la naturaleza de los
testigos.
-
Quiero que me hagas el amor – Repite Doris sin cesar, húmeda como las
selvas barloventeñas.
Con lo cosechado de mis “tigres” como asesor
contable puedo asumir el coste del deseo que taladra mi alma. Es una noche
memorable. Llevo a Doris al Hotel Tamanaco; llegamos a una habitación con vista
a la avenida principal de Las Mercedes, donde nos aguarda una “Moet Chandon”.
Una larga conversación precede al acto final; historias e hitos de nuestras
vidas. Ella narra la odisea de su familia, el escape de Treblinka, el peregrinar a tierras nuevas henchidad de
olvido y rostros festivos, un calor redentor de aquel armagedóm de hambre,
balas e invierno. Yo intento evadir mi
parte con historias triviales, sin embargo la pregunta llega, ineludible y
mordaz, sobre mis orígenes. Con varias copas encima, echo mano a la vieja
leyenda del sacerdote y la virgen. Un profundo silencio precede a una mutua
carcajada al unísono. Jamás he estado tan cerca del sentido del humor. La
desnudez de una dama de marfil, su celeste iridiscencia bajo las tenues luces
de una luna menguante aniquila cualquier óbice de vida. En la TV, casualmente,
un concierto de Gustav Mahler nos cobija. Poco a poco las pieles se despojan de
pieles. La noche se hace blanca y mi soledad se tiñe de alba.
Medio dormido, busco señales de vida al otro lado
de la cama. Nada aparece, sólo el frío de un lecho abandonado. Recorro la
habitación, voceo hasta quedar afónico. En la recepción del hotel no dan
evidencias de Doris. Ella ha desaparecido misteriosamente. Con el corazón en la
boca me lanzo por los recovecos del hotel.
Me pregunto mil veces por minuto qué ha sucedido. Subo de nuevo a la
habitación, reviso si hay alguna nota de despedida o alguna excusa. Nada
encuentro. Desde la habitación llamo a su casa, nadie me da razón de ella. Con
un miedo, esa ubicuidad que se apodera
de todos los objetos y seres que salen al paso, llego a casa. Mamá pregunta
cómo me fue con el grupo de estudio; casi olvido la excusa que le di para no
revelar mi oscuro itinerario y así no dar explicaciones. Contesto que “fenomenal”. Sin embargo ella nota que
algo anda mal, me conoce a fondo, conoce cada variante de mi ceño. Le doy excusas,
que si cansancio, que si la calle es un infierno, Se tranquiliza
momentáneamente, dejándome un respiro necesario para poder afrontar esta
horrible eventualidad.
Pasan los días, en la universidad no hay rastro de
ella. En su casa dicen que salió de viaje repentinamente, de una manera
cortante. Cierto alivio me convence de que al menos está viva, pero sin
explicarme el motivo de su desaparición. Pasan los meses, dejo de llamar a la
casa de los Steinberg. Pero de vez en cuando voy a la tienda del tío relojero
que una vez conociera por ella, Simón Steinberg, a fin de convertirme en la
excusa de ser un cliente, para dejar colar preguntas sobre el paradero de
Doris. Luego pasan los años, me licencio en contaduría pública. Para esos días
mamá está aquejada de un cáncer de hígado que la fulmina pocos días después del
acto de grado, al cual asiste milagrosamente con una bombona de oxígeno. Mi
vida, poco a poco, se convierte en una sombría agenda de rutinas y horarios.
Heredo el apartamento de mi madre, el cual conserva la decoración de siempre,
salvo algunas pequeñas refracciones. Ya justo en otro tiempo, diecocho años
después, la misma ave mensajera que me llevó al pasado me trae de vuelta. Miro
el reloj, he sobrepasado un minuto en el “Tarantín de Doña Grecia”. Me levanto
bruscamente, sin despedirme de la encargada, la señora que inspira el nombre de
la cafetería. Corro a fin de recuperar el minuto perdido, tropiezo a un hombre
de mediana edad, al cual se le caen unos objetos y un periódico. Le pido
excusas y ayudo a recoger el desastre que produje. El ascensor tarda, mientras
doy vueltas en círculo como una pantera de zoológico. Llego un minuto tarde a
la oficina, sin embargo nadie nota la diferencia; sólo yo, obcecado por el
tiempo. Aquel minuto perdido me inunda de presagios. La última vez que rompí
con el tiempo pasé por una desagradable situación: un neumático averiado. A
pesar de no creer en nada, soy supersticioso respecto a mis rituales. Ellos
poseen el rango de dioses. Cada amanecer rindo tributo al tiempo, sin más altar
que yo mismo obedeciendo sus designios, reverenciándolo permanentemente, con
cada mirada al reloj. La jornada de trabajo llega a su fin. Sin nada que me
retenga, con todo al día, me ciño al “Plan A” de mi itinerario, correspondiente
al cumplimiento exacto del horario. Como es la tarde, tan concurrida de seres
cansados y apremiados de hogar, es mayor el tiempo de regreso. Casi una hora me
ha tomado el retorno a casa. Sería más práctico ir de peatón debido a la
relativa cercanía de mis destinos. Pero siempre he necesitado tener el porvenir
entre mis manos, a través del volante. En la planta baja del edificio funciona
un mercado. Religiosamente hago una compra de vegetales frescos y frutas para
el día. El mismo cajero de hace veinte años me espera, y mientras pago,
hablamos del tiempo y un poco de política. Tan extensos temas los resumimos en
los cinco minutos que permanezco en la caja.
Al fin en casa, son las seis y media de la tarde.
He dejado un poco de carne en descongelación desde la mañana. Me gusta preparar
un bistec dos veces a la semana. Pongo la mesa, aún sin cambiarme de ropa. Una
vez puesta la mesa, voy al baño donde me espera la muda de casa y una ducha
crepuscular. Sin embargo alguien toca la puerta. Molesto por el importuno suceso,
atiendo la puerta. Un joven, pelirrojo, alto y fornido me observa con gran
seriedad y una especie de gran asombro. Sus ojos me recuerdan a alguien, de
hace mucho tiempo. Le pregunto que quiere. Él responde “vengo de parte de Doris
Steinberg”. Son dieciocho años que me han separado de ella. Raudo, le abro la
puerta. Pregunto su nombre; se llama Joseph. Le pregunto si quiere cenar. Él me
dice que sí. No le apetecen las carnes rojas. Así que busco algunos fiambres y
unas galletas de pan de centeno.
-
¿Eres pariente de Doris? - le pregunto
-
Sí - me responde preciso, a la
espera de que yo lleve la delantera.
Le observo, ojos azules, pelo rojo casi zanahoria,
boca grande y expresiva. Trato de no caer inmediatamente en preguntas directas,
como si algo importante sucede y hay que develarlo poco a poco.
-
¿Qué eres de Doris? – Indago, mientras sus ojos se agrandan, rememorando
aquella iridiscencia que me llevara a la locura hace casi dos décadas
-
Soy su hijo - Responde parco y preciso el joven Joseph.
No sé por qué, algo oprime mi pecho, un
pensamiento, una revelación. Una gran pausa se interpone entre nosotros. Voy a
la alacena. Un vino argentino me espera. Sirvo una gran copa. El joven Joseph
no bebe, yo tampoco a menos que surjan estos casos excepcionales. Sin ánimos de
precipitarme, preparo una cena ligera para ambos. Él viene de Israel y recién
ha llegado a la mayoría de edad. Es despierto, inteligente, racional. Pregunto
por Doris. Me responde que está bien. De su billetera extrae una fotografía
reciente. Son los mismos ojos, algo encogidos por el paso de los años, pero
pletóricos de brillo como antaño. Cenamos y conversamos sobre su madre, pero el
tema principal es ineludible: la razón de su visita. Entonces Joseph comienza
su relato.
“Hace casi dos décadas mi madre partió de Venezuela
súbitamente. Las razones las daré posteriormente. Ella llegó a Tel Aviv, donde
estaban residenciados unos primos. Había dejado sus estudios para escapar de
Venezuela. Allá comienza sus estudios en Historia, los cuales culmina con éxito.
Son muchas las gestiones para que ella logre su residencia en Israel y su
posterior nacionalidad. Gestiones que no daré a conocer para no alargar mis
exposicición” – Mientras tanto yo voy expandiendo los tragos de vino – “Cabe
destacar que al poco tiempo de llegar a Israel, mamá estaba encinta; era yo
quien venía en camino. Con la ayuda de la familia logra llevar los estudios y
sacarme adelante, una vez llegado al mundo. En la universidad conoce a mi
padrastro, quien fue padrino de su tesis doctoral en historia hebrea. Fueron
años de ignorancia sobre mis orígenes; adopté el apellido de mi padrastro
(Honutz). A los años, después de crecer como una familia feliz, nos trasladamos
a un Kibutz, donde aprendí muchos oficios. Nada se habría revelado acerca de mí
hasta cumplida la mayoría de edad. Mi padrastro fallece en una escaramuza cerca
de la franja de Gaza. Entonces mamá un día me revela la verdad sobre mí. Eso
fue hace seis meses. A pesar de restarle importancia, no pude sacarme de la
cabeza venir a Venezuela para encontrarme con mi historia, por eso estoy aquí”
– En el corto relato he bebido tres largos tragos de vino.
Conmovido por la historia, no puedo reprimir un
sollozo. Aquella historia apasionante es tan distinta a mi realidad, pero de
alguna manera algo me dice que es mía también Joseph entonces me pide le sirva
una copa de tinto. Sorprendido por tal reacción rápidamente le complazco. Larga
es la conversación, sobre cómo conocí a su madre y lo inolvidable de su
recuerdo. De pronto, en el calor de las remembranzas, pregunto al joven la
razón de su visita. Un largo silencio cae desde el fatum de los primeros días.
El se para del asiento, se acerca a mí, toma mi cabeza con ambas manos y me
dice:
-
¡Estoy aquí porque eres mi padre!.
No sé que vendrá después en esta historia. Pero,
sólo se que me llamo José Antonio, un obsesivo del tiempo que no pierde un
minuto, mas se ha perdido una vida entera. Algo más que un minuto en este
porvenir que es mancha, luz; o ambas.