miércoles, 19 de junio de 2013

Prueba

"Sobrevivir en el tiempo", ensayo fotográfico de los (fotógrafos o artistas?) Alfonso Paolini y Stefania Molentino, busca plantear una reflexión sobre la realidad de los pueblos de Venezuela. Carache, pequeño poblado del estado Trujillo enclavado en Los Andes, es el escenario donde el ojo que detiene el tiempo provee al expectador de representaciones que dan fe de su gente, arquitectura tradicional y paisaje urbano. Imágenes de personajes y escenarios, su vida cotidiana y la arquitectura que lucha por no desaparecer. El trabajo se relata en cinco momentos: Caracheros: serie de retratos en blanco y negro. Dentro de sus vidas: espacios de intimidad. El escenario, la cotidianidad en la memoria arquitectónica. La finca: espacio del trabajo en la tierra alta paramera. El trapiche de Mirinday: quehacer productivo de generaciones que construyeron el pueblo.
"Sobrevivir en el tiempo" más que un testimonio gráfico es una crónica que explora la agonía como lucha por la supervivencia que se da en los pueblos venezolanos. La modernidad, aún vigente, es la luz de un mundo difereciando: Centro y Periferia. El llamado cosmopolita, el tan anunciado triunfo de la globalización, cierne sus luces y sombras desde una lejanía más existencial que espacial. La ciudad como sujeto de memoria, su influjo disuelve la identidad del campo; el éxodo y la ruptura progresiva del lugareño con su historia generan nuevas referencias que resignifican el patrimonio y el habitat. El retrato se despoja del color para revelar en el carácter de los rostros la pugna entre el devenir y la resistencia a éste que se da en la voluntad de permanencia; simultáneamente el porvenir se expresa en los pequeños sucesores, páginas en blanco sobre las que el peso silente de la herencia deposita la incógnita de su prolongación. En los ámbitos de vida, manifiesta en el tratamiento de sus colores, fluye la cotidianidad con sus seres inmóviles y expectantes, el zaguán, la ventana que evoca promesas de amor. La religiosidad se registra como vínculo de lo popular y las fuerzas divinas, rasgo esencial que conforma el quehacer vital de la gente. La convivencia de este misticismo con objetos del azar e imágenes familiares son esa mirada pretérita con que se afronta el destino. Los paisajes naturales del páramo, su clima moldea la madurez temprana en los rostros, transforma con lentitud los espacios, antíguas estructuras que sus habitantes, con escasos recursos, intervienen para darle continuidad en la disonancia de materiales, pero sin olvidar elementos propios de la cultura. Así vemos como el zinc y otras materias ajenas a la tradición dan forma a los aleros derruídos por el paso del tiempo y las corrientes montañosas.
El trabajo, representado como relación del hombre con el espacio, el sustento que dinamiza la cultura, se desarrolla en la simultaneidad. El lente se concentra en los resplandores, narra el nacimiento del sol sobre la tierra dejando una puerta abierta a la poética. En el trapiche, los colores se hacen presentes, revelando el alma y sustancia que engendra: El papelón. La ganadería y la caña de azúcar, fibras que conforman músculo vital de la serranía, nadan árduamente en las aguas de la memoria. Sus hombres y mujeres participan en paralelo a esa nostalgia urbana, fachadas coloridas y heridas. La austeridad de recursos, los rudimentos que generación tras generación permanecen, vibran con la sonoridad de un eco. Pasión y religiosidad, terrenos preponderantes en la taxonomía del hombre de la tierra, son una llama de formas menguantes. Esta constitución humana, donde lo extraño e irreal participan en la rutina, es el espíritu del Realismo Mágico. En cada imagen se asoma levemente la esperanza, la pasión más perseverante que es el astro de la penumbra. "No posee esperanzas el ocaso y derrama tanta luz como la aurora" diría el filósofo Carlos Silva en "La Vigilia" (Elegías Occidentales). Así las imágenes, en cada tiempo que las ordena, abren espacios y construyen ventanas al porvenir.

miércoles, 12 de junio de 2013

Espacios Diversos

Buscamos respuestas y vivimos en la confusión. Siempre acudimos a las mismas preguntas, que son muy pocas y siempre nos lanzan a lo mismo. Es un círculo, y ante la ausencia de salidas hay que romperlo y cambiar esas preguntas, refomular la óptica. Las reflexiones tienen poca retroalimentación en estos tiempos de confusión. Estamos ante el grito de la reacción. Todo lo distinto es rechazado, todo lo alternativo es incomprendido, todo lo que requiera cambio da miedo, rabia o risa. El hombre común vive como puede. Un hombre común la mayor parte de su vida está resolviendo contingencias. Poco tiempo se encuentra para el cultivo del espíritu, sin embargo a duras penas siente la necesidad de proponérselo. A veces uno envida a los eruditos. Pero así sea con pocos recursos es necesario lanzarse a la aventura del pensamiento. Y hoy, por un lado abatido y por otro estimulado ante las circunstancias, el medio donde hago vida, quiero hacerme preguntas no frecuentes (para no decir nuevas). Un amigo por ahí sostiene que hemos llegado al día de los ignorares porque lo que sabemos no conduce a nada. En parte no estoy de acuerdo, pero la esencia de esa reflexión es digna de abrazar. No sólo en nuestro país, en el mundo se vive un conflicto espiritual, cuyos síntomas se evidencian en lo ético, lo político y lo económico. Hablo de lo espiritual, no estrictamente visto como lo esotérico o religioso. Me refiero a lo que definiría el psiquiatra Víktor Frankl como la dimensión donde el ser humano trasciende y es libre de darle sentido a la vida. Y ahora, atrapados entre dos frentes, pareciera que la solución es elegir incondicionalmente uno de ellos y olvidarse de esta libertad. Me niego, ya que en en este choque monumental hay dos totalidades que quieren imponerse. 

La hegemonía es ese estado donde existe un estílo único de vida, un sólo pensamiento. No hay ensayo hegemónico en el mundo que haya devenido en felicidad, que se haya mantenido incólume. La hegemonía también supone lo inamovible, una realidad que no cambia. Pero el ser humano, desde lo individual hasta lo colectivo, es dinámico. Cada día hace del hombre un ser distinto. Uno no es el mismo al levantarse y al acostarse. La utopías son ideas, ideas que tienen como espíritu lo bello. Lo bello es la idea de lo inmutable, de lo eterno, porque lo perfecto no cambia. Si bien es cierto en nuestra naturaleza está la búsqueda de la idea, la belleza de ésta, también lo es que no existe en el mundo tangible una representación exacta de tal cosa. El dinamismo, el cambio, la perentoreidad son enemigos para el que va por la materialización del ideal. De ésto se desprende la felicidad. Esta idea, que también nació de nuestra sed de perfección e inmutabilidad, tiene su némesis en el cambio, el dinamismo y el desorden. Los totalitarismos, visiones únicas y no cambiantes de la vida, empuñan la lanza de la felicidad. El nazismo prometió a Alemania una sociedad perfecta basada en el pangermanismo. La felicidad racial aria se abrió paso practicando perversiones como la eugenesia, el darwinsmo distópico de la selección artificial y no natural de la especie. En su voluntad de realidad, esta utopía emprendió la persecución de lo diverso y lo cambiante, la aniquilación del "otro" encarnado en las "razas inferiores", en los campos de exterminio, la quema de libros, el destierro del "arte degenerado" (las vanguardias). No en vano Goering decía que cuando escuchaba la palabra cultura sacaba la pistola. El Comunismo hizo lo mismo en la Unión Soviética. La Revolución aplastó todo aquello que amenazara la consumación del "Hombre Nuevo Soviético", no en vano se llevaron a cabo inmensas purgas sociales. Un ejemplo está en la destrucción de las vanguardias, como la que acompañó a los revolucionarios en la toma del poder: El Constructivismo Ruso. Lenin, ya en el poder liderando la Revolución, fue invitado a una exposición de este movimiento. Al salir de ella, inmediatamente ordenó su desaparición por ser "subversiva". Malevich, uno de sus más importantes exponentes, fue reducido hasta terminar haciendo arte kitsch "revolucionario", muriendo así en las sombras.  El nazismo persisitió hasta encontrarse con su propia destrucción en la II Guerra Mundial, el destino del Comunismo Soviético fué su implosión, bombardeado por las contradicciones que surgieron de su praxis en setenta años de totalitarismo, una hegemonía inviable. 

En Venezuela, vuelvo a mis palabras anteriores, vivimos la confrontación de dos modelos. El ensayo revolucionario que ha entrado en su fase inicial de fracaso, se sienta sobre la lucha de clases, por la igualdad, contra la opresión y el imperialismo (abogando por la multipolaridad), apoyados en un pasticho de doctrinas, como el Socialismo, el Bolivarianismo, interpretados de manera dogmática. Pero a lo largo de estos quince años, apuntando a estos ideales de forma radical, también se ha consolidado en el poder. El poder y el control no son excluyentes uno del otro. El Estado en Venezuela en su tradición, como dijera Domingo Alberto Rangel, ha sido la madre de las "burguesías". El poder, el control, y la voluntad hegemónica de esta "Revolución" y sus mecanismos han alimentado sus contradicciones y la corrupción de sus élites, por eso vamos rumbo a la distopía. Andreu Domingo, en su ensayo "Descenso literario a los infiernos demográficos" nos revela: "La dificultad de la utopía en su formulación clásica para pensar lo dinámico, lo cambiante, reside en su raíz platónica, donde el saber y la verdad pertenecen al registro inamovible del orden y la paz de lo perpetuo. Su reverso, la distopía, nos ofrece la sombría visión del desorden, la violencia y la guerra, proyectada en el espejo umbrío de nuestro futuro". En este juego dialéctico la utopía y su purismo en la práctica, se da la mano con la distopía. Lo dinámico, lo diverso, lo cambiante al querer erradicarse pauperiza al individuo. Entramos en la distopía, donde el conflicto entre la felicidad y la libertad entra en paroxismo. 

La propuesta de "cambio" que es el reverso de "La Revolución", inofensiva en sus postulados (Libertad), viene acompañada de la satananización del contrario. La defensa del "sector privado empresarial", trayendo consigo el sueño del corporativismo, como el único garante del bienestar que no se queda atrás en su ánimo utópico. Un ejemplo es esa frase de "Comunas es Comunismo". Es sano señalar que ese "cambio" representado por la oposición promete el retorno a un sueño añejo: el de la vieja democracia donde las contradicciones no se veían, porque eran reprimidas con el aparato policial del Estado. El retorno del sueño, dólares baratos, consumismo (aún imperante), clase media y alta despreocupadas por su entorno en los días de "cuando éramos felices y no lo sabíamos"; eso representa otra utopía. Es imposible volver a ser, revivir un tiempo y un espacio ya fenecidos. Hemos cambiado, la demografía ha cambiado, la historia nos ha cambiado (al parecer no a todos). También una tercera vía absolutista es caer en lo mismo. 

Hace poco me encontré con el concepto de Heterotopía o  “Des espaces autres” (de los espacios otros), gracias al al aporte de un buen amigo. Tal concepto fue elaborado por el filósofo francés Michel Foucault como "espacios que funcionan en condiciones no hegemónicas (de otreidad o alteridad), que no son ni aquí ni allá,  que son a la vez físicos y mentales, como el espacio de una llamada o el momento en el que nos vemos en el espejo", tambien como "espacios diferentes, esos otros lugares, esas impugnaciones míticas y reales del espacio en el que vivimos". Ejemplos de heterotopías pueden estar representados por esos ámbitos  donde la sociedad sitúa a lo "desviado" o fuera de norma. Pueden darse en museos, prisiones, psquiátricos, asilos, restaurantes. Actúan como utopías paralelas conservando lo imperfecto, lo indeseable. Por lo general en estos espacios peculiares ocurren eventos revolucionarios. Partiendo de esta posibilidad podemos escapar, dar un respiro en el sistema. Si queremos construír una nueva realidad, un nuevo Universo, la diversidad de espacios podría ser un camino. En la economía política podrían crearse condiciones para que en el sistema no sea una convivencia sino una articulación de zonas diversas. Hay que atreverse a pensar.

sábado, 8 de junio de 2013

La filosofía de un neumático roto

Hoy hago una pausa, por ahí está en proceso una nueva parte de mis "Confesiones de un Burócrata". Es mi forma de preguntar, de echar incógnitas al suelo y esperar que germinen. La gente se espera un tratado, una cátedra o un algoritmo que devele las respuestas a sus problemas, que son, unidos a los problemas de otra gente, los problemas de la humanidad. Yo soy un hombre promedio, para no decir mediocre. He intentado con frecuencia hacer cosas que están por encima de mis dones. He dejado otras a medio hacer, unas por poca capacidad o talento, por pereza o por tristeza y rabia. La filosofía en su conjunto es un enfrentamiento del hombre a su circunstancia. Nos debatimos entre lo efímero del cuerpo, de la materia, la necesidad y el intelecto o espíritu: una ventana en el medio de la futilidad que muestra la permanencia, la eternidad, las ideas, un más allá. Esto creo yo, esto cree mi hermosa ingenuidad. Hoy me traslado al terreno de lo particular aunque nunca dejaré de estar acicateado por lo universal. Pero la dialéctica es necesaria, la filosofía no es nada si no recoge y lleva arena de un estado al otro, es decir, entre la materia y las ideas. Pero yo soy un hombre terrenal, material y a veces peligrosamente carnal. La filosofía aparentemente no es útil en las peripecias cotidianas, en la sobrevivencia. Sin embargo, ésta sin que sepamos, de alguna manera nos conduce en entre este nido de circunstancias sin lógica: el caos. Son un montón de preguntas las que me hago ahora, en el camino, en esta vía asfaltada, llena de baches que hacen retumbar todas las bisagras y engranajes de la mecánica de mi carro. Ayer comenzó esta odisea de hoy: llevando a mi hija a la casa de su madre, ya de regreso, quedé atrapado en una encrucijada de vías sin iluminación. Eran las ocho de la noche y en ese lugar de pronto salieron de la nada otros conductores y confluímos allí, en ese mal llamado distribuidor. Las luces altas me alumbraban, quedando enceguecido. Para no quedarme en esa tiniebla, a esperar que se me pasara el aturdimiento, aceleré y de pronto un fuerte estruendo sacudió el carro. Seguí andando, una vibración extraña y el volante que se iba de lado me indicaron que el caucho estaba destrozado. Avancé como pude hasta un paraje tenuemente iluminado por la oligofrenia de un centro comercial aledaño. Allí me bajé, en medio de la nada, a ver como resolvía. Hice una llamada y un amigo (que nos conocemos por situaciones que no detallaré) llegó en una moto a los pocos minutos. Y allí me encontró, mentando madres a todo pulmón, maldiciendo a todo verbo, cagándome en la Historia Universal. No me explayaré en esta escena. El amigo me ayudó, la policía se hizo presente para cuidarnos (no sin antes el policía preguntarme donde trabajo y si lo puedo ayudar a conseguir una chamba mejor). El caucho de repuesto estaba en la lona, había que sustituírlo, es decir, comprar uno nuevo.


Amanece y lo primero que hago es buscar una cauchera, y en eso ando. Así que llego al lugar y estaciono a duras penas y despúes de varios minutos haciendo señales para que sepan que estoy ahí, se me acerca un hombre barbudo, pero con toda la presencia y prestancia de ser el propietario del negocio. Me mira de soslayo, y con una sonrisa de medio lado entremezclada con un gesto reverencial, me dice que el neumático que necesito es distinto a los que tiene. Esa mirada la conozco, la he visto antes, es la mirada del especulador, es la mirada del que te va a joder. Prosigue con su discurso de experto "cauchólogo": "Si le montas uno, tendrás que poner el otro, porque  si no la tracción será distinta de un lado y del otro". Pienso, le pregunto el precio, me lo dice. Entonces le respondo: "Monta el que necesito, no me importa si una mitad del culo me anda más lento que la otra". El hombre casi se niega, está empeñado en clavarme los dos cauchos, el par, el combo jodedor. Me niego, y casi en el momento de mandarlo a la mierda, él cede. Son tiempos duros. Se escucha de todo, que si la crisis política, de ilegitimidad del gobierno, de votos, de ideología, de patria.  Y uno se enfrasca en esos temas, como buscando donde lanzar esta avalancha de rabia, de impotencia. Pero ahora, que observo al empleado de la cauchera, sucio de pies a cabeza, cambiando el caucho, mi perspectiva se hace más sencilla. Este hombre que medio hace un medio oficio, está luchando por vivir. Vivir es la vida y para que ésta se realice en todos sus niveles se comienza por el alimento, la vivienda, el vestido, y así sigue. Si este proceso de vivir entra en conflicto grave en las necesidades más básicas no es posible la plenitud, o mejor para no sonar tan grandilocuiente: la dignidad. Por esta razón esas categorías supraterrenales como la "Patria" o "La Soberanía" suenan huecas si no hay alimento en el estómago. El cauchero fajado en su faena conversa, sobre la vida, que para él no es más que caerse a carajazos con el entorno para no morir de hambre. Lo acompaño en la conversa, le brindo un refresco. Entre él y yo hay una gran fraternidad, aunque él no posea carro. El carro para mí es un lujo, cada día que pasa se me hace difícil mantenerlo en mi vida. El sistema nos va empujando, primero prescindiendo de "los lujos", luego de las cosas más básicas. Los liberadores de antes, los que auparon las masas a alzarse contra los cuarenta años de "puntofijismo" (los "revolucionarios de ahora"), supieron moverlos, con la bandera de la miseria. Sus argumentos eran más simples y la lucha era social, porque era económica. Ahora en el poder sostienen que lo económico no es importante sino las abstracciones, ideas (¿serán realmente ideas?). Uno de ellos, en una revista, dice que la lucha es ideológica y debe ser ideológica en el pueblo, que las necesidades económicas son mero capricho. Que el pueblo jamás debe morder la mano de su progenitor (El Estado). Y ahora, ante el "cauchero" la realidad es otra: es sudor, callos en la mano, la calle donde las provisiones son escasas y hay que bregar, dar coñazos. Yo, un poco más cómodo, veo menguar los recursos de la vida y él es mi espejo.

Ya cae el crepúsculo. Estoy  cansado, me voy al carajo...

miércoles, 5 de junio de 2013

Confesiones de un burócrata. Parte I

La ciudad me recibe de nuevo, monótona y ruidosa. Cuando vengo del silencio me entra una nostalgia y miro hacia ese momento, que la mayoría considera triste y aburrido. El silencio para mí es lo contrario. En el silencio la mente despierta, porque sale del círculo de la sobrevivencia y la saturación. Se puede echar mano a un libro; al mismo tiempo las preguntas emergen, salen al descampado. Pero heme aquí, asustado entre camiones atravesando la gran autopista que separa mi subsurbio de la horrible ciudad satélite donde me gano el pan. Mi carro es un concierto de sonidos. Cuando acciono el embrague y la caja engrana en la segunda y tercera velocidad, una vibración semejante a una turbina es el síntoma de que el collarín está muriendo. El mecánico ha dado su veredicto y el remedio cuesta, es superior a mis ingresos y ahorros. Mi mente, entonces, fuera de aquel intersticio extrañado del silencio, se sumerge en los matices del concierto mecánico de mi bólido. Al mismo tiempo, aterrado por las gandolas y motorizados que pasan a milímetros de mi humanidad, temo que en cualquier segundo la salud de la bestia de hierro colapse en la mitad de este armagedón de metal, humo y asfalto. El estado de alerta entonces va adentrándose por los caminos del pánico. Con un "¡Al carajo, si me quedo varado que me maten y así me sacan de esta mierda!" enciendo la radio. Se escucha a un locutor engolado (arquetipo que arranca orgasmos en la venezolanidad clase media), entrevistado a un diputado de la Asamblea Nacional. Es inevitable que me deje arrastar por la tentación de "estar informado", así que dejo el dial. No sé por qué vence este lugar común, pero es así, estoy programado para los lugares comunes, no en vano tuve un padre formado en la academia militar.  El diputado, solemne a toda prueba, se defiende de las inquisitorias del periodista-locutor. Sistemáticamente va negando los cuestionamientos a los que es sometido. Se le escucha incómodo cuando es increpado con cifras rojas (criminalidad, desempleo, inflación, indicadores macroeconómicos). Más que en el contenido de sus argumentos, me concentro en la naturaleza de éstos. Así va desconociendo, uno a uno, los elementos con los cuales se le confronta, los termina por negar de plano, sin matices, medias tintas ni razonamientos. Entonces el hombre da inicio a un monólogo, un relato fantástico sobre un mundo donde todos son felices, donde no existe la enfermedad, la muerte, la soledad, el egoísmo. Un mundo sorprendentemente similar al "otro mundo" cristiano, el que viene una vez cruzada las puertas de la muerte: el Socialismo. Mi estómago ruge, he sacado las cuentas y sólo tengo para desayunos 200 gramos de queso y dos panes duros hasta la semana que viene, cuando devengo mi salario. Si mi carro "toma la decisión" de averiarse en esta supervía no me quedaría otro remedio que dejarlo en el hombrillo y seguir a pié con los pocos cobres que me quedan hasta ese matadero de almas llamado trabajo (y a ver cómo me las arreglo en esta jungla). Entonces me distraigo y la voz del diputado se va perdiendo entre mis reflexiones, esa voz carrasposa de hombre octogenario, la cual es el resultado de machacar palabras con las encías desnudas y la lengua hipertrofiada. Apago la radio y me doy cuenta que estoy llegando al destino.

En el escritorio encuentro una nota breve: "Pasa por mi oficina". Echo un ojo al reloj: he llegado con media hora de retraso. Aprieto el culo y antes de ir a la oficina de mi supervisora voy al baño. Frente al espejo hago unos breves ejercicios gestuales: ensayo mi mejor "cara e tabla": Estoy una vez más ante el momento de mentir. En la vida temprana nos enseñaron eso que llaman "valores", abstracciones que forman parte del imaginario de lo "correcto". Pero una vez lanzados al ruedo, siendo adultos, la vida nos arricona. La "verdad" es parte de ese imaginario, mas para sobrevivir es necesario flexibilizar los valores hasta que éstos inexorablemente desaparecen. Somos malos esgrimistas ante la vida; ella conoce todos los misterios y nos trata siempre como adversarios. Mi supervisora me recibe siempre sonriente. Pregunta que cómo me siento y todas esas cosas que son parte del protocolo. Su mirada cándida está atravesada por algo afilado que no puedo describir, pero sí interpretar. Se trata de mi acostumbrada impuntualidad. Sin embargo hace un tiempo descubrí en ella una simpatía extraña. Es una mulata festiva, abogada de la república, soltera y de mediana edad como yo. Recurro a la habilidad de la empatía, aderezada con humor negro espolvoreado. Sé que hay atracción, a esta edad uno desarrolla la intuición para descubrir el lenguaje de la mirada, de los mensajes que se construyen en sus variantes. Sin escrúpulos lanzo dos piropos, como granadas fragmentarias. Ella se sonroja, dejando al descubierto una sonrisa decorada con un adamiaje de ortodoncia de ligas y metales. Besar esa boca es arriesgarse a quedar con la lengua mutilada. Ella se pone de pie y busca una carpeta sobre una pequeña mesa redonda. Si bien su rostro es poco agraciado, sabe como combinarlo con un peinado moderno. Estando de pie observo una vez más su cuerpo. De espaldas a mí ella no se imagina eso creo yo) que sus glúteos son objeto de estudio. Tiene buena figura la abogada cumanesa que llegó a la capital llena de sueños y se prendó de la extraña atmósfera cosmopolita caraqueña. Cuando se voltea me entrega la carpeta terminando con un ademán erótico el cual recibo con beneplácito. Entonces me retiro a mi oficina satisfecho de mis estrategias dilatorias.

Mi trabajo es mecánico y sencillo. Hace diez años comenzó mi exitoso descenso en el organigrama en este Ministerio de Asuntos Sin Importancia, llamemosle así. Comencé a descender de forma natural, tomando en cuenta que a pesar de mis intentos de adaptarme a la nueva cultura política de la "Revolución", jamás tuve solidez revolucionaria (porque estoy impedido para usar ese lenguaje de manera congénita). Muchas palabras, como "Camarada", "Proceso" y "Patria" estan ausentes de mi glosario cotidiano. Esto fue perfectamente comprendido por las autoridades del ministerio, quienes para no execrarme de un todo, me fueron relegando a actividades necesarias del aparataje burocrático las cuales los "revolucionarios" no están dispuestos a hacer. Y así fue como hoy, ahora, en este día, me encuentro gestionando un archivo tal cual como hace veinte años, cuando apenas empezaba. No me molesta, no me acompleja. En las ocho horas de trabajo no debo hacer nada que me saque de la oficina, no estoy obligado a asistir a reuniones y saraos revolucionarios, porque no soy personal de confianza. Esto me alivia.  Mi asistente es un viejito jubilado del ministerio, a quien contrataron porque la pensión no le daba para las pastillas de la tensión. El señor, cuyo tono de voz es parecido al del diputado de la radio, es un convencido fanático que ha decorado la oficina con imágenes de el hoy fallecido "Comandante Supremo y Eterno". Al principio tal cosa me perturbaba hasta que empezaron síntomas de gastritis. Y un día decidí no pararle bolas, ya que la oficina de mierda no es mi casa y se la pueden meter por ese culo. Con esa actitud y mi capacidad de hacerme el pendejo, asintiendo hasta donde se puede asentir y callando cuando no se pueda más, es que he evitado hacerme de enemigos. Cada día que pasa veo el calendario y voy tachando lo poco que me separa de mi jubilación. Es una cuestión de paciencia.... Continuará

jueves, 14 de febrero de 2013

Diva Cósmica


Diva Cósmica
 

                                        Dedicado a Valeria Rodríguez
 

                                        "Sin Esperanza se encuentra lo Inesperado". Heráclito de Éfeso
 


Ella es mi deidad de carne tierra y árboles cantores. 

Ella es viajera, bóreas savia de sempiterna frescura   
Su espíritu de golondrina siembra sonrisas en la lontananza, 
y nosotros, sus enamorados, depositamos allá
nuestras ofrendas envueltas de esperanza.
 

Cuando nos cruzamos en el mapa cósmico, 
alentados por invisibles influjos, 
juntados por misteriosos regentes del destino 
reminiscencias helioformes nos iluminan 
Y yo dibujo en su rostro la trayectoria de mi desvelo 
pletórico de estrellas vivaces y astros moribundos.
 

Entonces amanece
y somos arrancados por otras gravedades 
pero yo en mi vigilia 
la sigo soñando 
a través de calles
donde los rostros llueven 
desleyendo la corporeidad.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Música. Daniel Borenboin, El sonido de la vida

Nada hay tan poderoso como el ritmo y el canto de la música, aproximándose a la realidad tanto como es posible

LOS MINUTOS PERDIDOS


El cepillo dental se desplaza uniforme, monótono, diríase que obra atado a un péndulo; contrario o símil a esto; es mi mano la que lo sostiene, a las cinco de la mañana, ni un minuto más, ni uno menos. Ocho minutos dura esta fase del ritual que es mi despertar. Luego vienen los doce minutos y medio de la rasurada. Las prendas del día , previamente acondicionadas, descansan en un pequeño estante, cuyas hechuras bajo mi precisa mano adornan el breve respiro entre el baño y mi habitación. En cada ambiente de casa tengo un reloj. Al lado de la ducha, enmarcado en madera y cristal, se deja ver un Rolex Oyster de 1926 , el primer reloj impermeable de la historia; que conservo y que perteneciera a mi abuelo, quien lo cosechó en una de sus extrañas estadías; en este caso las lóbregas calles de Filadelfia. Esta reliquia aún funciona, a pesar de dos percances que fueron superados gracias a las ancestrales habilidades del señor Simón Steinberg, de sempiterno kipá y silente sonrisa; maestro relojero quien aún, a pesar de sus ochenta lustros, trabaja en su modesta tienda de San Bernardino, zona donde hago vida. A veces le pregunto a este orfebre del Hebrón por los devenires de su sobrina, Doris, quien hace dos décadas incendió mi lecho, en una de esas noches de encuentro y posterior amnesia. La última vez que supe de ella, al parecer había decidido por cumplir la muy antigua profecía de Sión, entregándose a los rigores de un kibutz. Confieso que la amnesia a la que esta joven, para su momento, me condenó, rompió mi corazón regocijado.  No quiero distraer mi camino con esta remembranza, así que me enfilo nuevamente por los derroteros de mi rutina. La ducha dura quince minutos, algo larga para un “macho que se respete”. Mi escrupuloso aseo tuvo sus orígenes a consecuencia de una fiesta quinceañera, en la cual, por cuestiones hormonales mis axilas contravinieron cualquier deseo, expectativa o sueño párvulo. La chica a quien dediqué innumerables ensayos frente al espejo, me abandonaba en plena noche debido a mi orgánico percance. Desde entonces no descuido ningún centímetro de mi cuerpo. Bajo la regadera, un artificio sirve de guarida a cepillos, jabones, esponjas, champú y acondicionador. La mirada vigilante del flamante Rolex Oyster 1926 cuida que el baño transcurra en el tiempo estipulado. Acto seguido, tomo la toalla cuidadosamente colocada en su colgante (procuro usarla en dos duchas y luego lavarla); el secado dura diez minutos. Al concluir esta fase, tomo la bata de baño, voy a la cocina a lo que denominamos en criollo “montar el café”. Entonces tomo las prendas, vestirme dura unos diez minutos. Me encargo del nudo doble de corbata, yuntas, traje a la medida, barato pero cuidadosamente confeccionado por Ramón “El Chino”, sastre colombiano quien dice haber aprendido todo lo que sabe en los talleres de Ermenegildo Segna, en sus juventudes por Italia.  Entre los arreglos personales y las pausas transcurren veinte minutos, la tetera anuncia que la infusión está lista. Mientras degusto el café, lavo la tetera y la taza me dan quince minutos; unos segundos más lleva acicalarme un poco y perfumarme. A las 6 y 40 estoy encendiendo el carro, para llegar en media hora a la oficina. En una torre de la avenida Andrés Bello, planta baja, desayuno con un sándwich integral en el tarantín de Doña Grecia; sucede todas las mañanas, de lunes a viernes, sin otra esperanza más que hacerlo de nuevo al otro día.

Lucy es una gochita linda, de unos veintidós años. Su sonrisa amelcochada, pero genuina; sus palabras melifluas, pero sentidas, son lo primero que me reciben al trasponer el umbral de la empresa Galindo & Galindo Asesores de corretaje, donde hago de supervisor de asegurados en flota. Yo le dejo a ella un bombón en su escritorio. El jefe, un maracucho jovial, alto y barrigón, pero de terribles procederes verbales si no se contesta lo que espera me saluda.
- ¿Qui hubo Cheito, cómo estais?
      - Muy bien señor Galindo, comenzando el día – Contesto, siempre desagradado con eso del “Cheito”, no me he acostumbrado a ello
Aquiles Galindo, hijo de españoles y nacido en Maracaibo, se vino sin un céntimo cuando apenas contaba con catorce años. Lo recibieron unos parientes de afecto que sus padres cosecharon en el duro éxodo de la guerra civil española. Atrás dejó a sus hermanos mayores, con la voluntad de no volver a los tórridos callejones del barrio El Amparo. Su padre, zapatero de oficio, no alcanzó el sueño tropical de muchos compatriotas quienes devinieron en grandes potentados, al mando de gigantescas industrias. Don Tarcisio Galindo quedó en la miseria, ahogado en su laberinto de alcohol. Aquiles hizo de todo, al mismo tiempo estudiaba. Lavó carros, limpió botas, fue portero, albañil, pintor de brocha gorda, incluso aprendió talabartería. Se abrió paso, ya cumpliendo mayoría de edad, en una gran empresa de seguros como mensajero. Pronto escalaría posiciones, aprendiendo todo lo relacionado al tema de los seguros. Después de llegar a cierta posición intermedia decidió trabajar por su cuenta como productor de seguros hasta establecer su propia oficina de corretaje, a la cual me incorporé hace quince años. Desde ahí, consecuencia de muchas tribulaciones, decidí no cambiar. Desde aquellos días hago exactamente lo mismo que ahora. El día continúa con su semblante de siempre. Almuerzo en el tarantín de doña Grecia una comida casera que ella me prepara al gusto. Miro mi reloj, una baratija digital, cada diez minutos. Como es de ver, mi obsesión es el tiempo. Un minuto de más en cualquier ritual es catástrofe, siento que perderé algo; me aferro al minutero redentor. Me he convertido en un pronosticador. Sé cuando se acerca el tiempo de lluvia, cuando viene la sequía; cuando el viento desaparece y el smog se posa en nuestras cabezas.  Mientras sorbo el café meridional, un ave mensajera se lleva mis pensamientos al pasado.

En pleno fragor de los noventa me hallo parado en una parada del célebre metro bus caraqueño. Cargado de libros me toma de sorpresa el declinar de la luz. El anuncio de la noche, metáfora de la confusión, me asecha. La universidad está lejos aún y la calle es una marejada metálica que aúlla de furia. Llega el colectivo y como puedo me hago un lugar en él, quedando mi región pélvica en estrecha tertulia con los hermosos glúteos de una pelirroja, pecosa y esbelta, que también parece universitaria. Larga es la jornada en el tráfico, entre el avance y el freno de la unidad, la tertulia antes mencionada va tornándose en una mala pasada de Eros. Ella voltea y me ve con cara de molestia, lo hace una y otra vez. Yo sólo sonrío con ceño triste, en el entendido de que las circunstancias nos superan. Intento voltear, cambiar de posición; misión imposible. Sería tedioso seguir ahondando en detalles, lo único que sé es que una especie de relámpago, cuya rapidez haría palidecer al mismísimo Bruce Lee, estalla en mi cara. Evalúo aquel impacto subitáneo, instantáneamente, cerrando los ojos, remontando páginas de Osho. La bofetada es motivo de burla, risas y hasta aplausos. Tal reacción de la gente me alivia, no vaya a ser que emerja un vengador anónimo a ajustar cuentas. En una parada intermedia me bajo del bus, avergonzado, dispuesto a caminar el equivalente a diez cuadras para llegar a mi destino.  Retumba el cielo, aviso de tempestad; sumido en una tristeza cruzada con iracundia, inicio mi caminata sin importar que los truenos y el agua me reduzcan a un mendrugo mohoso. Así nació la historia con Doris Steimberg.

Sigo en los años noventa, los pasillos de la universidad son mi única nostalgia. Jóvenes sentados en el suelo, fumando, repasando materias, jugando truco. Yo me deslizo temeroso al encuentro de mi reducido grupo de amigos, quienes cultivan hobbies extraños, como la numística y la radio afición, mientras la gente normal está de fiesta. Sólo veo a Fernando Montenegro, uno de mis secuaces; está de pie, solitario como cucaracha en baile de gallinas. Lo abordo en seguida y le invito a revisar nuestras calificaciones de Contabilidad en la cartelera de quinto semestre. Así fue como me enteré que eximí la materia al unísono de encontrarme en el mismo lugar nada más y nada menos que con la autora de la bofetada en aquella tarde lluviosa y congestionada. La reconozco sólo por aquellos ojos severos, que ahora rayan en calma, mostrando el azul de un amanecer despejado, revelándome sus matices primaverales y elíseos. La nariz alargada y fina mantiene su línea recta levemente ascendente. Su pelo casi zanahoria cae con sinuosas ondas sobre su busto y hombros. Fernando, mi amigo, llama mi atención; pero yo, absorto en mi espectáculo renacentista, hago pausas sobre el rostro de aquella chica impulsiva que ahora se muestra en el reposo de alguna meditación. Superando mi cobardía de siglos la abordo. Ella se excusa, no me reconoce; obligado a revivir aquel desagradable episodio, le narro los pormenores de un mal entendido. Entonces ella, impasible y al mismo tiempo implacable me dice:
-       No me interesa conocerte, así que devuélvete por donde viniste.
Contrariado pero ya advertido por el sentido común de que aquello iba a suceder, le pido disculpas y me retiro. Fernando celebra que también exime; me recibe con duras palmadas en la espalda. Yo sin darle importancia a la celebración me quedo sobre mi propio eje, contemplado aquella espalda que se aleja y que en un episodio extraño, profané sin querer por jodas del destino. De pronto, desde aquel día, no pude evitar tropezar con ella. La veía en el cafetín, en los pasillos, en el decanato, hasta en la calle donde algunas veces enfrenté su indiferencia. Entonces me prometí, ante el Dios que aparece sólo en tiempos de necesidad, que haría lo posible por  merecer su atención, de hacerme por lo menos inteligible y digno de un espacio en su memoria.

Con la mente en el pasado, mi ánimo pretérito vuelve a ciertas bisecciones de la vida. En mitad de mi carrera como estudiante de administración, un evento singular ocurre. Las matrículas de inscripción se elevan drásticamente, mi madre no halla como rasguñar la realidad para que yo sea un “hombre de éxito”. Casi a fines de 1993, un grupo de compañeros se aposta frente a la universidad, la cual es privada, exigiendo se reconsidere la tarifa del semestre. El rectorado hace oídos sordos, hasta que a la semana estalla una huelga estudiantil. Un estudiante perteneciente al Partido Comunista se adueña del altoparlante, exigiendo se cree un centro de estudiantes en la casa de estudios. El rectorado vuelve a hacer oídos sordos. A mí me parece que una universidad, sea pública o privada, debería poseer un centro de estudiantes. Hago contacto con el activista y compañero de estudios,  de nombre Esteban Reyes, para reiterarle mi respaldo. De pronto, casi de la nada, me encuentro en el ojo del huracán. Los medios de comunicación se apersonan en el centro del conflicto. Esteban, improvisando estrategias de su naturaleza política, invita a los estudiantes a conformar un grupo de conflicto. Algo me lleva a plegarme a ello. Son veintidós personas la que se adhieren al movimiento, quienes actúan en representación del estudiantado. Yo me encuentro entre ellos. En estos días las protestas son reprimidas duramente por el estado. Somos investigados, Esteban es detenido varias veces. A mi me trasladan a las instalaciones de lo que se llama para el momento Policía Técnica Judicial (PTJ) en el Helicoide; es una especie de rapto sorpresa. Viene un interrogatorio sobre mi activismo y mis posibles filiaciones comunistas. Asustado, reniego de cualquier vínculo político; entonces  soy persuadido de abandonar la protesta. Obedezco, así evito pasar por las lides de una tortura física y psicológica.

Poco es el tiempo que transcurre entre mi detención y el fin de los reclamos estudiantiles. Espacio que me salva de quedar como un traidor frente a mis camaradas, cuando estoy a punto de abandonar mi apoyo a la causa. En pleno conflicto con las autoridades universitarias, interviene el gobierno como garante de la educación, haciendo de mediador. Son muchas las apariciones mediáticas donde aparezco de espaldero de Esteban. Él, en el ínterin de nuestra convivencia, me obsequia una copia “El Capital” de Karl Marx y el “Manifiesto Comunista”. Así fue como llegué a conocer la vida de aquella heroína arquetipal del proletariado alemán, Rosa de Luxemburgo. Para no desviarme, sigo con mi relato. Sin ánimo de minuciosidad, los hechos llevan a una negociación entre la universidad y el estudiantado representado por “El grupo 22” al cual yo pertenecía. Los días posteriores son días de gloria, me vuelvo popular, aunque un resquemor rasga desde adentro; es mi cobardía de haber abandonado la lucha casi al fin del movimiento, sin que nadie se diese cuenta. Poco a poco voy dando la espalda a mi amigo Fernando Montenegro y el grupo de “jóvenes extraños”. Frecuento fiestas, juego truco, aprendo a fumar y mis calificaciones empiezan a ir en picada; sin embargo algo de holgada dedicación permite que en el futuro llegue a lincenciarme sin mayores contratiempos más que unas calificaciones no tan excelentes.  Ya un poco despreocupado , en una tarde caliente, llego a la universidad y veo a Doris, con la sorpresa de recibir su saludo. Rápidamente me incorporo a aquella antigua cruzada de ganarme su favor. Doris da indicios de haber olvidado el percance que nos hizo tropezar el uno con el otro. Quizás es mi breve militancia la que me hizo célebre. Pronto se inicia una amistad, donde el cine, las fiestas y el estudio hacen de dinamos para una relación que trascendería a la intimidad. Sin mucho preámbulo, el tiempo nos lleva a su casa, muy cerca de la mía. El espacio amplio nos habla de una arquitectura que en su momento se concibió para el vertiginoso crecimiento de la ciudad. Su padre, de nombre Elías Steinberg, posee una tintorería no muy lejos del hogar.  Urdiendo estratagemas para la seducción, previamente me asesoro con un somelier en una tienda de “delicatesses”, quien en materia de vinos hace fina escogencia entre esas savias que desde los tiempos de Baco inspirarían las más hermosas tragedias. Con ánimo afrodisíaco avanzo, entablando un discurso poético y para aquellos tiempos, extremadamente dulce. Entonces la hermosa Doris abre la primera puerta, donde las lenguas se entrelazan y hacen de prólogo a una historia fluidiscente. Sin embargo, el primer encuentro no trae la consumación de aquel acto primigenio. En el futuro habría de ingeniármelas y por módicos precios daría asesoría contable a algunas personas para así procurarme los medios con los cuales continuar mi tarea de casanova. 

Para Doris no es suficiente. No basta con ser un varón en celo, deben ocurrir ciertos eventos especiales, cosas fuera de lo común, digamos que sobrenaturales. Siempre me pregunto a qué se debe que las mujeres le rindan culto al artificio, la magia que no es más que un compendio de trucos. Quizás por mi impericia y corta edad para aquel momento, no supe desentrañar el misterio, así que recurrí al error de la franqueza. Doris aparentemente sorprendida no da crédito a la crudeza de mi lenguaje:
-       Quiero sexo contigo, me gustas. ¿No te parece sensata esta razón? – Acto seguido Doris revive la bofetada que hacía un año me propinara en aquel metro bus.
Echado casi a patadas de su casa emprendo la caminata al hogar. Evalúo, a través de una minuciosa genealogía, los hechos que me llevaron al éxito inicial y después al fracaso. Entiendo entonces el asunto de la verdad como un mito del género femenino; las mujeres claman por ella, pero a fin de cuentas no la soportan. A mitad de camino llueve; de mano con la derrota, el agua permea todo mi ser, llegando incluso a los más oscuros y recónditos laberintos de mi espíritu. Siento una mutilación; busco en lo más hondo aquello que me ha sido arrebatado. Mamá me espera, lo sé, con la cena lista. Mi aspecto le asusta, así velozmente busca toallas y prepara un baño caliente. Es mi madre. ¿Cómo explicarle el origen de mi miseria?. ¿Cómo decirle que ahora su hijo es un rastrojo, desechado, frustrado en lo más profundo de su libido?. De pronto mi imaginario  se llena de rostros reclamantes, los de mis amigos. Son momentos de arrimarse a la acogedora sombra de la amistad. Amigos abandonados en el camino, por los encantos de una pequeña fama circunstancial. Con el tiempo a favor, sé que una llamada a Fernando, una disculpa fraterna, pueden procurarme el consuelo tan necesitado. Pero un falso orgullo impide que recurra al dial que nos separa.

Los días posteriores a mi fracaso son mordidas que atenazan mi nuca. Sin los amigos, sin el objeto del deseo, deambulo como un eremita. En la calle las horas retornan. Me refugio en largas caminatas, exploro callejones del centro de la urbe; llego a la plaza Bolívar, cuna de repúblicas. Entonces hurgo en una religiosidad jamás sentida. Recurro a los favores del Nazareno de San Pablo y Santa Rosalía a fin de ser curado de esa peste que es el amor. Entonces me toma por el cuello el enigma de mis orígenes. Jamás conocí a mi padre. Mamá nunca habló de ello, pero recuerdo aquella vez que  su hermano, tío Gerardo, en medio de una borrachera me señalaba, vociferando que yo era el escupitajo de una sotana. Mamá supo mantener esa duda aparte, lejos de mis interrogantes. A veces no sé si agradecerle o reclamarle. No fui dotado de alguna mala conciencia, mi vida fue irrigada de convicciones, de una mirada vanguardista pletórica de futuro. Mamá, día a día, decía que hay “por qués” que no merecen respuesta. El tiempo para ella era rectilíneo y uniforme, por lo tanto el pasado habría de superarse; para ella de la historia debía permanecer sólo aquello que nos exalta. Es extraño, pero hoy no me planteo respuestas a cosas que de seguro, su llegada implicaría el derrumbe de mis valores de sobrevivencia. Las naturalezas fuertes se ahorran preguntas.

Por aquellos días, una película argentina hace estragos en los corazones (El lado oscuro del corazón). Ya sé que Doris estaba tras las explosiones de algo sobrenatural en eso del amor. El film trata de los periplos de un romántico enamorado, que recorre sus avatares eróticos a través de la poesía. Mario Benedetti es uno de los poetas que integran su inspiración. Recurro entonces a un poema, extralNURACI
ro de ella:cual le hice3 acompañado de un ramo de rosas rojas el cual le hice3 llegarimplicarista llena de futuro. a. Eqído de su libro “Inventario Dos”, transcribiéndolo a una tarjeta, impresa de corazones; con un ramo de rosas rojas el cual hago llegar a Doris a través de un mensajero a su casa:

SATURACION

Dejaré esta rosa
en el abandono

el abandono está
lleno de rosas

No tarda el efecto de aquella acertada acción en hacerse presente. Doris, trémula y palpitante, me saca de una de mis clases de mercadeo. Efusiva, ardiente, me besa sin importar la naturaleza de los testigos.

-       Quiero que me hagas el amor – Repite Doris sin cesar, húmeda como las selvas barloventeñas.

Con lo cosechado de mis “tigres” como asesor contable puedo asumir el coste del deseo que taladra mi alma. Es una noche memorable. Llevo a Doris al Hotel Tamanaco; llegamos a una habitación con vista a la avenida principal de Las Mercedes, donde nos aguarda una “Moet Chandon”. Una larga conversación precede al acto final; historias e hitos de nuestras vidas. Ella narra la odisea de su familia, el escape de Treblinka,  el peregrinar a tierras nuevas henchidad de olvido y rostros festivos, un calor redentor de aquel armagedóm de hambre, balas e invierno.  Yo intento evadir mi parte con historias triviales, sin embargo la pregunta llega, ineludible y mordaz, sobre mis orígenes. Con varias copas encima, echo mano a la vieja leyenda del sacerdote y la virgen. Un profundo silencio precede a una mutua carcajada al unísono. Jamás he estado tan cerca del sentido del humor. La desnudez de una dama de marfil, su celeste iridiscencia bajo las tenues luces de una luna menguante aniquila cualquier óbice de vida. En la TV, casualmente, un concierto de Gustav Mahler nos cobija. Poco a poco las pieles se despojan de pieles. La noche se hace blanca y mi soledad se tiñe de alba.

Medio dormido, busco señales de vida al otro lado de la cama. Nada aparece, sólo el frío de un lecho abandonado. Recorro la habitación, voceo hasta quedar afónico. En la recepción del hotel no dan evidencias de Doris. Ella ha desaparecido misteriosamente. Con el corazón en la boca me lanzo por los recovecos del hotel.  Me pregunto mil veces por minuto qué ha sucedido. Subo de nuevo a la habitación, reviso si hay alguna nota de despedida o alguna excusa. Nada encuentro. Desde la habitación llamo a su casa, nadie me da razón de ella. Con un miedo, esa ubicuidad  que se apodera de todos los objetos y seres que salen al paso, llego a casa. Mamá pregunta cómo me fue con el grupo de estudio; casi olvido la excusa que le di para no revelar mi oscuro itinerario y así no dar explicaciones. Contesto  que “fenomenal”. Sin embargo ella nota que algo anda mal, me conoce a fondo, conoce cada variante de mi ceño. Le doy excusas, que si cansancio, que si la calle es un infierno, Se tranquiliza momentáneamente, dejándome un respiro necesario para poder afrontar esta horrible eventualidad.

Pasan los días, en la universidad no hay rastro de ella. En su casa dicen que salió de viaje repentinamente, de una manera cortante. Cierto alivio me convence de que al menos está viva, pero sin explicarme el motivo de su desaparición. Pasan los meses, dejo de llamar a la casa de los Steinberg. Pero de vez en cuando voy a la tienda del tío relojero que una vez conociera por ella, Simón Steinberg, a fin de convertirme en la excusa de ser un cliente, para dejar colar preguntas sobre el paradero de Doris. Luego pasan los años, me licencio en contaduría pública. Para esos días mamá está aquejada de un cáncer de hígado que la fulmina pocos días después del acto de grado, al cual asiste milagrosamente con una bombona de oxígeno. Mi vida, poco a poco, se convierte en una sombría agenda de rutinas y horarios. Heredo el apartamento de mi madre, el cual conserva la decoración de siempre, salvo algunas pequeñas refracciones. Ya justo en otro tiempo, diecocho años después, la misma ave mensajera que me llevó al pasado me trae de vuelta. Miro el reloj, he sobrepasado un minuto en el “Tarantín de Doña Grecia”. Me levanto bruscamente, sin despedirme de la encargada, la señora que inspira el nombre de la cafetería. Corro a fin de recuperar el minuto perdido, tropiezo a un hombre de mediana edad, al cual se le caen unos objetos y un periódico. Le pido excusas y ayudo a recoger el desastre que produje. El ascensor tarda, mientras doy vueltas en círculo como una pantera de zoológico. Llego un minuto tarde a la oficina, sin embargo nadie nota la diferencia; sólo yo, obcecado por el tiempo. Aquel minuto perdido me inunda de presagios. La última vez que rompí con el tiempo pasé por una desagradable situación: un neumático averiado. A pesar de no creer en nada, soy supersticioso respecto a mis rituales. Ellos poseen el rango de dioses. Cada amanecer rindo tributo al tiempo, sin más altar que yo mismo obedeciendo sus designios, reverenciándolo permanentemente, con cada mirada al reloj. La jornada de trabajo llega a su fin. Sin nada que me retenga, con todo al día, me ciño al “Plan A” de mi itinerario, correspondiente al cumplimiento exacto del horario. Como es la tarde, tan concurrida de seres cansados y apremiados de hogar, es mayor el tiempo de regreso. Casi una hora me ha tomado el retorno a casa. Sería más práctico ir de peatón debido a la relativa cercanía de mis destinos. Pero siempre he necesitado tener el porvenir entre mis manos, a través del volante. En la planta baja del edificio funciona un mercado. Religiosamente hago una compra de vegetales frescos y frutas para el día. El mismo cajero de hace veinte años me espera, y mientras pago, hablamos del tiempo y un poco de política. Tan extensos temas los resumimos en los cinco minutos que permanezco en la caja.

Al fin en casa, son las seis y media de la tarde. He dejado un poco de carne en descongelación desde la mañana. Me gusta preparar un bistec dos veces a la semana. Pongo la mesa, aún sin cambiarme de ropa. Una vez puesta la mesa, voy al baño donde me espera la muda de casa y una ducha crepuscular. Sin embargo alguien toca la puerta. Molesto por el importuno suceso, atiendo la puerta. Un joven, pelirrojo, alto y fornido me observa con gran seriedad y una especie de gran asombro. Sus ojos me recuerdan a alguien, de hace mucho tiempo. Le pregunto que quiere. Él responde “vengo de parte de Doris Steinberg”. Son dieciocho años que me han separado de ella. Raudo, le abro la puerta. Pregunto su nombre; se llama Joseph. Le pregunto si quiere cenar. Él me dice que sí. No le apetecen las carnes rojas. Así que busco algunos fiambres y unas galletas de pan de centeno.
-       ¿Eres pariente de Doris? - le pregunto
-       Sí -  me responde preciso, a la espera de que yo lleve la delantera.
Le observo, ojos azules, pelo rojo casi zanahoria, boca grande y expresiva. Trato de no caer inmediatamente en preguntas directas, como si algo importante sucede y hay que develarlo poco a poco.
-       ¿Qué eres de Doris? – Indago, mientras sus ojos se agrandan, rememorando aquella iridiscencia que me llevara a la locura hace casi dos décadas
-       Soy su hijo - Responde parco y preciso el joven Joseph.
No sé por qué, algo oprime mi pecho, un pensamiento, una revelación. Una gran pausa se interpone entre nosotros. Voy a la alacena. Un vino argentino me espera. Sirvo una gran copa. El joven Joseph no bebe, yo tampoco a menos que surjan estos casos excepcionales. Sin ánimos de precipitarme, preparo una cena ligera para ambos. Él viene de Israel y recién ha llegado a la mayoría de edad. Es despierto, inteligente, racional. Pregunto por Doris. Me responde que está bien. De su billetera extrae una fotografía reciente. Son los mismos ojos, algo encogidos por el paso de los años, pero pletóricos de brillo como antaño. Cenamos y conversamos sobre su madre, pero el tema principal es ineludible: la razón de su visita. Entonces Joseph comienza su relato.

“Hace casi dos décadas mi madre partió de Venezuela súbitamente. Las razones las daré posteriormente. Ella llegó a Tel Aviv, donde estaban residenciados unos primos. Había dejado sus estudios para escapar de Venezuela. Allá comienza sus estudios en Historia, los cuales culmina con éxito. Son muchas las gestiones para que ella logre su residencia en Israel y su posterior nacionalidad. Gestiones que no daré a conocer para no alargar mis exposicición” – Mientras tanto yo voy expandiendo los tragos de vino – “Cabe destacar que al poco tiempo de llegar a Israel, mamá estaba encinta; era yo quien venía en camino. Con la ayuda de la familia logra llevar los estudios y sacarme adelante, una vez llegado al mundo. En la universidad conoce a mi padrastro, quien fue padrino de su tesis doctoral en historia hebrea. Fueron años de ignorancia sobre mis orígenes; adopté el apellido de mi padrastro (Honutz). A los años, después de crecer como una familia feliz, nos trasladamos a un Kibutz, donde aprendí muchos oficios. Nada se habría revelado acerca de mí hasta cumplida la mayoría de edad. Mi padrastro fallece en una escaramuza cerca de la franja de Gaza. Entonces mamá un día me revela la verdad sobre mí. Eso fue hace seis meses. A pesar de restarle importancia, no pude sacarme de la cabeza venir a Venezuela para encontrarme con mi historia, por eso estoy aquí” – En el corto relato he bebido tres largos tragos de vino.

Conmovido por la historia, no puedo reprimir un sollozo. Aquella historia apasionante es tan distinta a mi realidad, pero de alguna manera algo me dice que es mía también Joseph entonces me pide le sirva una copa de tinto. Sorprendido por tal reacción rápidamente le complazco. Larga es la conversación, sobre cómo conocí a su madre y lo inolvidable de su recuerdo. De pronto, en el calor de las remembranzas, pregunto al joven la razón de su visita. Un largo silencio cae desde el fatum de los primeros días. El se para del asiento, se acerca a mí, toma mi cabeza con ambas manos y me dice:
-       ¡Estoy aquí porque eres mi padre!.
No sé que vendrá después en esta historia. Pero, sólo se que me llamo José Antonio, un obsesivo del tiempo que no pierde un minuto, mas se ha perdido una vida entera. Algo más que un minuto en este porvenir  que es mancha, luz; o ambas.