viernes, 6 de agosto de 2010

Prometiendo el infierno en la tierra

Voy a dejar un extracto muy valioso de la obra "El Sujeto y la Ley, El Retorno del Sujeto Reprimido. Este libro es para mí una de las visiones màs lùcidas de la realidad. En uno de los últimos párrafos, donde el autor hace el cierre y vierte todo el análisis previo de la Modernidad, se toca suicidio del Sistema y de todas sus partes en antagonismo, como una consecuencia final de la irracionalidad a la que ha llegado la burguesìa y su Ciencia (El Empirismo, como fuente) en la defensa de una racionalidad que excluye al mismo sujeto, un pragmatismo extremo en el cual la "Ciencia" moderna saca de su visiòn todo valor de vida, y en fin, todos los valores, subordinando cualquier acto a la razòn instrumental. Es asì como esta edad devoradora de la Modernidad ha devenido en el suicidio, en el terrorismo, generando desesperaciòn entre los excluìdos, su marginaciòn de la Sujetividad y pèrdida de la dignidad. Los poderosos del sistema tambien han perdido su Sujetividad tal como sostiene Franz Hinkelammert en un extracto del subcapìtulo "Prometiendo el infierno en la tierra de la citada obra:

"La mìstica de la muerte se levanta en contra de la dignidad humana. Toda la filosofìa dominante del siglo XX hasta hoy es una filosofía de la mística de la muerte. desde Nietzsche a través de Heidegger hasta los posmodernos. El ser humano es un ser para la muerte. Ahora lo es. ¿Es eso la verdad?. Nietzsche manifiesta: "Hagamos un intento con la verdad. Y si la humanidad perece, que asì sea". ¿Vamos a seguir con esta verdad de San Nietzsche?.

Y Novak - teòlogo de oficio del American Enterprise Institute, que es un think tank del capital multinacional - plantea:

El Pàramo que encontramos en el corazón del capitalismo democrático es como un campo de batalla sobre el cual los individuos vagan profusos en medio de cadáveres (Novak Michael. The spirit of democratic capitalism).
Y concluye como Nietzsche:
La naturaleza no es algo consumado, completo, terminado: la Creación està inconclusa. Existen tareas aùn, para los seres humanos. Nos esperan sorpresas. Tendremos que enfrentar horrores (como siempre ha ocurrido), pero Dios està con nosotros. Tal vez el futuro no sea un camino ascendente, salvo como del del Gòlgota: Que asì sea.

¿Van a seguir?. Muy bien saben a donde nos llevan. Pero ¿no es eso precisamente el terrorismo del sistema? Los que lo sostienen prohiben pretender un cielo en la tierra. Por esta razón prometen las consecuencias de su propia negativa: el perecimiento, el Gòlgota, el infierno.

¿Acaso creen que los terroristas, que dirrbaron las torres, piensan diferente?. Probablemente es tambien el pensamiento de ellos. Con pensamientos iguales, se confirman en forma mutua en esta voràgine de la violencia. Que uno los exprese como perecimiento, uno cristianamente como el Gòlgota y otros islàmicamente como corresponde ? ¿Qué diferencia hace? ¡Una guerra de civilizaciones?. Pero ¿qué diferencia hay entre aquellos que entran en esta voràgine de la violencia?. No hay ninguna, solamente las chaquetas son diferentes ?Importa si llevan turbante o sombrero de copa?

Segùn informò la prensa, Microsoft desarrollò y distribuyò mucho antes de los atentados (11 Sept 2001) un juego electrònico, en el cual el jugador conducìa un aviòn. tenìa que superar muchos obstàculos para llegar a la meta: estrellar el aviòn en el First Empire Building. era fácil instalar el juego en simuladores de vuelo para adiestrar a potenciales secuestradores. ¿Es posible entender eso como un error o como puro negocio?. ¿Como avaricia que ya no sabe lo que hace?. No lo creemos. la pèrdida de la subjetividad de transforma en agresión contra si mismo. del ser humano ya no se deja màs que un "ser para la muerte" que impulsa la muerte, inclusive la propia.

Bill gates desarrolla el proyecto, Bin Laden lo ejecuta. De una manera extraña - inversamente correspondiente - van juntos. Es evidente, eso no tiene nada que ver con una lucha de civilizaciones. No se trata de personajes de diferentes culturas. se trata de una cultura global que se expresa a través del camuflaje de sus subculturas: turbante y sombrero de copa. Bin Laden y Bill Gates. Lo que hay es un desdoblamiento donde los extremos se tocan. ¿hasta cuando tragamos los cuentos?..

Esa es la confusión de las lenguas, que hace caer las torres de los imperios.

¿Quien es el criminal, el que traza el plan o el que lo realiza?. Las fuerzas detràs, ¿cuales son?. !Analicemos la voràgine entera! Desnudemos al emperador!"...

Hay un nuevo tipo de locura, que es locura de gente perfectamente cuerda. manejan la razòn instrumental sin problemas. En cuanto la psiquiatría entiende la normalidad a partir de este manejo de la razón instrumental, considera normales a estos locos. No puede descubrirlos. se trata de la locura en el interior de la razón instrumental. Quien la descubrió la primera vez fue Goya, un hombre de las artes (El sueño de la razón produce monstruos).

jueves, 5 de agosto de 2010

El Hombre que fuma la pipa





"Es la edad en la cual ya no espera. Nadie viene por él, y él no va por nadie. Son ojos de paciencia infinita los que se ocultan en la espalda curtida del que contempla. En honor a esa espera olvidada quizás nos obsequie una calma revelación de su mirada, un medio voltear. Quizás diga "Haz lo que quieras, soy yo el que ve". A lo mejor haya olvidado su propia alma. Entonces alguien le extrae un trozo de ella y se la lleva. Es la edad del poeta, después de haber visto los crepúsculos, de haberlos preguntado, de haberlos rasgado hasta el desahucio. Él poeta no espera, él hurta los pétalos del tiempo y enciende la pipa una y otra vez antes de partir."

Texto: José Rafael Mena Lozada
Fotografías: Alfonso Paolini

lunes, 2 de agosto de 2010

El Caso Tetrakys

Emiliano Henao Matos es un reportero experimentado que ahora se regodea en el bar del prostíbulo más chic de Caracas. Qué pasado, qué gloria. Sus éxitos dorados son páginas donde se extasía. Pero Emiliano ahora se siente como aquella vieja canción titulada “Periódico de ayer”. Es un clásico que nadie olvida pero se mantiene incólume el alguna página del pasado. Emiliano roza los sesenta, pero los relieves de la camisa dan una idea de su sólido talle, duro molde en el cual fue hecho materia. Pocas canas surcan su abundante cabellera, que se eriza rebelde como prueba de sus fuertes orígenes autóctonos en aquellas serranas cercanas a Pregonero, cuna de su padre. Emiliano hizo estallar su nombre en los albores del periodismo amarillista con su grácil pluma de poeta. Extraía de la realidad las historias más insólitas y las plasmaba con un arte sin igual. Pero como los buenos caballos del hipódromo no tardaría en envejecer o “quebrarse una pata”. En el prostíbulo más chic de Caracas gasta su holgada fortuna. Pero atrás quedó todo, sobre todo la vigencia, su activo más preciado. Una anfitriona se le acerca, él la despacha brusco, sólo espera el “show” lèsbico de Cassandra y Alondra, dos exuberantes hembras a quienes contrata esporádicamente para desbocar el vacío creativo que le ha invadido este año. Sin embargo una reciente obsesión le saca anímicamente de ese lugar. Ha escrito sobre casi todo, especialmente sobre putas. No hay nada en ese espacio que le active el genio, simplemente encuentra estímulos para perturbarse, para movilizar sus emociones que palidecen en las vísperas de su retiro profesional. Emiliano le da vueltas a la cabeza buscando el reportaje que lo catapulte de nuevo a la palestra. El presentador, apretujado en su esmoquin de utilería, anuncia entre fanfarrias la proximidad del “show” lèsbico. Como preludio, el “selector musical” deja caer una balada de Guns & Roses, mientras una chica (una de las màs cansadas y aburridas del catálogo) sube y baja con pereza el tubo de la pasarela. Al terminar suenan tambores y platillos en baja resolución. Ya vienen Cassandra y Alondra. Los bordes del escenario se atiborran de sexagenarios regordetes que derraman guiski a diestra y siniestra. Emiliano permanece retirado y apenas comenzado el set desaparece. Allí no lo mueve nada.

 

A velocidad de crucero Emiliano cavila en su camioneta rústica, un viejo ejemplar de la Toyota. Cuando evoca su vida ve la exploración de temas prohibidos pero ya conocidos. La diferencia estribaba en su prodigiosa forma de hurgarlos y sacar de allí todos los miedos del lector. Sin embargo la caída de los tabúes, toda la apertura del común actual a la realidad ha derrumbado la seguridad de sus encierros. Drogas, delincuencia, prostituciòn, prácticas indecibles, todo eso cuelga ahora en Internet, desarrollando en el espectador una relación inmediata con todas esas representaciones. Buena parte del público es ahora esa juventud que se lanza a los peligros de la calle. Cualquiera puede experimentar un “codo a codo” con los bajos fondos sin la necesidad de un literato que haga de mediador.  El hombre de las páginas sensacionales maneja y sus pensamientos son el camino al abatimiento, ese sentimiento de estar acabado, desechado y excretado por un mundo que ya no le requiere. De la nada, de repente, un sujeto se lanza frente a la máquina que Emiliano pilotea, esquivándolo éste de milagro. A juzgar por las apariencias, el inusitado personaje parece salido de un hospital psiquiátrico. La marcha se detiene, Emiliano lo encara. Como reportero creativo de sucesos, él cultivó un instinto de calle. Su oficio le deparó peligros espeluznantes, por lo que ahora, de viejo, pocos son los eventos que le producen miedo. Encara al loco entonces, y haciéndole preguntas amables, logra persuadirlo para montarlo en su carro. En el camino, el extraño  conversa sin coherencia ni estructura. Emiliano conduce hasta la sede más cercana de los bomberos y allí lo deja: en manos especializadas. Luego sigue rumbo a casa, pero esta vez lo asalta una corazonada que le llena de optimismo

 

La locura clínica y el mundo donde ésta hace vida se revelan como un tema oculto que aún esta sociedad no es capaz de afrontar abiertamente. Las experiencias relacionadas, los manicomios, son aún catacumbas ante las cuales el público salta despavorido y atemorizado. Emiliano siente aquellos pretéritos pálpitos del genio. No ha dormido y no piensa hacerlo; un escritorio le espera, también una libreta y una pluma, viejos amigos con quienes ilustraría bocetos, esqueletos sobre los cuales amoldaría sus famosas crónicas.

 

Una semana lleva Emiliano Henao Matos imbuido en la construcción de su nuevo proyecto. Una montaña de papeles rayados, plagados de esquemas, cronogramas, y demás gráficas, a veces le sirven de almohada en sus momentos de descanso. Para ahorrar tiempo, su dieta se ha reducido a rodajas de casabe y queso guayanés. Enciende la música, buscando enaltecer el espíritu al son de Eddie Palmieri. Revisa una y otra vez sus bocetos y la intuición lo lleva al final del camino: ingresar a un manicomio.

 

Emiliano sabe muy bien que entrevistar a las autoridades de un centro de salud mental arrojaría resultados mezquinos. Este problema se resolvería entrando al estómago del monstruo, no como observador, sino como paciente. Para tal efecto debe elegir una enfermedad, estudiarla e incorporarla a su propia humanidad. Comienza por ensayar su discurso patológico basado en los rasgos de un esquizofrénico paranoide. Frente al espejo estudia el guión, apoyado en literatura relacionada al tema, pero se le hace complicado. Recuerda a su amigo Pacheco, compañero de aventuras profesionales y le echa una llamada.

- ¡Epa hermano, es Emiliano! – exclama apenas su interlocutor contesta la llamada

- Coño Henao. Estaba por llamarte para preguntarte una vaina chico – Contesta Pacheco

- Antes de que me preguntes cualquier vaina quiero que vengas a mi casa, necesito un favor tuyo

- Está bien compadre, allí estaré, pero necesito que me des un material para hacer una selección y exponerlo con mi archivo fotográfico en el colegio de periodistas

- Plomo Pacheco, cuenta con eso, te espero.

 

Pacheco no tarda en aparecer. Son las dos de la mañana, pero entre colegas el horario es algo suntuario, siempre hay que estar al pie del cañón. Emiliano le va al grano, sin muchos preámbulos:

- Mira hermano, necesito que me lleves al Hospital Mental de la Colina, pero en calidad de enfermo, voy a hacer un trabajo de campo. Quiero que me hagas pasar por un carajo que está loco e’ bolas

- Verga Henao – exclama sobresaltado Pacheco - eso que me estás planteando caga a cualquiera, ese manicomio es el más sórdido del país, pero bueno chico tu eres terco y somos unos corresponsales de guerra en esta urbe. Usted es un tigre, así que vamos a echarle pichón pues.

- Gracias Pacheco, yo contaba con “usted” desde el comienzo hermanazo, entre nosotros la verga es Patria o Muerte – y haciendo una pausa agrega – en el escritorio te dejo un verguero de mi trabajo pa’ que escojas el que quieras.

- ¿Y pa cuando es lo del manicomio Henao?

- Pa’ la semana de arriba hermano.

Los dos amigos abren una botella de güisqui. Es hora de compartir más allá de lo profesional. A lo largo de treinta años ellos cultivaron una hermandad que superó a la sangre misma. Comienzan los cuentos, las risas. Emiliano se sube la franela y muestra una cicatriz de bala en el costado derecho, Pacheco hace lo mismo y deja al descubierto un viejo golpe de chuzo. La bebida se agota y van por más, la música suena y ellos la suben. Ebrios, entonces, se despiden. Pacheco lleva bajo el brazo un bloque de papeles, todos ellos paridos por Emiliano, su colega, su hermano del alma.

 

El sol le hace arder la locura en su rostro. Una semana sin comer da sus resultados inmediatos. El color de la piel se hace follaje moribundo, y la dentadura absorbe el smog de la ciudad privada de higiene. Emiliano ha comenzado el ciclo inicial de su trabajo que consta de varias etapas: no asearse, no comer, no dormir, beber, drogarse y finalmente enloquecer. Su bagaje le permite entremezclarse con esa humanidad abandonada a la indigencia. Un grupo de miserables le adopta en las inmediaciones del “hueco de los Chaguaramos” y llegan a un acuerdo de protección; el precio de este servicio: varias botellas de licor de anís y dinero. El reportero pronto arrastra consigo la inmundicia de la calle. La ropa en pocos días es un cortinaje de harapos, donde guarda una libreta destinada a recibir los apuntes de la miseria. Intenta no confraternizar mucho ya que sus energías se enfocan en el recinto que le abrirá las puertas de la “inserción social”. Según lo acordado, Pacheco lo pasa buscando a las nueve de la mañana del séptimo día. Cuando ocurre esto, el amigo se llena de espanto al reconocer (con mucha dificultad) a su colega. Emiliano tiene la faz contraída, ojos desorbitados, figura apocada y su conversación es difusa, sin embargo un hilo de cordura le mantiene atado al proyecto. Pacheco le pregunta “Coño loco. ¿Te drogaste?”. Emiliano contesta que no hubo más remedio, ya que sin hacerlo no sobreviviría. Una vez en el Centro Psiquiátrico de La Colina todo se hace ágil. Ya Pacheco había movido la red de emergencia con antelación. Lo primero que recibe Emiliano es una inyección que lo hace desvanecer de inmediato. A Pacheco se le salen las lágrimas y maldice. “¿Por qué coño me presté pa’ esta vaina carajo?.”

 

Emiliano despierta. No tiene noción del tiempo ni del espacio. Se incorpora y se sienta al borde de la camilla. Es un lecho oxidado sobre el cual cuelga una raída colchoneta. Revisa sus brazos y en la mano derecha tiene colocada una vía intravenosa o catéter, sin embargo ningún medicamento le está siendo administrado a través de este dispositivo. Comienza a hilar recuerdos y de esa forma logra conectarse nuevamente con el motivo de la experiencia. El recinto, más que una habitación, es un corredor en cuyas paredes dos hileras de camas crean un efecto uniforme. Se rasca la cabeza. Otros deambulan, otros duermen, otros observan algún punto invisible, otros parecen estar en la estratosfera. Un habitante repara en Emiliano y se acerca con cautela. Es un individuo de muy baja estatura, tez morena y un labio leporino sobre el cual una incipiente película capilar amenaza con convertirse en bigote. Ya más cerca, extiende una de sus manos y se presenta como “Gurrufìo”. Emiliano pregunta cómo le vieron llegar. El nuevo acompañante le responde “Tres días llevas acostado, ahora es que te estás parando”. El hombrecillo, a pesar de su aspecto, se expresa con mucha cortesía. Un haz de luz inclinado anuncia el crepúsculo que entra por un pequeño ventanal, indicando dos posibilidades: un amanecer o un atardecer. Las paredes están divididas cromáticamente en dos mitades horizontales, una de blanco (la superior) y otra azul oscuro (la inferior). Un olor peculiar es el resultado de una mixtura: humores humanos, medicamentos y humedad. El hombre es ahora una dualidad que se debate entre su condición de paciente y su misión de cronista. Una enfermera aparece en un extremo de la sala llevando consigo un bulto de lencería. Emiliano la intercepta y le llena de preguntas. El abordaje reporteril extraña a la mujer, quien se encoge de hombros e indica que espere por el médico tratante. Entonces vuelve a su cama, se sienta y comienza a explorar el entorno.

 

“Gurrufìo” se convierte en un guía que Emiliano aprovechará al máximo para el reconocimiento del espacio al el cual está confinado, es un reincidente experimentado. Para despejar dudas le pregunta éste a que altura del día están. El compañero responde que se aproxima el desayuno. Otra enfermera cruza el marco de la reja azul que está en uno de los extremos del corredor y en alta y clara voz anuncia la hora de la comida. Enseguida se hace una cola, la cual se ordena precisa y de manera espontánea. Todos saben ya donde ubicarse. Gurrufìo no suelta a Emiliano y le ayuda a integrarse al grupo de pacientes quienes inician la marcha hacia el comedor. Un letrero en la parte superior del marco de la puerta indica que la sala es un área de cuidados intensivos. Emiliano pregunta a sus adentros cual será su destino, intuyendo que de un momento a otro abandonará su actual sector para ser acomodado en otro. Entre los sujetos resaltan ciertos perfiles de apariencia delincuencial.: Cicatrices, tatuajes de precaria técnica y el típico “tumbao” de los enemigos de la ley. Emiliano indaga a su protector por algunos sujetos, en especial uno que observa al  detalle sus proximidades con aire amenazante. En efecto, tal como lo sospechaba, es un asesino que se encuentra en evaluación siquiátrica por orden de un juez. En algunos semblantes se observan relieves atípicos que sugieren deformaciones congénitas, tanto físicas como mentales. Uno de ellos, según lo informado por el guía, es un pedofìlico recurrente. Posee un perverso aura de inocencia,: obeso, facciones que indican un desarrollo interrumpido. Es como un niño gigantesco al cual la comida se le desborda entre los labios. El menú es un atol de avena hirviendo, servido en un recipiente metálico. El aire está cargado, el periodista-paciente es atenazado por una premonición. A lo largo de su vida ha aprendido a confiar en su instinto, ese sentido inexplicable que late ante el peligro cercano. El hombre sentado a su derecha no come, su lengua parece mover algo de un lado a otro de su boca. Repentinamente el tipo salta sobre otro quien está a una distancia considerable, sacando de sus fauces un pequeño objeto filoso para herirle en el rostro. Veloces, un trío de enfermeros-esbirros saltan sobre el atacante, lo neutralizan no sin antes propinarle una paliza. El agresor es llevado a rastras a otro recinto que, visto desde la  posición de Emiliano, luce siniestro. El herido es conducido a la enfermería, como si se tratase de un costal de papas.

 

El proceso de investigación se reactiva. Salen nuevos informantes. Uno de ellos señala la sala donde se encuentra el agresor y explica su función: aplicación de terapias electro convulsivas. Aquello que se presume instrumento terapéutico ahora lo es de castigo. Pronto un hombre de edad madura se une al investigador. Es un carpintero, quien víctima de sus nervios, arrancaría a su patrón un trozo de cara de un mordisco. Aparenta ser un tipo amable y circunspecto. Todo evento para él conlleva a una enseñanza. Ningún detalle escapa a su análisis ético. Cuando concluye una idea cierra parcialmente sus ojos y aprieta la boca en un gestual de sabiduría. Su reflexión sobre el incidente no se hace esperar: “La intención de ese tipo era joder al otro”. Emiliano le palmea la espalda mientras dice “Coño hombre, es verdad, no me había dado cuenta”, luego se retira con expresión divertida. José Ramón es el nombre del carpintero

 

La población es arriada nuevamente a su lugar de permanencia. Los internos están separados según ciertos criterios médicos. Los estresados y deprimidos, los adictos, los psicópatas y criminales, los esquizofrénicos y demás patologías, todos distribuidos en diferentes espacios de la edificación. Sin embargo hay segmentos del día donde la totalidad comparte un espacio común. Estos momentos se dan en los comedores y el horario de recreación que se desarrolla en un patio de cielo abierto y altas paredes. Los encargados del orden son los mismos que cumplen con las tareas de enfermería. Los controles son rígidos, cualquier actividad individual y grupal es monitoreada exhaustivamente. Ahora Emiliano es llevado al patio de recreación. Casi todos los confinados fuman. Este hábito es permitido ya que ayuda al apaciguamiento de las conductas ansiosas que se dan en lugares cerrados. “Gurrufìo” señala a un tipo gigantesco y narra su historia. Se trata de un famoso homicida esquizofrénico quien cercenaría la cabeza de su padre con el objeto de liberarlo de una posesión diabólica. Emiliano recuerda el famoso caso, a pesar de no haber escrito sobre él. La fama de aquel personaje le depararía el título de “El decapitador de las Tres Cruces”, creando un vínculo entre el perpetrador y el callejón de su horrendo crimen. En la información suministrada se deja colar una advertencia: este criminal de portentosa fuerza física ha intentado estrangular a varios pacientes, dejando como saldo uno en estado de coma. En otra oportunidad, ya fuera de control, lesionaría a dos enfermeros que intentaban neutralizarlo, provocando en ellos traumatismos severos. Emiliano acusa recibo de las observaciones de su compañero y procura mantenerse lejos del violento hombre.

 

Llega la hora de la “terapia ocupacional”. Esta parte de la rutina incluye diversas actividades manuales guiadas por terapeutas especializados y mal pagados. Ellas incluyen el desarrollo de destrezas para la transformación de materiales en utensilios, prendas y objetos de arte. También hay una biblioteca diminuta y muy precaria que Emiliano decide explorar con sumo interés. Es este el momento donde ocurre un hallazgo que cambiaria el curso de la investigación. Apilados a lo largo de un estante se acumulan viejos números de lo que parece ser una revista literaria creada dentro de la institución y cuyo contenido es una vasta obra producto de la creatividad de los pacientes. El nombre de la publicación le resulta hermoso: Tetrakys. A partir de ese instante la exploración del material se convertirá en una obsesión donde al reportero le serán reveladas urgencias, y muchas de ellas harán ecos en las carencias de su propio ser. Emiliano indaga sobre el valioso descubrimiento.

 

Hace casi dos décadas un médico de la institución, lleno de sueños, tuvo la idea de fundar una publicación en la cual los internos no solo exorcizaran sus demonios íntimos. También esta idea tenía la finalidad de hacer brillar talentos y brindar a los pacientes una nueva manera de enfrentar sus propios problemas. El medio impreso prosperó durante casi diez años, hasta que una nueva autoridad decidió cancelarlo por considerar que allí se exponían situaciones peligrosas para el funcionamiento del sistema institucional. Emiliano no puede sentir otra cosa más que indignación ante el truncamiento de tan maravillosa realidad. Avanzando en la lectura surgen descubrimientos sorprendentes que le llevan al cuestionamiento de lo que es considerado cordura o normalidad. Un poema firmado por un tal Romeo Sànchez desgarra el telón de la vida:

“Soy detritus de un mundo

que no perdona la risa del alma

él clavará una sonrisa en mi cara

como niebla que oculta

una puñalada de la noche.”

Un bostezo es el gesto más apropiado para robarse un ejemplar. Pronto la enfermera encargada de los anuncios advierte la proximidad del almuerzo. Todos se ordenan con una exactitud inercial en el cauce del sistema. Todos tienen hambre. Emiliano no.

 

Un tipo delgado, de apariencia indefinida y casi borrosa llena un formulario. Emiliano permanece en silencio esperando alguna señal concreta que de inicio a la situación que está por venir. Una larga pausa permite fotografiar el consultorio. El escritorio de fórmica escarapelada desentona con su marrón aliento ante el omnipresente blanco-azul de la pared, el gris pantanoso del suelo y el calendario playero, único decorado del ambiente. En el flanco izquierdo que hace de fondo, un paravàn que divide el espacio no tapa del todo un diván destartalado. El silencio es interrumpido por un cuestionario:

-¿Usted oye voces Sr. Henao?, quiero decir, si usted percibe mensajes de alguien que no está en la realidad – Pregunta con apatía el médico

- No

- ¿Se ha sentido usted destinado por causas del más allá a una misión grandiosa o algo similar?

- No

- ¿Siente usted que alguien o algunos conspiran en su contra, o que quieren matarle?

- Bueh, siempre hay alguien que quiere joderlo a uno, pero nada del otro mundo.

- Explíquese mejor

- Es natural en este mundo que alguien, por cualquier razòn, quiera dañarle a uno. ¿No le parece eso razonable?

- ¿Usted se siente atraído por hechos de violencia, derramamiento de sangre o el dolor de otra persona?

- No

- ¿Usted ha maltratado a algún ser vivo,  a un animal por ejemplo?

- No

- ¿Usted tiene problemas para adaptarse a la ley, la autoridad o la convivencia común?

- No me gusta que me manden – Responde Emiliano con molestia.

- ¿Usted consume drogas?

- No

- Pero usted dio positivo en el toxicológico con algunas sustancias

- Bueno, estuve pegado unos días con la piedra, estaba deprimido y terminé en la calle con un poco de bichos

Las preguntas continúan y Emiliano se aburre. Quiere que este trámite pase lo más rápido posible. Sin embargo intenta memorizar todo el cuestionario para anotarlo en la libreta que logró colarse con él.

 

Un hombre alto y corpulento, vestido de blanco, intercepta a Emiliano en uno de sus vagabundeos por la sala de cuidados intensivos. Éste le indica que será reasignado a otra área. Emiliano, lleno de temor, pregunta cual sitio es ese. “Vas al ala de adictos, no debería decírtelo, pero no me caes mal”. Un paquete con sus pocas pertenencias le es entregado, también un uniforme azul que le queda grande. El nuevo dormitorio es muy similar al anterior. Una bolsa de suero le es conectada a la vía intravenosa. Son las tres de la tarde y ha llegado la hora de la merienda. Una vianda desechable  contiene una torta insípida acompañada de un café con leche aguado. En el paquete se vino el ejemplar de la revista hurtado y la libreta; el enfermero, al parecer, no se percató de aquello. Los ojos que le observan ahora son más amenazantes que los de la antigua sala. Los esquiva con discreción para no levantar ánimos. De pronto un golpe de alegría le dice que la suerte no es tan mala: Aparece Gurrufìo con la mirada brillante y una sonrisa que se sobrepone a los relieves de su boca.

En la hora de terapia Emiliano logra acceder a un bolígrafo. Se aparta de las labores manuales con la excusa de que quiere desahogarse escribiendo. Le es concedido el permiso. Se acerca al rato a la terapeuta y le interroga sobre los peligros de su oficio. Ella es una joven que apenas pasa los veinte, es entusiasta y recibe las preguntas con agrado. Pronto le suelta una anécdota. Èl escucha con atención. La joven tendría pocas semanas de servicio. Un hombre amable, de agradable conversación, la llenaba de confianza y ella, descuidando las normas, dejaba que él permaneciera a su lado en la soledad del recinto. Hasta que en una oportunidad de intimidad, por ausencia de pacientes y un descuido en la seguridad, aquel agradable paciente se abalanzó sobre ella quitándole casi toda la ropa de un tirón. Ella logró golpearle con una prensa y salir corriendo. El agresor sería sometido una y otra vez, como castigo, a sesiones de electroshock que le dejarían casi como un zombi. Emiliano recuerda la suerte de aquel tipo de la mesa que cortaría el rostro de otro paciente y sería conducido a la siniestra sala de castigo. Ahora las preguntas van abriéndose camino, hasta llegar al asunto que envolvería el cierre aquella publicación literaria que tanto le atraería. La terapeuta cambia la expresión, borrando de plano su receptividad. “No sé por qué, pero eso es tema  prohibido, no me preguntes más”.

 

El instinto de periodista provoca en el olfato de Emiliano el olor de un escándalo cuyo suceso giraba en torno a la pequeña revista. Se iniciaba entonces el reportaje de un hecho que denominaría “Caso Tetrakys”. Pacheco se hace presente en el horario de visitas, haciéndose pasar como familiar. Allí sería colocado al tanto de esta posible conspiración.

-¿Coño, no serà que esta vaina te está poniendo paranoico Henao? – Susurra Pacheco con una sonrisa disimulada

-No vale, yo estoy lúcido pese al tratamiento que recibo – Apunta Emiliano – Tú sabes muy bien que cuando en un sitio de estos, que ésta oculto a la luz pública, ocurre la censura de algo es porque hay gato esmochilao. Estos lugares son proclives a situaciones asquerosas, en esta mierda nadie mete el hocico.

-Está bien – reconoce Pacheco – pero cómo còño tú metido en esta mierda haciendo de loco vas a llegar al meollo del peo que me planteas?

-Por ahora voy a ponerme a revisar los ejemplares que estos carajos tienen en la sala de terapia, siempre hay un descuido o un detalle no previsto

-Bueno, voy a estar pendiente Henao – y haciendo entrega de un paquete agrega – te traje cigarros pa que no te vuelvas loco

Emiliano entrega por debajo de mesa hojas de la libreta con anotaciones, teme que sean descubiertas y la investigación se arruine, poniendo además su integridad personal en riesgo. Los amigos se despiden con un fuerte abrazo. La investigación continúa y con ella la pesada rutina del Hospital.

 

Gurrufìo es de los que va y viene. Ya lo conocen. Cuando hay un cupo es recibido. Así encuentra descanso, comida y techo temporales, una tregua en esa permanente guerra de la indigencia, en la cual una sociedad que gusta de tapar sus ojos lo condena al abandono, además de maltratarle y arrinconarle a las riveras de concreto del Río Guaire. Él es la fuente de información que Emiliano procura mantener, siendo generoso en el suministro de cigarrillos y palabras aduladoras. “Coño Gurrufìo, tu eres la verga de Triana” es una frase recurrente para celebrar cualquier ocurrencia, por más tonta y anodina que sea. En una de esas le deja caer una pregunta. “¿Tú que sabes de una revista que aquí tenían pa’ que los enfermos escribieran sus vainas?”. Al comienzo Gurrufìo escurre el bulto. Emiliano, tenaz en su cacería pregunta de maneras distintas para ver si el hombre cae en la trampa. Hasta que un día, el informante se descuida trayéndole un número de la publicación. “Aquí te traigo algo que escribí una vez y me lo publicaron”. Emiliano se ríe y le pregunta. “No y que no sabías nada de eso?. Gurrufìo baja la vista pero pronto es consolado. “Tranquilo vale, no me arrecha eso”. Poco a poco los testimonios son anotados en la oscuridad. En una ocasión sale a flote el caso de un paciente que se vio involucrado en un asunto poco antes del cierre de la revista. Algo ocurrió después del incidente que todos los ejemplares de ese último número fueron recogidos. El hombre se llamaba Romeo Sánchez y él también desapareció.

 

Emiliano vuelve a la biblioteca y busca en el material todo lo que tenga la firma de Romeo. Encuentra poemas y algunas alusiones a sus pesadillas. Entonces tropieza con una frase llena de metáforas. “Manos que me asaltan en la oscuridad, es el demonio pálido. Día a día su hambre flagela mi piel. Luego viene la fiesta donde otros demonios se unen”. Aquello pasa a la libreta. Mientras anota piensa “Estos carajos si son pendejos, no se dieron cuenta de que Romeo llevaba tiempo escribiendo una verga comprometedora, esto es demasiado evidente”. Esos demonios existen y son de carne y hueso. Podría alguno de ellos estar cerca ahora mismo..  Otro  fragmento da nuevas revelaciones “El gran ojo todo lo sabe, pero cuando cae sobre mí se esconde, él brilla cuando mis carnes son traspasadas hasta el alma”. Sigue anotando y devuelve rápidamente los textos a sus estantes. Emiliano interpreta, une cabos, establece un hilo conductor entre las pesadillas y los breves aforismos que esconden episodios reales. Las hojas arrugadas son reducidas es los confines más recónditos de su cuerpo, es evidencia y sólo desea que Pacheco vuelva pronto para sacarlas de aquel presidio surrealista. Emiliano intenta dormir. Emiliano no duerme. Emiliano teme.

 

Un golpe seco le hace saltar de la camilla. Un extraño espécimen le observa parado justo al lado del catre. Tiene un corte muy particular de pelo, muy afeitado por los lados y un copete decolorado que le adorna la cabeza. Tiene las cejas cuidadosamente delineadas. El labio inferior, muy grueso, le cuelga húmedo y pesado. Es de piel acetrinada y de rasgos azambados. El blanco uniforme saca de dudas a Emiliano, se trata de un enfermero, aunque parece más un estilista de la Baralt. El hombre anuncia en tono seco: “Inspección de rutina”. Emiliano logra sacar con disimulo los apuntes arrugados y los echa un poco lejos, para que parezcan basura. En seguida es colocado mirando hacia la pared mientras es revisado minuciosamente. Luego la camilla es volteada y la colchoneta sacudida varias veces. El enfermero termina y le ordena: “Ahora acomoda todo”. Es obedecido al instante, pero unas palabras cortan el aire. “¿No te gusta andar de preguntón y jorungando?. Ahí tienes pues”. Un escalofrío le recorre el espinazo y le llega a la nuca. Antes él estaba cerca del peligro, ahora es el peligro el  que se acerca a él.

 

Pacheco desplaza su voluminosa humanidad y casi no cabe por la puerta. Emiliano salta eufórico. Recibe un montón más de cajetillas de cigarrillos y una variedad de chucherìas. Emiliano no pierde el tiempo y le pasa los nuevos apuntes por debajo de la mesa.:

-Mira coño, la vaina está que arde, ayer un enfermero me revolvió toda mierda, me revisó hasta los pelos del culo, menos mal que tiré los papeles en una esquinita y el coño e`madre no se dio cuenta.

-Verga Henao. ¿En que peo te metiste coño? – pregunta en voz muy baja Pacheco

-Nada, que el carajo me ha visto explorando la biblioteca, y al parecer alguien le sopló que yo estaba preguntando vainas

-Entonces la vaina puede ser una olla podrida.

-Coño sí, según lo que he interpretado de todo este peo es que al tal Romeo se lo estaban puyando y alguien con autoridad sabía la guevonada. – tras una pausa sigue – Vas a tener que echarme una manito desde afuera Pacheco, revisa archivos, ubica al tal Romeo Sánchez, háblate con alguien del CICPC, búscate a Guanipa que ese es panadería y averigua la suerte de este carajo.

-Bueno, pero voy a tener que sacarte de esta vaina compadre. Esto es territorio desconocido pa `nosotros, esta verga es una caja negra.

-¡No! – Exclama Henao manoteando, y luego susurrando dice – Mira, aquí tengo un carajo que entra y sale y se ha hecho llave mía…

Pacheco interrumpe – ¡Nojoda, seguro es ese el guevòn que te echó paja!

- No lo creo, muchos ojos me miran. Gurrufìo es un pobre carajo que no se mete en peos

- Bueno, ya me voy – dice Pacheco mientras se levanta aparatosamente – Voy a estar pendiente, tengo al psiquiatra tuyo a monte, pa’ que vea que no estás a la buena de Dios en esta verga.

Los amigos se despiden como siempre, fuertes apretones y sonoras palmadas en el lomo. Pacheco es de los que no desaprovechan oportunidades para tomar nota de los hechos que él considera hitos de su experiencia. El tema del manicomio le inquieta tanto como Henao. Todo lo que su amigo le comunica va a parar a su libreta “Moleskine”. Pacheco había comenzado sus dìas de comunicador como reportero gráfico. Cuando conoció a Emiliano, sus habilidades se fundieron en célebres investigaciones. Con el tiempo aprendería de su amigo técnicas para escribir, y su amigo a usar ese maravilloso artefacto fotográfico. Emiliano bromeaba a menudo por el parecido de Pacheco a “Clemenza”, uno de los personajes de la primera parte de la saga “El Padrino”. Pacheco se pregunta por qué su amigo se empeña en renunciar a ofertas de importantes medios. “¿Será pendejo o estará loco?”, se pregunta mientras Caracas lanza un extraño esplendor que sólo puede verse desde la Cota Mil .

 

El baño es un amplio escenario donde todos están a la vista de todos. Emiliano es de los últimos en ducharse. La fuerte presión de la ducha le es útil para depurar una pastilla de jabón azul de uso colectivo. Un tipo alto y delgado le ha estado observando desde hace dos días. Emiliano procura mantenerse lo más retirado posible de esa clase de sujetos curiosos. Pero esta vez se ha distraído y ha quedado solo con el tipo, quien le mira con una extraña languidez que le hace ver la dentadura superior más grande y deforme que de costumbre. Emiliano se quita la película de jabón con apuro, actitud que el observador percibe. El individuo se aproxima y pregunta. “¿Cómo te llamas encanto?. Emiliano tiene un defecto de carácter que jamás ha podido controlar: su volatilidad. Esta característica unida a una homofobia estimulada por las lecciones de su rural progenitor es una mezcla explosiva. “Serà mejor que muevas ese culo y te apartes “piazo” e’ marico. El otro intenta tocarle pero recibe un certero gancho de izquierda y un derechazo demoledor en la mandíbula. El flaco grita y llora en posición fetal. Emiliano trata de escabullirse pero es alcanzado por dos enfermeros, quienes le someten en el acto. Es conducido inmediatamente al consultorio del psiquiatra residente. Emiliano explica y el especialista le interrumpe:

-Aquí hay un personal encargado del orden, Usted debió notificarles la situación

-Pero… - Es interrumpido de nuevo

-Usted está muy agresivo, le recomiendo que mantenga una actitud abierta y pacífica, vamos a ayudarle. – Con un un gesto ordena a los enfermeros que se lo lleven.

Emiliano es llevado casi a rastras a la siniestra habitación, aquella que en aquel desayuno fue el destino del hombre que rajara el rostro de un compañero. Emiliano se resiste, y a pesar de su fuerza los enfermeros le aplican una llave que lo inutiliza.

 

Una férula le es introducida inmediatamente en la boca. Sus manos y pies son atados a la camilla. En las sienes siente algo húmedo y unas gomas adheridas. Algo le es inyectado, eso le da somnolencia; pronto un sonido eléctrico lo invade. Toda su humanidad se contrae, la mandíbula se le cierra mientras la lengua se le pone tiesa. Una extraña fuerza le obliga a echar la cabeza para atrás, le cuesta respirar. El sonido cesa y todo es luz blanca A la segunda descarga pierde el conocimiento.

 

Emiliano despierta y siente un peso titánico en la nuca. Trata de hilar pero solo obtiene fragmentos de vida. No recuerda ni su nombre. Gurrufìo le pasa el brazo sobre el hombro. Emiliano sabe que le conoce, pero no recuerda de que manera. El amigo le dice “Tranquilo, en unos minutos vas a recordad todo, no te esfuerces”.  Aturdido y encerrado en su extraño sopor, pregunta con dificultad. “Qué mierda me hicieron estos hijos de puta”. El compañero le responde. “¿Ves?, ya estás recordando.

 

Ya en la mesa el mismo atol es servido en los mismos pocillos metálicos. Emiliano tiene hambre y mientras engulle el desayuno reconstruye el panorama. Todo está claro. Siente un poco de astenia, pero las ideas están claras. Una mano se interpone entre la comida y sus ojos. En ella ve más pastillas que de costumbre. “Como que te equivocaste, galán. Yo no tomo esa cantidad de medicina”. Comenta mientras da otro sorbo al atol. El enfermero, uno más amigable, le recomienda que se tome los medicamentos. “El doctor modificó el tratamiento”. Emiliano se mete las cápsulas en la boca, y cuando el enfermero voltea, escupe el contenido en la mano izquierda y lo introduce en uno de los bolsillos del uniforme de enfermo. Todo sigue normal. “No me van a poner como un mongòlico, están pelaos”, piensa mientras limpia sus labios después de dejar el recipiente vacío. Busca a Gurrufìo. Codo a codo van al patio. Encienden sus respectivos cigarrillos. Nada de lo ocurrido sale en la conversación. Emiliano reflexiona sobre las prácticas ,del hospital. “Esa vaina del electroshock es una verga medieval. El mundo avanza y estas mierdas se mantienen como si nada. “Que sociedad tan hija de puta es esta, nunca nos preocupamos por esta gente”. Observa a Gurrufìo y se dice a sí mismo. “Pero la calle es más coño e’ madre, este carajo es feliz en esta vaina”. Hablan de sus vidas. Gurrufìo es el que más conversa. Es un ser sin nombre. La civilización ha construido una gran letrina, y en ella este hombre fue lanzado casi desde su nacimiento. Pero esa letrina se ha hecho tan grande, que supera en dimensiones a la misma sociedad que le hizo. Emiliano, que siempre ha estado en contacto con la realidad, sólo había estado cerca de los excrementos. Pero ahora ya no observa la mierda desde afuera, ahora está nadando en ella.

 

La visita llega. Pacheco se presenta casi a diario para velar por su amigo. Como de costumbre trae cigarrillos y golosinas.

-No te traigo un libro porque sé que estás metido de lleno en esta verga – dice mientras abraza a Emiliano.

-Pues haces lo correcto Pacheco – responde

-Cuéntame, dime en que otro peo estás metido,

Emiliano narra todo, con lujo de detalles. Todo esto en voz baja con una falsa sonrisa. Pacheco abre los ojos como si estuviese escuchando al mismísimo diablo. Sus orejas enrojecen y las venas se asoman en su frente. Interrumpe la charla y deja caer con ira su reacción:

-¿Sabes una vaina Henao?. Te voy a sacar de esta poceta de mierda – hace una pausa jadeante y prosigue – No sin antes darle una coñiza al doctorcito ese que casi te fríe el cerebro.

-Coño, no – es la réplica que suena a súplica – El amigo que te  dije me ha contado sobre el tal Romeo, me dijo que estuvo aquí cuando desapareció y cerraron la fulana revista. Vamos a hacer una vaina, espérate, ya tengo aquí quince días, achanta una semana y me sacas contra indicación médica. Tú eres mi representante.

-Bueno, te tengo noticias de todas maneras Henao. Para aquella fecha en que el peo de la revista explotó, coincidencialmente el Director Administrativo, cuyo nombre es Pedro Eduardo Echezurìa, fue removido de su cargo y con él dos residentes y como cinco enfermeros. El carajo es ahora Adjunto del Director Sectorial de Salud, del Ministerio de Bienestar Social – Pacheco frota sus manos y continúa - y llamé a Oscar Benavides, el cronista de farándula de la revista “Prestigio”. Ya sabes, ese carajo se conoce toda Caracas, y como el coño e’ madre es requetechismoso no dudó en contarme sobre el carajo. Resulta que Echezurìa es tremendo marico y se ha logrado codear con los billetùos del mundo gay. El carajo organiza en su Pent House de Sebucán un poco de rumbas y cojeculos.

-Del carajo Pacheco, que datazo – por el perfil del carajo, hay algo ahì que lo hace parte de del peo con Romeo. Es más, ¿Averiguaste algo sobre Romeo?

- Guanipa està en eso, ya sabes que ese carajo es amigo. Nos caemos a cervezas todos los viernes en “El Galeòn”, asì que esperemos, que pasado mañana me toca la curdita con èl.

-Bueno Pacheco, yo me moveré y buscaré un poco más, creo que no hay mucho que buscar en esta vaina. Pero la experiencia me ha fortalecido. Algo bueno saldrá de todo esto.

-Okey Henao, pero te voy a sacar de esta verga aunque sea a coñazo limpio. Tengo un poco de vergas que has anotado con fuentes y todo,  tienes como para hacer un libro.

Ya ido Pacheco, Emiliano va al patio a reunirse con su informante. Cuando llega ve a tres tipos golpeando a su amigo. Trata de interceder, pero la prudencia le detiene. Corre hacia enfermería y grita “¡Vayan al patio!, están escoñetando a Gurrufìo”. Los dos hombretones que le llevaron al electroshock salen disparados, sedientos de acción,. Emiliano los sigue. Los enfermeros agarran a los agresores, pero un gigante se avalanza sobre ellos. De un puntapié en un costado saca de combate al más grande, y con el brazo derecho agarra al otro y comienza a estrangularlo. Es el famoso decapitador de Las Tres Cruces. Emiliano vuelve a enfermería y grita de nuevo “Van a tener que ir al patio como diez, el decapitador està jodiendo a dos de ustedes. La enfermería se vacía, suena un silbato y un grito alerta “!Al Patio!”. Emiliano está angustiado, aunque muy en el fondo siente un poco de regocijo. Pero su ética le hace apartar de un manotón ese sentimiento

 

Es la hora de la terapia. Emiliano anota nombres, entre ellos están los del enfermero que le requisó y Echezurìa. Gurrufìo le ha contado que en aquellos tiempos, el Director Administrativo, se paseaba por las instalaciones del hospital y conversaba mucho con los pacientes. Poco a poco va revelando más. Hasta que, sorpresivamente, estalla en llanto y confiesa. “!Yo conocí a Romeo, me enseñó tanto, tanto!”. Emiliano posa sus manos sobre los hombros de su amigo. “Descarga, tranquilo, sabes que soy tu amigo y que no te voy a traicionar”. Le da un cigarrillo y un bombón. El hombre en llanto suelta algo más revelador. “Siempre se lo llevaban por horas, a veces de noche, El se enfermó, casi ni hablaba, sólo decía que lo estaban matando en vida. Un día dejó de hablar y al poco tiempo no lo vimos más” Emiliano, lo consuela. Más tarde, en la hora de terapia ha anotado tanto que pide varias hojas a la terapeuta. Se siente agotado, se levanta y va al bebedero. Ya aplacada la sed, un presagio le atraviesa. “Las hojas coño!. Corre a la sala de terapia. No hay rastro de sus apuntes. Pregunta a todos y nadie  sabe nada. Busca y busca. Revisa toda la biblioteca, las papeleras. Alguien le dice que la señora de la limpieza ha pasado por allí. Trata de calmarse. “Botaron esa mierda, tranquilo Henao, tranquilo”. Hace todo como si nada, observa para ver si alguien le está siguiendo los pasos. No ve nada anormal. Se fuma la mitad de una caja en media tarde. “Mañana le digo a Pacheco que me saque de esta vaina, a lo mejor no pasa nada grave, pero ya es suficiente”. Después de cenar se reúne con Gurrufìo. Aprovecha un intersticio para fumar antes de ir al dormitorio. Se calma, nada anormal sucede. Antes de dormir recibe las medicinas. Las conserva en la boca y las escupe. Hay que mantenerse alerta. . “Hace días me quitaron el tratamiento intravenoso, eso es una gran ventaja”. Se anuncia el apagón para que los pacientes duerman. Emiliano queda viendo el techo. Pasan las horas y todo está en calma. Siente ganas de dormir, pero se resiste. No sabe cual es la hora, pero la noche se hace eterna. Se relaja y cierra los ojos. De pronto, una mano sale de la oscuridad. Emiliano forcejea, siente un extraño olor. Es un trapo húmedo. Todo se vuelve negritud.

 

Pacheco está en el atril. El auditorio del Colegio de Periodistas es como un santuario repleto de dolientes. Afuera hay una buena cantidad de paravanes, con fotografías y escritos de Emiliano Henao. El discurso es improvisado. Pacheco balbucea un poco conteniendo el llanto. Luego con simpleza pero con emotividad termina lleno de lágrimas diciendo: “Henao no era amante de la verdad, era enemigo de ella. Por eso la perseguía, implacable. Era un tipo sencillo pero culto. Emiliano Henao me hizo y yo hice algo de él. Pero es incomparable su influencia sobre mi vida. Sé que él se nos hundió en lo más profundo de la realidad. Pero esto no quedará así. Tenemos un reto por delante. Ya esas cajas negras se llenarán de nuestra luz justiciera. Ahora es que comienza el trabajo de Emiliano.”. Estallan los aplausos, la gente se pone de pie. Pacheco abandona el auditorio. Afuera le espera Guanipa y abordan una patrulla. Un número de la “La Voz de la Mañana” está en el asiento de atrás. En el índice, el primer título es un reportaje titulado “El Caso Tetrakys”. Otro de los titulares anuncia “Siguen averiguaciones sobre supuesto infarto del periodista Emiliano Henao”. Pacheco extraña a su amigo. En su honor ha escrito ese reportaje, que se publica por varias entregas. El diario ha pagado mucho por el exitoso trabajo. Pacheco ha cedido todas las ganancias a una Fundación, Radio Comunitaria que era los ojos Emiliano. Un mar de pensamientos le llena de culpas. “Coño, no llegué a tiempo. El tal Romeo había pelado bola y mi llave tuvo la misma suerte”. En voz alta reflexiona. “Todos esos coños de madres van a pagarla”. “Romeo Sánchez era también escritor, sabías? Guanipa conduce. El silencio es largo, la reflexión continua. “Sólo que el pobre murió solo y loco de bolas por todo lo que le hicieron. Pero Henao no, él lo hizo cumpliendo una misión”. Sigue el silencio pero vuelve a la carga. “Por lo menos hay un poco e` grandes carajos detenidos y en averiguaciones, y el antro ese de mierda ese lo cerraron. Pero hay muchos más en otros infiernos iguales. Me les voy a convertir en un perro de presa”. El conductor asiente. Cuando Pacheco, finalmente, se baja del vehículo le suelta una pregunta a Guanipa “Esto no queda asì. ¿Verdad? . Éste hace una pausa.  Luego responde sereno. “Mientras yo viva, no”.

 

 

domingo, 1 de agosto de 2010

Inicios de un taxista novato / versión no corregida

INICIOS DE UN TAXISTA NOVATO

 

La idea me tentó un Lunes del mes antepasado, sudaba a chorros la sequía de Marzo. Después de revisar cuentas despejé todas mis dudas: los pagos del mes estaban honrados oportunamente pero los números no me cuadraban. Verifiqué y verifiqué con detenimiento los movimientos bancarios, contra documentos y facturas cronológicamente ordenados. Tuve que repetir diez veces la tarea para saber que el error no era matemático y que lo poco que quedaba, cifra moribunda y raquítica, no era un fantasma de mí compulsiva imaginación. El bendito error, entonces,  era una flecha que apuntaba hacia mi estilo de vida, ese hogar donde se balancea el eje de mi espíritu,  mi esposa e hijos. Algo sucedía afuera, contrario a mi persistente tranquilidad de empleado menor, minúsculo engranaje de una inmensa red financiera, con sucursales y agencias multiplicadas como arroz a lo largo y ancho del país. Era muy joven y temeroso cuando decidí esconderme bajo el ala corporativa de un gigante. El horario rígido y mi inamovible carrera horizontal se extendieron por dos décadas, brindándome la ansiada paz de los cobardes. No aprendí un oficio distinto a la tortuosa faena, calculadora en mano, de revisar cierres de caja. Siempre recibiendo halagos de los rostros exclamativos de mis compañeros; frases como “el artista de los números”. Algo totalmente falso. El arte necesita amor, y en lo que hago no hay corazón, pero si mucha concentración y experiencia. Mi intimidad es semejante. Llegar, saludar a los niños y estamparle un beso milimétrico a mi mujer. Luego vienen comentarios de rutina, que si la escuela de los muchachos, que si el condominio y alguna que otra esperanza casi perdida por ahí reflotando. Cuando nos ponemos subversivos buscamos consuelo en un chisme cualquiera, que pobre  de sutano, que mengano no da pie con bola. Todas las noches llama la suegra, a las ocho y media de la noche, y contesto por error siempre. Entonces me limito a un preciso y rítmico murmullo de la incierta palabra “bien”. Paso el auricular a mi esposa y durante cuarenta y cinco minutos, en promedio, se ellas se instalan a decir lo mismo de siempre. Luego me doy por enterado de una recurrente lista de dolores, haciendo especial énfasis en la cadera, vaporones, subidas de tensión, y más achaques de abuelita. Sin embargo viene la tregua de la mesa y sus delicias. Si me hablan mientras leo el periódico asiento levemente con la cabeza sedado de noctambulidad. En la sección de deportes me entero de las mediciones o “averages” del béisbol, fluctuaciones en el “performace” de los jugadores, en sus marcas superadas. Doy un vuelo de pájaro en las secciones de política y sociales. La de cultura por lo general sirve para absorber algún derrame por la casa.  En un minibar guardo una botella de brandy. Dos veces al mes ingiero una dosis similar, así logro cumplir con el ritual de sexo estipulado. Sin embargo a lo largo  del tiempo las demandas de aquel elixir se han cuadruplicado; signos de una dècada de institucionalidad matrimonial

 

Desde que la dura realidad decidió instalarse se quebraron las pautas del hogar. Al comienzo yo expresaba esas inquietudes y temores inesperados. Mi mujer le restaba importancia. Pero el refrigerador lucía desmejorado, algo jipato. Había disminuido en su contenido habitual. Mi esposa, entonces empezó a devolver también sus inquietudes y temores jamás esperados. Buscando alternativas reorienté el presupuesto, dejando algunos hábitos por fuera. Pero nuestra vida ya no se adaptaba a los viejos planes y mucho de lo sustancial quedaba excluido. El insomnio comenzaba a tocar la puerta alterando nuestro funcionamiento como sistema. Largas noches, quebraderos de cabeza, números y números que no encajaban. Comencé a reflexionar sobre la manera en que me ganaba la vida. Dos años obteniendo lo mismo mientras las exigencias del mundo se multiplicaban; me sentí vulnerable e impotente y pronto el miedo se apoderaba de mí.  Pronto no pude resistir el impulso de pedir explicaciones a mi supervisor directo. Él se excusaba alegando que no era potestad suya establecer compensaciones “Eso se maneja arriba”. Mi molestia crecía. Necesitaba acudir a la instancia responsable, así que di con el director de recursos humanos. Era un tipo almidonado y jamás le había visto en los espacios comunes del edificio. Con prudencia y mesura hice una síntesis de mi realidad. Parecía que le hablaba a una estatua. Él sólo me interrumpía para observar algún papel sobre el escritorio, sin verme a la cara. Un silencio incomodó marcaba la distancia entre nosotros. Después, con un tono solemne, fui recriminado por mi atrevimiento. Tuve que calarme el discurso de rigor, argumentos emocionales como el orgullo, el privilegio, el sentido de pertenencia, y el estatus; puros símbolos e ilusiones. No pude digerir la mierda, eso no es comestible. Al fin, la charla terminaba con un mohín dirigido a una puerta, dejando a mi voluntad la opción de la renuncia. Lo tomas o lo dejas, esto es lo que hay.

 

Llevaba tiempo observando a la gente en su calle. Muchos dominaban algo que yo ignoraba y le sacaban provecho. No estaba dispuesto a hacer esos trabajos sencillos pero tristes. Un  vendedor ambulante tocaba el parabrisas y fui presa de un escalofrío. Me sentía estupido e incapaz, pero la luz no tardó en hacerse. En una esquina acontecía una disputa a empujón limpio. Una muchedumbre luchaba por el servicio de un taxi. Era un carro destartalado, pero codiciado. Me llevé aquella impresión a la casa. Era un trabajo sencillo: sólo conducir para que el dinero venga.

 

El siguiente mes fue peor. Bajo el falso pretexto de la dieta prescindimos de las carnes rojas, del jamón embuchado, de los quesos importados y los vinos. En el supermercado bajábamos la vista ante los lujos. El carrito solo llevaba de artículos de primera necesidad. Con fiambres baratos rematábamos el hambre. La experiencia extraordinaria de la mesa ya era un trámite más de la existencia. Con ello se nos esfumaba el único placer que superaba  nuestro lánguido sexo.  Pronto nos volvimos susceptibles. Aparecieron los gritos, los golpes sobre la mesa, los vasos estrellados contra la pared, los llantos histéricos de mujer, y la ira vanidosa de hombre. Harto de todo tuve la determinación de buscar el dinero en la calle.

 

Ahora comienza la verdadera historia, este es el día Llevo media hora analizando cual de las cuatro credenciales de taxi disponibles en el mostrador es la adecuada. El vendedor se impacienta. Nada de esto me agrada, pero a la mierda, me llevo la amarilla, algo que chille sobre el techo de mi carro. Mi plan es trajinar en esto después del horario de oficina. Pero antes, es necesario estudiar el terreno, empaparse del asunto. Salgo un poco antes, sigiloso, aprovechando una acalorada discusión de mis compañeros La tarde parece floja, muchos taxis y poca gente. Pero siempre hay alguien montado en uno. Eso me da aliento. Con cinco o seis carreritas al día recuperaré los placeres perdidos, a excepción del sexo. Doy vueltas por las calles más transitadas, busco hoteles, centros comerciales y clínicas. Palpo el escenario hasta que cae la hora pico. La gente se arremolina en las paradas de bus. El transporte comienza a escasear, aumenta la demanda. Me provoca colocar la insignia, pero me siento apabullado. Quizás mañana.

 

Abro la puerta, los niños se lanzan sobre mí. Me extrañaban. Están agitados buscando el por qué de mi tardanza. “Papá tuvo mucho trabajo”. Ellos me atajan.: ”Tú nunca llegas tarde”. La exploración me deja agotado y al fondo, en la habitación más amplia, resalta una pierna de mujer. Ella, día a día, se hace más enorme y la carne se le llena de huecos. El tiempo le ha dado una fuerte ración de metralla. Yo no me quedo atrás. La barriga me cuelga y mi cuello se esconde bajo una cortina de grasa,  sudoroso, sin notarse donde empieza y termina la papada. Ya meto cuarenta de pantalón y a veces dudo donde va la correa, si arriba del ombligo o debajo de la lipa. Ella me mira y pregunta burlona. “¿Qué tal tu nuevo trabajo?. No respondo. Mi mujer se aferra a la rutina, haciendo labores caseras, es una ejecutiva de lo doméstico. Ella ignora cuanto cansancio y resentimiento se oculta en mis entrañas. Esta vez omito el beso de saludo. Me pongo algo cómodo y voy a la cocina. No hay indicios de cena y me pongo a buscar  utensilios entre los trastos sucios. Hallo un cuchillo de untar y preparo una bala fría. Veo el calendario, volteo hacia mi vida. Siento una erupción desde lo más profundo del alma, y recupero la cordura haciendo lentas y profundas respiraciones.

 

Voy al encuentro de mis niños. Los dos voltean a verme y vuelven a hundirse en un videojuego. Curioseo un poco y pregunto. Emocionados me explican, interrumpiéndose entre ellos, en qué consiste el juego. Impresionado, veo como el simulador de fútbol recrea de manera asombrosa a equipos y jugadores de las copas europeas y selecciones mundialistas. Con fascinación me involucro hasta meterme de lleno en la diversión. Es medianoche, se nos olvida que mañana tenemos que levantarnos temprano cumplir con nuestras responsabilidades, ellos en sus escuelas y yo en mi empleo.

 

Un flechazo de luz penetra las persianas. La casa está sola, no escuché el despertador Corro al vestier y caigo aparatosamente sobre una torre de tacones, colección de  mi mujer. Maldigo a todo pulmón aprovechando la soledad de la casa. En pocos minutos estoy luchando contra el tráfico, convertido en una bestia. Me atravieso, me le coleo a los demás, infrinjo señales y semáforos. Pero igualmente llego tarde. El jefe pone rostro exclamativo y yo balbuceo una excusa cualquiera. Enseguida, los dos continuamos la marcha con aire satisfecho. He acostumbrado a la gente con mi puntualidad.

 

Faltan diez minutos para la hora de salida. Siento miedo, mis entrañas se aflojan. Voy al sanitario, desahogo mi cuerpo y algo de mi mente. Antes de partir hago una parada en el espejo, respiro hondo y lavo mi cara. Una vez en el ruedo, busco un desvío a pocas cuadras de las oficinas e instalo la llamativa señal de taxi. Procuro mantener el lado derecho, donde los rostros se apuran y desesperan. De la nada surgen “colegas”. Todos ellos son abordados pero el lugar de mi copiloto permanece vacío. Es mi primera experiencia, pero algo me llena de frustración y casi aborto la misión. “Apenas llevas una hora en la calle, tranquilízate”. Esta frase la repito lentamente, intercalando profundas respiraciones. Llega la segunda hora y aún deambulo entre las turbulencias de la ciudad. Cuando me doy por derrotado, una pareja rodeada de bolsas de mercado me devuelve la fe. “¿Señor, cuanto cobra pa’ las Adjuntas?. Me toman por sorpresa, pero en la desesperación les doy un precio cualquiera y no dudan en abordarme. Desde La Avenida La Paz a las Adjuntas el panorama se ennegrece, la despedida del sol anuncia las avasallantes aglomeraciones de los barrios pobres. La pareja, sentada atrás, polemiza. El tono de la discusión se hace intenso. Yo, desde mi asiento de conductor, trato de mantener la calma. La figura masculina está justo detrás de mí; él va tornándose violento. El retrovisor me ofrece una vista de su fisonomía. Es un tipo enorme, de rostro aindiado que se define entre fuertes ángulos y cicatrices; tiene ojos pequeños y rojizos. Un golpe cae en alguna parte de la cabina. Otros más se van sucediendo, algunos se estrellan contra el espaldar de mi asiento. La apariencia de aquel sujeto me inspira temor. Jamás he peleado y no me distingo en el arte de la persuasión. Una fuerte congestión vial prolonga el suspenso. Caigo en cuenta de que mi tarifa es inferior a su valor real. Me abro paso para apurar el destino. Les pido la dirección exacta y señalan un cerro inundado de luces. Es un barrio inmenso. Mientras más avanzo el espacio entre las viviendas se reduce y algunos vehículos viejos hacen más estrecho el camino. ¿Falta mucho?. El hombretón inyecta algo de maldad en su sonrisa y me responde “No mucho, no  mucho”. No me atrevo a contrariarlo. En el camino tipos mal encarados clavan en mí sus miradas. Otros Levantan sus franelas dejando al descubierto la culata de un arma. Es ya de noche y estoy cagado, muy cagado.

 

Salgo ileso del trance. Ya lejos del peligro me persigno y beso un relicario heredado de mis antepasados. Los esmirriados y sucios billetes obtenidos de mi primera tarea como taxista pierden su valor ante la riesgo de la tarea. El poco coraje que poseo se resquebraja. Corro a la seguridad del hogar y siento que por hoy es suficiente.

 

Odio mi mala leche y esta vida de mierda. Todo lo que deseo es robado por otro. Una nube negra se cierne sobre mí. Desde el vientre materno fui víctima de un compañero inescrupuloso, un intruso que me arrebataba el alimento. Vinimos al mundo siendo gemelos, el nacía rozagante, robusto y hermoso. Yo, en cambio, parecía una fruta seca. Así fue como el usurpador acaparó el calor materno, mientras yo, en una incubadora, me debatía entre la vida y la muerte. Cuando nos dieron nombre mi gemelo se llevó los laureles. Augusto Miguel era fuerte por los cuatro costados, y yo, bajo el pretexto de “se salvó de milagro”, fui el homenaje a un yerbatero, quien supuestamente había curado a mi padre de una culebrilla mortal. Así fue como me convertí en una víctima de la gratitud, marcado para siempre con el nombre de “Juan Sinforoso”. Desde la niñez fue evidente mi inferior condición física, a pesar de los parecidos Las pocas diferencias de forma terminaban siendo esos abismos de fondo que se interponían entre los dos. Se veía en el color de piel, que en mí siempre fue de un blanco acetrinado propio de la enfermedad; en cambio en el otro desembocó todo el rubor, un don admirado y comparado con el de los ángeles. También en su personalidad existía un brillo que jamás pude ni siquiera imitar. Su palabra siempre ágil se aliaba con eso que llaman “carisma”. En las reuniones terminaba rodeado de gente y su chispa era incansable. Yo intentaba aprender, pero siempre terminaba convencido de que no era una cuestión de méritos, aquello era un regalo que jamás obtuve, una gracia que se lleva por dentro desde siempre. Fue mi destino llevar el peso de un discurso aburrido, una la lengua lerda y un humor plagado de cinismo . Sólo pude sacar provecho de mi disciplina obteniendo el mejor rendimiento escolar. Sin embargo esto tampoco sirvió. Ya la familia se había acostumbrado a mis altas calificaciones, y esto, lejos de inspirarme, pasó a ser parte de la cruz que llevaría en el lomo. Por muchos años tuve que respirar bajo la sombra de Augusto Miguel, El Grande. No hubo aspiración en mí que no encontrase su frustración en él. Muchas mujeres a quienes quise poseer terminaron empiernadas entre sus sábanas. El robo se extendió haciaa mis amigos, quienes en su mayoría terminaron siendo sus compinches. Ya adulto e independiente una ciega voluntad empujó el distanciamiento definitivo con mi hermano.

 

Cuando el sol entra a la habitación comienza la mismidad de mi existencia. Pero ahora, cuando el último crepúsculo despunta en el cielo, la incertidumbre de mi nuevo oficio rompe el martillar sordo de la monotonía. La radio, presencia a la cual he profesado gran antipatía, emerge como nueva compañera. Las voces surgen portando consigo esa fatuidad a la cual me aferro, como una droga,  panacea de la angustia. Uno que otro colega me saluda a modo de bienvenida. La ciudad es el escenario de muchos micromundos, ahora pertenezco a uno de ellos. Todos parecen conocerse ya que intercambian códigos y señales que aún ignoro. Doy marcha hacia el Este de la urbe. Es hora del relevo, un mundo se devuelve por su cauce y otro nace para hacerse mar bajo la luna. En ese encuentro abundan las oportunidades. Giro hacia Altamira, centro donde lo urbano y lo empresarial conviven, su plaza es una sonrisa de la ciudad. Me mantengo por el lado derecho de la avenida para encontrarme con la fachada de un hotel y también con las formas de un hombre de traje y maletín. Soy abordado inmediatamente por el sujeto. Es de mediana edad y a juzgar por su expresión necesita un servicio ágil. Lo sospechado se hace cierto y el rumbo señalado es el Aeropuerto. No es difícil establecer el costo del servicio, el cual coloco por debajo de lo acostumbrado. Tomo como referencia algunos viajes de trabajo, conozco la tarifa y no arranco sorpresas en el cliente. El hombre habla por su móvil, recibe y realiza llamadas sin descanso, es alguien que se desliza constantemente entre negocio y negocio. El trayecto se hace amigable, la vía está despejada. Llego al destino y recibo con agrado el dinero. Emprendo el retorno a la urbe, un aliento de esperanza entra por la ventana y los faros de la autopista lanzan intermitencias sobre mi rostro.

 

Mi compañera de vida se hace más etérea. Su ausencia espiritual no dista mucho de la física. Debe estar llevando a los niños a la escuela, su partida fue sutil y silenciosa. Un nuevo elemento ha roto el frágil cordón que nos unía. Otra vez yo había llegado a una hora extraña, tarde, cuando las luces estaban apagadas. El dinero ganado ayer ha pasado a un fondo de estabilización financiera, aún no es suficiente, apenas estoy comenzando y hoy me prometo ser más perseverante. Este pequeño paso me ha insuflado una confianza sin precedentes. Voy a la oficina y la radio suena. Recuerdo a mi viejo maestro de música y aquellos gastados bongòs que me obsequió con ojos de melancolía. El espíritu musical era mi talento superior, una cumbre desde la cual podría contemplar el mundo. Ahora padezco de esta opaca existencia que me consume, soy una máquina de sobrevivencia y desesperación, un producto de la debilidad. La fragilidad fue mi circunstancia, el giro determinante, suceso que empujaría a mis padres a confinarme en el presidio de la protección. Nací amando la música, un tema prohibido, un camino lleno de riesgos. El arte para ellos suponía un hábitat hostil, superior a mi constitución, mortal para mi delicada salud. Vivir entre límites me llevó a la geometría y al ritmo. El fuego celeste se oculta y el asfalto sigue transpirando bajo las vetas azuladas y rojizas de la tarde. No hay apuro, he encontrado una tregua en mi oficio de conductor.

 

Prados del Este es un ambiente hostil al peatón. En una oscura esquina me interceptan unas sombras desesperadas; son muchos pero igual les abro las puertas. Hoy viernes, diez de la noche; siete adolescentes locos se apretujan en la cabina de mi taxi, están sedientos de vida. Me uno a la conversación, contagiado de alegría. La parada es un lugar donde los incomprendidos se reúnen, poseídos por una extraña sensualidad, suerte de embriaguez, de catarsis. Sus rostros rebeldes me resultan hermosos, ojos estallando de rabia y júbilo. Mis pasajeros me animan a entrar.  Accedo empujado por mi inquietud latente, la música que se negó a morir dentro de mí . No me resisto a los acontecimientos y me hundo entre seres peculiares. A través de extraños sonidos el baile es un ritual que los conecta. Repentinamente una chica  de negro me toma de la mano y me lleva a un rincón donde aguardan mis nuevos amigos. Les parezco divertido y dudo, una tendencia irrevocable me llena de malicia y creo que soy objeto de burlas.

 

La noche arde, hay un gigantesco recipiente donde resplandece una extraña poción verde. Después de varias negativas mis murallas ceden y doy un sorbo, y otro, y otro. La “Picadura de Serpiente” es un menjurje, mixtura de licores que inducen al frenesí. Su componente esencial es el “Curazao Blue”, exótica fuente de color y locura. Mi aspecto contrasta con esta gente. Son estilizados, vestidos a la vanguardia, están en algo. En cambio yo me desplazo como un elefante,  alrededor de mi cuello una corbata languidece  entre los ocres y marrones de mi vestimenta,  soy opacidad bajo lámparas ultravioletas. La sonrisa, la voz y la furia se atrincheran detrás de mi largo bigote. Entre dosis de veneno me disuelvo hasta ser un hombre sin tiempo, sin lugar. Vuelvo a la encrucijada, simulo la ruta abandonada presa del instante. Entre los latidos electrónicos de un nuevo sonido me reconcilio con la sorpresa, el descubrimiento, claves de una vida silenciada: mis años perdidos. La madrugada se tiñe de colores , hago contacto con el reloj, veo sus agujas implacables que anuncian claridad. La memoria vuelve y con ella las figuras expectantes de mis hijos, de mi mujer, de las paredes que me circundan. Emprendo el regreso, me siento prófugo, la puerta me espera para arrastrarme a una oscuridad reclamante.

 

Un brusco sacudòn de mujer me despierta. No hay sentimientos explícitos, alusiones directas, tampoco palabras. Ella gira instrucciones, hay que bañarse, afeitarse y vestirse. En el comedor me espera un consomé, primer mensaje de descontento. La situación, sin embargo, es aprovechada al máximo. Como si nada hubiese sucedido soy un instrumento ciego en la gestión de aburridas diligencias sabatinas, de las cuales suelo mantenerme al margen. Una nueva forma de relación surge, producto del delito, la peniencia y el chantaje. Así, deambulando con mis hijos por los dominios de un centro comercial, espero que mi esposa termine su largo tratamiento de peluquería a cuenta de los precarios ingresos obtenidos de mi nueva ocupación.

 

El fin de semana fue un infierno mudo, pero hoy es lunes: comienza mi verdadero descanso. El trabajo en la empresa se ha extendido un poco. La calle es un río estancado en su ira parsimoniosa. Convencido coloco en el techo del carro la llamativa insignia de taxi. La aventura ha ganado terreno frente a la necesidad. Ruedo  sin detenerme, paso por alto semblantes aburridos lanzándome al encuentro de una emoción, algún pasajero extraño que me conduzca al vértigo. La noche arriba y con ella los pasos hormigueantes de la adrenalina sobre mi piel. Es comienzo de semana, las esquinas muestran la resignación de los lunes. Una figura tambaleante se lanza a la vía haciendo señales desesperadas, yo la esquivo con una rápida maniobra y me detengo más adelante. Con lentitud, la súbita presencia aborda mi nave. Me ordena seguir a un vehículo con la promesa de un buen pago. Es un hombre de edad con el rostro plagado de surcos, heridas del tiempo. Un fuerte olor a alcohol sale de su aliento. Maldice sin parar mientras me dirige a fin de no perder de vista el foco de su obsesión. La persecución se alarga, el objetivo deambula, haciendo pausas en diversos restaurantes. Finalmente estaciona en un lujoso local donde la gastronomía y la diversión se mezclan. Del carro sale una pareja, hombre y mujer. Ella es exuberante, recargada y voluptuosa. La acompaña un individuo de rasgos maduros y cabello engominado que resalta su porte mediterráneo. Mi cliente estalla entre el llanto y la ira. La mujer del Latin Lover y el Mercedes de lujo posee dueño: el hombre que gime a mi lado. La tarea, sin embargo, no ha concluido. Se me instruye a permanecer en el lugar, a la espera de un nuevo suceso. Los minutos se acumulan durante dos largas horas. Miro el reloj bajo el silencio del suspenso. El hombre no para de repetir “maldita puta” mientras coloca una de las manos sobre su pecho, como si en él hubiese una herida mortal. La pareja sale del lugar y se incorpora al tráfico. Esta vez el destino nos conduce con firmeza al lujoso Hotel Meliá, enclavado en la sordidez de la Avenida Casanova. Vuelven las maldiciones y esos ojos inyectados de furia y curda. De pronto mi pasajero saca un objeto brillante el cual esgrime sin aplomo. No obstante, para mi sorpresa y terror, dos detonaciones paralizan la calle. Mi reacción inmediata es acelerar, sin importar que el viejo idiota siga a bordo. Desesperadamente busco la vía que me conduzca a una autopista o algún paraje solitario. La huida desemboca en la quietud del Country Club, allì me detengo y sin poder contener un frenazo rompo la tranquilidad de la zona. No puedo expulsarlo, su mirada se pierde y sus labios caen flácidos y melancólicos.

 

Me deshago del personaje en el mismo lugar donde lo dejé abordar. El hombre herido sale en silencio y me lanza un fajo gordo de billetes. Es de noche y no quiero ir a casa. Busco un escondite donde hacer tiempo, llego a un bar discreto. Es un sitio peculiar, de naturaleza indefinida. La gente es variopinta, pero hay muchos seres grises como yo y eso me da comodidad. Pido una cerveza y una mujer no tarda en acercarse. La observo con disimulo, veo el sufrimiento de los abriles marchitos. Su indumentaria de inspiración felina le da un toque dramático. Me lanza miradas insinuantes, en la boca, un pliegue escarlata es el vago recuerdo de sus labios. Pido una bebida más fuerte y de un trago la termino. Un híbrido entre bolero y balada le da cierto encanto kitsch al ambiente. La dama despliega su arsenal de seducción que me inspira una fuerte compasión. Entre disparos de alcohol se van abriendo compuertas olvidadas. El mundo es un yacimiento inagotable y me lo he perdido casi todo. De mi propio subsuelo emerge la belleza. Susurro sus silabas, con la voz la rescato para devolverla a mis labios. Clavo mis ojos en la desafortunada y van cayendo como naipes mis prejuicios. Imagino nuestros cuerpos desnudos, hechos uno. A pesar de su vejez y fealdad, ella es otra piel, puerta desconocida, quiebre de mi moribunda fidelidad. Pronto conversamos acercándonos más y más. Luego nuestros labios se funden. Ya es tarde para arrepentirme: de golpe quedo atrapado hasta el amanecer, entre besos de invierno y muslos tristes.

 

Casi desnudo huyo de aquel motel barato. Me busco en el retrovisor, veo las huellas de un barranco. Hay mordidas en mi cuello y brazos. Un penetrante olor me cubre, perfume barato, rastros de mujer abandonada. Es mitad de mañana y soy un desaparecido. No hallo pretextos para esgrimir. El dulce hogar ahora es un patíbulo. Un clima denso complica mi ánimo, son esos nubarrones que me aplastan, es el calor de la calle que me asfixia. En la entrada de la residencia el vigilante me saluda, pero contrae el rostro, como si quisiera decirme algo. El portón abre, su lentitud huele a cárcel. Mi temor, mi culpa, mi hastío dudan y con ellos permanezco expectante e inerte. Una vez decidido, un movimiento se adelanta y abre; y el rictus demacrado de mi mujer me recibe, sus ojos destilan hiel y amargura. “¿Dónde estabas grandísimo desgraciado?”. Le hablo sobre un altercado en la vía, una pelea, un contratiempo que me había llevado a la comisaría. No me cree, me ve de arriba a bajo y con desdén me dice al oído: “Hueles a puta vieja”. “ Voy directo a la cama con la esperanza de una tregua, pero la ira vuelve como una guillotina ¿Y esas marcas?.  Las malditas mordidas me delatan. El peso de una cruz y las espinas de un día interminable me dan la bienvenida.

 

Encuentro al jefe  sentado en mi escritorio. Me da las buenas tardes mirando su reloj de pulsera. ¿Pasa algo Juan?. “Es la segunda vez que te retrasas”. Balbuceo una excusa: estoy muy cansado, me cuesta salir de la cama. Acepta, pero sus ojos se encogen. Me incorporo como un robot hasta el mediodía. El hambre hace destrozos en mi mente, así que arreglo todo para el almuerzo, pero el jefe me intercepta y con una sonrisa me da un papel. “Firma tus vacaciones chico, no has tomado ninguna desde hace cinco años”. “Necesitas descanso”. Siempre temí tomar vacaciones, creía que me despedirían al regreso. Pero esta vez la situación es distinta. Ahora tendré el tiempo para seguir por mi calle, hacer algo de dinero y vivir más aventuras.

 

 Un infiernillo me espera en casa. En la sala familiar tropiezo con varias maletas. En silencio mido el peso de cada una y la cosa me huele a mudanza. Voy al minibar y lleno un vaso hasta el tope. Me doy un trago largo y me instalo en el sofá grande. Espero la embestida. De pronto aparece el fantasma de Ana María, mi esposa y ahora enemiga. Nos miramos fijamente durante segundos que parecen horas. Su rostro transfigurado, endurecido como un vikingo, se va tornando rojizo. “Yo lo acepté, acepté siempre que eras un bolsa sin cojones, un imbècil, un cobarde, pero jamás cupo en mi mente que me montaras cachos con alguna perra de mala muerte”. Sus palabras me atraviesan como una ballesta. Ella está parada allí, desgreñada, con su dormilona de doña menopàusica, señalándome, condenándome. El temor se me transforma en ira, un deseo casi irresistible de golpearla me invade. Pero no soy capaz de hacerlo. En mi hogar no hubo gritos ni insultos. De papá aprendí el arte de callar y hablar a tiempo.  “Aquí tengo todas estas maletas, de un lado están las tuyas y del otro las mías, tú decides quien se va” . Pregunto por los niños. “Ellos están con mamá”. “¡Así que andando, dime quien se va!”. Observo mi hogar, su mobiliario pasado de moda, sus adornos de madera, un aviso decorativo humorístico: “Aquí es al estilo Canaima, cada quien lava su vaina”. Me dan ganas de reír, tantas, que termino riendo a carcajada limpia. Ella queda atónita y para turbarla más le tiro un dardito verbal. “Vaya vaya, me sorprendes, no sabía que tenías imaginación, te quedó bueno el libreto”. Un cenicero de vidrió sale disparado y da con mi frente. Los reflejos me ayudan para que el impacto no sea tan grave, así que no me golpea en ángulo recto. De todas maneras es inevitable que un pequeño hilo de sangre baje a través de mi cara. Me levanto enseguida dispuesto a patearla, pero el peso de mi educación lo impide. “Me voy pal coño pendeja de mierda”.

 

Mamá me recibe con regocijo. Un chupe delicioso aguarda por mí en el comedor. Ella llora y lava mi pequeña herida. “No es nada viejita, es un rasponcito nada más”. Se tranquiliza y me conduce al suculento manjar que aliviará mi golpeado ser. Mamá no para de hablar. “Yo lo sabía, esa mujer te iba a echar una broma tarde o temprano”. Le explico que fui yo el que puso la torta, pero como buena madre, siempre se pone de mi lado. Al terminar la comida voy a la habitación, la misma que me vio crecer, llorar, odiar y amar. La cama también es la de aquellos tiempos, pequeña, con el mismo edredón de carritos. Mamà no acepta que he crecido, que me estoy poniendo viejo, que tengo canas y unas entradas que llegan hasta la mitad de mi cabeza. Para ella soy el pequeño frágil y susceptible de siempre. De alguna manera lo sigo siendo. “Debes estar cansado mi amor”. Es verdad, así que dejo las maletas como están y me echo a la cama. Papá debe estar mirando desde el otro mundo, quizás más claro que todos los que aquí vivimos Es raro, poco a poco me voy quedando dormido. No siento angustia sino una extraña paz.

 

Esta vez llego puntual a la oficina. Estoy de buen humor, preparo café para todos, sonrío a diestra y siniestra. La gente me ve como si estuviera loco. Con agilidad elaboro dos informes que tenía atrasados, los entrego al jefe y éste los ojea. “Muy bien Juan, pero hay un pequeño detalle: ¿No estás de vacaciones?”.  Desesperadamente intento revertir la decisión, pero es imposible, la empresa quiere que descanse. Es muy temprano, pienso en mis niños que ahora están en la escuela. La tristeza no tarda en tocar mis puertas, pero respiro hondo. Inmediatamente me hago a un lado y coloco el distintivo de taxi. De nuevo a la aventura, mi única alternativa.

 

Pongo a sonar Led Zeppelín, un cd que se vino conmigo. Llevaba años que no disfrutaba esta música. En casa imperaba el new age y música de relajación, a veces daba la sensación de estar en un estudio de masajistas. Cuando volvía me encontraba con Ana María entregada a su programa de radio vespertino llamado “Lluvia de Corazones”, dirigido a las mujeres maduras. El contenido  del mismo era una suma de variedades. temas de sexualidad, romance, corazones rotos, cocina, moda y banalidades. La conductora era una tal “Susan Dreamer”. Su voz de mujer fatal combinaba a la perfección con su nombre, mezcla cursi de tonos y referencias. Yo, como buen hombre pasivo, había cedido todos mis espacios de recreación y en especial la música que jamás dejó de vibrar dentro de mí. Ahora un hombre de pelo largo interrumpe mis pensamientos, hace señales como loco; dando tumbos carga un gran estuche con forma de instrumento musical. El hombre se monta en los asientos de atrás, está apurado. “Coño e`la madre, me van a guindar por las bolas, otra vez tarde”. Le pregunto hacia donde cogemos. “Bello Monte hermanazo, Bello Monte”. Estamos en Chacalto y el tráfico es imposible. Apenas comienza la tarde, deben ser las dos. Apuro la marcha, esquivo, intercepto, paso por una acera y la gente me insulta. El pasajero sonríe. “No mi pana, no se preocupe, no es para tanto, vayamos tranquilos”. Indago sobre el contenido de lo que carga. Es un contrabajo. Él es músico y debe estar en horario de ensayo, Son las dos y quince de la tarde; nada podemos hacer, estamos sobre el tiempo. Le comento que de joven tomé clases de percusión y que mi profesor veía en mí un gran talento. “La música es hermosa, una gran amante y una grandísima hija de puta”, me dice con aire sarcástico y divertido. Celebra mi gusto por Led Zeppelín. Siento euforia y me vuelvo locuaz, el cliente la está pasando bien y la angustia se le pasa. Llegamos al destino, pero el retraso no es tan grave: quince minutos. Le cobro barato y el hombre, de pronto, me invita a su ensayo. Yo, sin la menor duda, accedo, preguntándome qué magnetismo hay en mi para ser convidado por desconocidos que abordan mi taxi

 

Un caserón viejo es el espacio de trabajo. Su arquitectura podría remontarse a la década de los cincuenta. Está descuidada y desprovista de mobiliario, sin embargo el piso es una belleza decorada con materiales nobles, atravesada por dos largos surcos que se deprimen levemente como testimonio de innumerables pisadas. Sentadas en sillas de plástico gente joven se reúne. Llevan consigo una gran variedad de artefactos, guitarras, saxos, bajos, redoblantes y platillos. La construcción es de dos plantas. La inferior hace de recepción, un ambiente destartalado donde los músicos esperan el turno para la descarga. Mauricio, mi pasajero, pide que le acompañe a la planta superior, cuyas habitaciones son estudios de ensayo acondicionados con esmero para aislar el ruido. Soy presentado ante sus colegas. La formación es una banda de Jazz mestizo. Alguien fuma un pitillo escondido en un rincón, sus ojos están enrojecidos y ríe permanentemente. Charlamos un rato hasta que el toque comienza. La música es flexible, casi sin estructura. Improvisación, “Jamming”, es el estilo que les distingue. En una de las pausas me piden que les acompañe. Lleno de temor me niego, pero cedo ante la insistencia. Un bongò es colocado entre mis manos y pensamientos, y pronto un soplo subitáneo eleva mi alma a aquella juventud coloreada de sueños. Mauricio inicia un ritmo sencillo pero con buen peso. Me observa. Voy percibiendo en su ejecución las texturas de la salsa, así que me dejo llevar, tal cual como en aquellas lecciones de mi adolescencia. Poco a poco se van sumando los demás y mis sentidos van fluyendo entre las notas del contrabajo y las claves del baterista. Me quedo hasta el final y al terminar, el grupo decide celebrar en un local de la Avenida Casanova llamado “La Tasca de Salcedo”. Son las diez de la noche, no me contengo y me uno al clan.

 

El local, más que una tasca, es un antro polifacético. Jamones embuchados de plástico cuelgan a lo largo de la barra. En las paredes languidecen viejas fotografías y otras más recientes. Son imágenes de gente famosa que alguna vez estuvo en este lugar, antes de su decadencia. Mis compañeros son recibidos con entusiasmo. Son asiduos del sitio. Piden un servicio de güisqui barato, yo me inclino por la cerveza. Hay poca gente. Mauricio me explica que el ambiente se pone bueno en la madrugada, cuando la fauna crepuscular quiere seguir la farra. Nos ponemos a beber. Ellos cuentan anécdotas, historias multicolores que viran inesperadamente y concluyen entre risas y brindis. De lo súbito y absurdo emerge una mujer que me recuerda a alguien. Pego un brinco y escondo mi cabeza entre los hombros. Mis compañeros me miran. “Epa, ¿Viste un espanto?. “Casi” me digo entre dientes. Es la felina del motel, del perfume apocalíptico, la fiera que dejaría sus colmillos tatuados sobre mi carne. Ela pasa detrás y deja una estela mortuoria. Que olor de mierda ese, es un tóxico elaborado para desencadenar estornudos y espasmos. Una ovación invade la mesa. El grupo la conoce y al parecer el mundo entero también. Unos  tipos vienen con ella, tienen aspecto cenizo, pelos resecos erizados como paja sobre sus espaldas. Siguen su camino y ocupan una larga mesa algo retirada de nosotros, casi al fondo, donde están los sanitarios. Me alarma eso porque siento el llamado fisiológico. Es hora de desechar parte de la cerveza. Aprovecho la distracción de la mujer con el barman y me escabullo sigiloso hacia el baño. Mientras alivio la vejiga urdo tácticas para salir ileso y furtivo. Un hombre gordo entra y la puerta abre con amplitud. Hago un panorama del espacio y me deslizo, aprovechando de nuevo otra situación oportuna. El antro se atiborra de gente. El extraño equipo que viene con la fiera se distribuye en un mínimo escenario mientras preparan sus instrumentos. Son músicos también. El colectivo está ansioso y apura el evento aullando y aplaudiendo. El cantante, flaco y ojeroso, se echa un trago cargado, seco, hasta el tope. La pequeña multitud estalla. Es la señal de inicio. La guitarra española vibra, es un lamento que se alarga entre los relieves de una bulerìa. Los músicos son excepcionales y la voz de mujer herida se transforma en llanto gitano. Son versos que caen como punzantes gotas sobre los corazones, narración que da vida a las adversidades, el desamor, el nomadismo de un pueblo sentenciado al ostracismo. Algo me identifica con esa lejanía, con sus sombras que se borran en el horizonte, desdibujándose en la bruma de un continuo peregrinar. En el fin de cada tema me uno a la explosión de los espectadores. Las palmas de mis manos enrojecen de estrépito. Mauricio se acerca al escenario y saluda a los dueños de la noche. La voz femenina presenta a la banda y da a conocer su nombre: Gioconda.

 

Gioconda, es aquella criatura que dejaría su furia a la vista de mi mujer. Si bien su aspecto es la caída, el reclamo de la gravedad, inclemente, newtoniano nihilismo que la atiborra de soledades y sábanas desmemoriadas, su voz es un milagro que vulnera al más duro de los duros. En el clímax mis ojos estallan de llanto mientras bendigo estas lágrimas, cuya ausencia, convertiría nuestros corazones en desiertos. Y precisamente es la soledad es el tema recurrente de esta noche donde los solitarios se dan cita, para embotarse y expulsar aunque sea por vanos instantes el dolor del mundo. Me remonto a mi mismo a aquellas alturas donde la música hace de cielo. Evoco aquella infancia infinita en sus intimidades, selva de fantasías que sembré en el paralelo de mi existencia. De nuevo despierto, a una edad similar a aquellos intermedios del viejo cine. Y me pregunto otra vez si el amor es para estos momentos de Apocalipsis, si su lecho es de Armagedòn. Mientras tanto mi hígado hace un alarde inusitado de resistencia y bajo mis ojos se extienden valles de sombras. El alcohol es el bastón sobre el cual me apoyo para no caer en el cuestionamiento moral que surgiría de estar  rodeado de seres díscolos, condenados al placer. Una pareja se incorpora al ya hacinado lugar. Es un hombre acartonado sobre el cual las canas brillan bajo la faena de un habilidoso peluquero. Se exhibe con una mujer que al rato logro identificar como una famosa actriz de los ochenta venida a menos. La curiosidad me empuja a clavar mi mirada sobre ella, algo de deseo se entremezcla y para colmo… ella me la devuelve con una sonrisa maligna.

 

La actriz es la novedad de mi aventura. Fascinado por su reciprocidad juego al galàn de sus viejas telenovelas. Su acompañante no tarda en percatarse de mi actitud y se torna desafiante. Yo, algo envalentonado por el entumecimiento de mis sentidos, ensayo una mirada de hombre rudo. Recuerdo aquellos ojos que se encogían en las mejores escenas de “Dirty Harry”. Los músicos, mis compañeros, entran en alerta y me advierten. Les hago caso, sin embargo, mi rival queda “picado de culebra” y no me quita la vista de encima. Tambaleante me abro paso para ir al sanitario. Una cola de gente se aglomera en la entrada y al llegar mi turno me explayo en el urinario. Un brillo extraño surge de un espejo contiguo, es un objeto que cae, llevándome a la negritud total.

 

Lo que era una nube borrosa ha venido tomando forma. En un primer plano se define el rostro lloroso de mamà. Un dolor de cabeza se une a este advenimiento a la realidad. Trato de llevarme una mano a la fuente de padecimiento pero una red de tubos delgados me lo impide. . Màs allà se distingue las rechonchas formas de Ana María, que va distanciándose mientras me incorporo.  De repente sale el rostro redondo de mi hermano, el cual cambiado por el tiempo, no ha dejado de portar esa amplia sonrisa que raya en la impertinencia. “¿Ahora taxista?”. “De vaina te matan guevòn” deja soltar, mientras mamá me abraza sumida en llanto. La frase del gran carajo es una especie de bienvenida a casi dos décadas de ausencia. Intento hablar pero un peso enorme me lo impide. Tengo ganas de mandar a lavar el culo de aquel pendejo, que la vida y el descuido le han hecho casi idéntico a mí. “Logro susurrar algo: “Estás echo una mierda, ¿Que te pasó viejo”. Su decadencia me inspira simpatía. No tarda en responder: “La buena vida y el billete”. Pregunto por mis hijos. No estàn al tanto de mi situación. La habitación se convierte en un lienzo de mi vida. Un instante de mis cuarenta en el cual yazco ante tres figuras, tres encrucijadas de mi vida. Es el fin de mis días de taxi, y mientras los veo y me digo a mi mismo que la vida será en adelante lo que me plazca.