miércoles, 19 de junio de 2013

Prueba

"Sobrevivir en el tiempo", ensayo fotográfico de los (fotógrafos o artistas?) Alfonso Paolini y Stefania Molentino, busca plantear una reflexión sobre la realidad de los pueblos de Venezuela. Carache, pequeño poblado del estado Trujillo enclavado en Los Andes, es el escenario donde el ojo que detiene el tiempo provee al expectador de representaciones que dan fe de su gente, arquitectura tradicional y paisaje urbano. Imágenes de personajes y escenarios, su vida cotidiana y la arquitectura que lucha por no desaparecer. El trabajo se relata en cinco momentos: Caracheros: serie de retratos en blanco y negro. Dentro de sus vidas: espacios de intimidad. El escenario, la cotidianidad en la memoria arquitectónica. La finca: espacio del trabajo en la tierra alta paramera. El trapiche de Mirinday: quehacer productivo de generaciones que construyeron el pueblo.
"Sobrevivir en el tiempo" más que un testimonio gráfico es una crónica que explora la agonía como lucha por la supervivencia que se da en los pueblos venezolanos. La modernidad, aún vigente, es la luz de un mundo difereciando: Centro y Periferia. El llamado cosmopolita, el tan anunciado triunfo de la globalización, cierne sus luces y sombras desde una lejanía más existencial que espacial. La ciudad como sujeto de memoria, su influjo disuelve la identidad del campo; el éxodo y la ruptura progresiva del lugareño con su historia generan nuevas referencias que resignifican el patrimonio y el habitat. El retrato se despoja del color para revelar en el carácter de los rostros la pugna entre el devenir y la resistencia a éste que se da en la voluntad de permanencia; simultáneamente el porvenir se expresa en los pequeños sucesores, páginas en blanco sobre las que el peso silente de la herencia deposita la incógnita de su prolongación. En los ámbitos de vida, manifiesta en el tratamiento de sus colores, fluye la cotidianidad con sus seres inmóviles y expectantes, el zaguán, la ventana que evoca promesas de amor. La religiosidad se registra como vínculo de lo popular y las fuerzas divinas, rasgo esencial que conforma el quehacer vital de la gente. La convivencia de este misticismo con objetos del azar e imágenes familiares son esa mirada pretérita con que se afronta el destino. Los paisajes naturales del páramo, su clima moldea la madurez temprana en los rostros, transforma con lentitud los espacios, antíguas estructuras que sus habitantes, con escasos recursos, intervienen para darle continuidad en la disonancia de materiales, pero sin olvidar elementos propios de la cultura. Así vemos como el zinc y otras materias ajenas a la tradición dan forma a los aleros derruídos por el paso del tiempo y las corrientes montañosas.
El trabajo, representado como relación del hombre con el espacio, el sustento que dinamiza la cultura, se desarrolla en la simultaneidad. El lente se concentra en los resplandores, narra el nacimiento del sol sobre la tierra dejando una puerta abierta a la poética. En el trapiche, los colores se hacen presentes, revelando el alma y sustancia que engendra: El papelón. La ganadería y la caña de azúcar, fibras que conforman músculo vital de la serranía, nadan árduamente en las aguas de la memoria. Sus hombres y mujeres participan en paralelo a esa nostalgia urbana, fachadas coloridas y heridas. La austeridad de recursos, los rudimentos que generación tras generación permanecen, vibran con la sonoridad de un eco. Pasión y religiosidad, terrenos preponderantes en la taxonomía del hombre de la tierra, son una llama de formas menguantes. Esta constitución humana, donde lo extraño e irreal participan en la rutina, es el espíritu del Realismo Mágico. En cada imagen se asoma levemente la esperanza, la pasión más perseverante que es el astro de la penumbra. "No posee esperanzas el ocaso y derrama tanta luz como la aurora" diría el filósofo Carlos Silva en "La Vigilia" (Elegías Occidentales). Así las imágenes, en cada tiempo que las ordena, abren espacios y construyen ventanas al porvenir.

miércoles, 12 de junio de 2013

Espacios Diversos

Buscamos respuestas y vivimos en la confusión. Siempre acudimos a las mismas preguntas, que son muy pocas y siempre nos lanzan a lo mismo. Es un círculo, y ante la ausencia de salidas hay que romperlo y cambiar esas preguntas, refomular la óptica. Las reflexiones tienen poca retroalimentación en estos tiempos de confusión. Estamos ante el grito de la reacción. Todo lo distinto es rechazado, todo lo alternativo es incomprendido, todo lo que requiera cambio da miedo, rabia o risa. El hombre común vive como puede. Un hombre común la mayor parte de su vida está resolviendo contingencias. Poco tiempo se encuentra para el cultivo del espíritu, sin embargo a duras penas siente la necesidad de proponérselo. A veces uno envida a los eruditos. Pero así sea con pocos recursos es necesario lanzarse a la aventura del pensamiento. Y hoy, por un lado abatido y por otro estimulado ante las circunstancias, el medio donde hago vida, quiero hacerme preguntas no frecuentes (para no decir nuevas). Un amigo por ahí sostiene que hemos llegado al día de los ignorares porque lo que sabemos no conduce a nada. En parte no estoy de acuerdo, pero la esencia de esa reflexión es digna de abrazar. No sólo en nuestro país, en el mundo se vive un conflicto espiritual, cuyos síntomas se evidencian en lo ético, lo político y lo económico. Hablo de lo espiritual, no estrictamente visto como lo esotérico o religioso. Me refiero a lo que definiría el psiquiatra Víktor Frankl como la dimensión donde el ser humano trasciende y es libre de darle sentido a la vida. Y ahora, atrapados entre dos frentes, pareciera que la solución es elegir incondicionalmente uno de ellos y olvidarse de esta libertad. Me niego, ya que en en este choque monumental hay dos totalidades que quieren imponerse. 

La hegemonía es ese estado donde existe un estílo único de vida, un sólo pensamiento. No hay ensayo hegemónico en el mundo que haya devenido en felicidad, que se haya mantenido incólume. La hegemonía también supone lo inamovible, una realidad que no cambia. Pero el ser humano, desde lo individual hasta lo colectivo, es dinámico. Cada día hace del hombre un ser distinto. Uno no es el mismo al levantarse y al acostarse. La utopías son ideas, ideas que tienen como espíritu lo bello. Lo bello es la idea de lo inmutable, de lo eterno, porque lo perfecto no cambia. Si bien es cierto en nuestra naturaleza está la búsqueda de la idea, la belleza de ésta, también lo es que no existe en el mundo tangible una representación exacta de tal cosa. El dinamismo, el cambio, la perentoreidad son enemigos para el que va por la materialización del ideal. De ésto se desprende la felicidad. Esta idea, que también nació de nuestra sed de perfección e inmutabilidad, tiene su némesis en el cambio, el dinamismo y el desorden. Los totalitarismos, visiones únicas y no cambiantes de la vida, empuñan la lanza de la felicidad. El nazismo prometió a Alemania una sociedad perfecta basada en el pangermanismo. La felicidad racial aria se abrió paso practicando perversiones como la eugenesia, el darwinsmo distópico de la selección artificial y no natural de la especie. En su voluntad de realidad, esta utopía emprendió la persecución de lo diverso y lo cambiante, la aniquilación del "otro" encarnado en las "razas inferiores", en los campos de exterminio, la quema de libros, el destierro del "arte degenerado" (las vanguardias). No en vano Goering decía que cuando escuchaba la palabra cultura sacaba la pistola. El Comunismo hizo lo mismo en la Unión Soviética. La Revolución aplastó todo aquello que amenazara la consumación del "Hombre Nuevo Soviético", no en vano se llevaron a cabo inmensas purgas sociales. Un ejemplo está en la destrucción de las vanguardias, como la que acompañó a los revolucionarios en la toma del poder: El Constructivismo Ruso. Lenin, ya en el poder liderando la Revolución, fue invitado a una exposición de este movimiento. Al salir de ella, inmediatamente ordenó su desaparición por ser "subversiva". Malevich, uno de sus más importantes exponentes, fue reducido hasta terminar haciendo arte kitsch "revolucionario", muriendo así en las sombras.  El nazismo persisitió hasta encontrarse con su propia destrucción en la II Guerra Mundial, el destino del Comunismo Soviético fué su implosión, bombardeado por las contradicciones que surgieron de su praxis en setenta años de totalitarismo, una hegemonía inviable. 

En Venezuela, vuelvo a mis palabras anteriores, vivimos la confrontación de dos modelos. El ensayo revolucionario que ha entrado en su fase inicial de fracaso, se sienta sobre la lucha de clases, por la igualdad, contra la opresión y el imperialismo (abogando por la multipolaridad), apoyados en un pasticho de doctrinas, como el Socialismo, el Bolivarianismo, interpretados de manera dogmática. Pero a lo largo de estos quince años, apuntando a estos ideales de forma radical, también se ha consolidado en el poder. El poder y el control no son excluyentes uno del otro. El Estado en Venezuela en su tradición, como dijera Domingo Alberto Rangel, ha sido la madre de las "burguesías". El poder, el control, y la voluntad hegemónica de esta "Revolución" y sus mecanismos han alimentado sus contradicciones y la corrupción de sus élites, por eso vamos rumbo a la distopía. Andreu Domingo, en su ensayo "Descenso literario a los infiernos demográficos" nos revela: "La dificultad de la utopía en su formulación clásica para pensar lo dinámico, lo cambiante, reside en su raíz platónica, donde el saber y la verdad pertenecen al registro inamovible del orden y la paz de lo perpetuo. Su reverso, la distopía, nos ofrece la sombría visión del desorden, la violencia y la guerra, proyectada en el espejo umbrío de nuestro futuro". En este juego dialéctico la utopía y su purismo en la práctica, se da la mano con la distopía. Lo dinámico, lo diverso, lo cambiante al querer erradicarse pauperiza al individuo. Entramos en la distopía, donde el conflicto entre la felicidad y la libertad entra en paroxismo. 

La propuesta de "cambio" que es el reverso de "La Revolución", inofensiva en sus postulados (Libertad), viene acompañada de la satananización del contrario. La defensa del "sector privado empresarial", trayendo consigo el sueño del corporativismo, como el único garante del bienestar que no se queda atrás en su ánimo utópico. Un ejemplo es esa frase de "Comunas es Comunismo". Es sano señalar que ese "cambio" representado por la oposición promete el retorno a un sueño añejo: el de la vieja democracia donde las contradicciones no se veían, porque eran reprimidas con el aparato policial del Estado. El retorno del sueño, dólares baratos, consumismo (aún imperante), clase media y alta despreocupadas por su entorno en los días de "cuando éramos felices y no lo sabíamos"; eso representa otra utopía. Es imposible volver a ser, revivir un tiempo y un espacio ya fenecidos. Hemos cambiado, la demografía ha cambiado, la historia nos ha cambiado (al parecer no a todos). También una tercera vía absolutista es caer en lo mismo. 

Hace poco me encontré con el concepto de Heterotopía o  “Des espaces autres” (de los espacios otros), gracias al al aporte de un buen amigo. Tal concepto fue elaborado por el filósofo francés Michel Foucault como "espacios que funcionan en condiciones no hegemónicas (de otreidad o alteridad), que no son ni aquí ni allá,  que son a la vez físicos y mentales, como el espacio de una llamada o el momento en el que nos vemos en el espejo", tambien como "espacios diferentes, esos otros lugares, esas impugnaciones míticas y reales del espacio en el que vivimos". Ejemplos de heterotopías pueden estar representados por esos ámbitos  donde la sociedad sitúa a lo "desviado" o fuera de norma. Pueden darse en museos, prisiones, psquiátricos, asilos, restaurantes. Actúan como utopías paralelas conservando lo imperfecto, lo indeseable. Por lo general en estos espacios peculiares ocurren eventos revolucionarios. Partiendo de esta posibilidad podemos escapar, dar un respiro en el sistema. Si queremos construír una nueva realidad, un nuevo Universo, la diversidad de espacios podría ser un camino. En la economía política podrían crearse condiciones para que en el sistema no sea una convivencia sino una articulación de zonas diversas. Hay que atreverse a pensar.

sábado, 8 de junio de 2013

La filosofía de un neumático roto

Hoy hago una pausa, por ahí está en proceso una nueva parte de mis "Confesiones de un Burócrata". Es mi forma de preguntar, de echar incógnitas al suelo y esperar que germinen. La gente se espera un tratado, una cátedra o un algoritmo que devele las respuestas a sus problemas, que son, unidos a los problemas de otra gente, los problemas de la humanidad. Yo soy un hombre promedio, para no decir mediocre. He intentado con frecuencia hacer cosas que están por encima de mis dones. He dejado otras a medio hacer, unas por poca capacidad o talento, por pereza o por tristeza y rabia. La filosofía en su conjunto es un enfrentamiento del hombre a su circunstancia. Nos debatimos entre lo efímero del cuerpo, de la materia, la necesidad y el intelecto o espíritu: una ventana en el medio de la futilidad que muestra la permanencia, la eternidad, las ideas, un más allá. Esto creo yo, esto cree mi hermosa ingenuidad. Hoy me traslado al terreno de lo particular aunque nunca dejaré de estar acicateado por lo universal. Pero la dialéctica es necesaria, la filosofía no es nada si no recoge y lleva arena de un estado al otro, es decir, entre la materia y las ideas. Pero yo soy un hombre terrenal, material y a veces peligrosamente carnal. La filosofía aparentemente no es útil en las peripecias cotidianas, en la sobrevivencia. Sin embargo, ésta sin que sepamos, de alguna manera nos conduce en entre este nido de circunstancias sin lógica: el caos. Son un montón de preguntas las que me hago ahora, en el camino, en esta vía asfaltada, llena de baches que hacen retumbar todas las bisagras y engranajes de la mecánica de mi carro. Ayer comenzó esta odisea de hoy: llevando a mi hija a la casa de su madre, ya de regreso, quedé atrapado en una encrucijada de vías sin iluminación. Eran las ocho de la noche y en ese lugar de pronto salieron de la nada otros conductores y confluímos allí, en ese mal llamado distribuidor. Las luces altas me alumbraban, quedando enceguecido. Para no quedarme en esa tiniebla, a esperar que se me pasara el aturdimiento, aceleré y de pronto un fuerte estruendo sacudió el carro. Seguí andando, una vibración extraña y el volante que se iba de lado me indicaron que el caucho estaba destrozado. Avancé como pude hasta un paraje tenuemente iluminado por la oligofrenia de un centro comercial aledaño. Allí me bajé, en medio de la nada, a ver como resolvía. Hice una llamada y un amigo (que nos conocemos por situaciones que no detallaré) llegó en una moto a los pocos minutos. Y allí me encontró, mentando madres a todo pulmón, maldiciendo a todo verbo, cagándome en la Historia Universal. No me explayaré en esta escena. El amigo me ayudó, la policía se hizo presente para cuidarnos (no sin antes el policía preguntarme donde trabajo y si lo puedo ayudar a conseguir una chamba mejor). El caucho de repuesto estaba en la lona, había que sustituírlo, es decir, comprar uno nuevo.


Amanece y lo primero que hago es buscar una cauchera, y en eso ando. Así que llego al lugar y estaciono a duras penas y despúes de varios minutos haciendo señales para que sepan que estoy ahí, se me acerca un hombre barbudo, pero con toda la presencia y prestancia de ser el propietario del negocio. Me mira de soslayo, y con una sonrisa de medio lado entremezclada con un gesto reverencial, me dice que el neumático que necesito es distinto a los que tiene. Esa mirada la conozco, la he visto antes, es la mirada del especulador, es la mirada del que te va a joder. Prosigue con su discurso de experto "cauchólogo": "Si le montas uno, tendrás que poner el otro, porque  si no la tracción será distinta de un lado y del otro". Pienso, le pregunto el precio, me lo dice. Entonces le respondo: "Monta el que necesito, no me importa si una mitad del culo me anda más lento que la otra". El hombre casi se niega, está empeñado en clavarme los dos cauchos, el par, el combo jodedor. Me niego, y casi en el momento de mandarlo a la mierda, él cede. Son tiempos duros. Se escucha de todo, que si la crisis política, de ilegitimidad del gobierno, de votos, de ideología, de patria.  Y uno se enfrasca en esos temas, como buscando donde lanzar esta avalancha de rabia, de impotencia. Pero ahora, que observo al empleado de la cauchera, sucio de pies a cabeza, cambiando el caucho, mi perspectiva se hace más sencilla. Este hombre que medio hace un medio oficio, está luchando por vivir. Vivir es la vida y para que ésta se realice en todos sus niveles se comienza por el alimento, la vivienda, el vestido, y así sigue. Si este proceso de vivir entra en conflicto grave en las necesidades más básicas no es posible la plenitud, o mejor para no sonar tan grandilocuiente: la dignidad. Por esta razón esas categorías supraterrenales como la "Patria" o "La Soberanía" suenan huecas si no hay alimento en el estómago. El cauchero fajado en su faena conversa, sobre la vida, que para él no es más que caerse a carajazos con el entorno para no morir de hambre. Lo acompaño en la conversa, le brindo un refresco. Entre él y yo hay una gran fraternidad, aunque él no posea carro. El carro para mí es un lujo, cada día que pasa se me hace difícil mantenerlo en mi vida. El sistema nos va empujando, primero prescindiendo de "los lujos", luego de las cosas más básicas. Los liberadores de antes, los que auparon las masas a alzarse contra los cuarenta años de "puntofijismo" (los "revolucionarios de ahora"), supieron moverlos, con la bandera de la miseria. Sus argumentos eran más simples y la lucha era social, porque era económica. Ahora en el poder sostienen que lo económico no es importante sino las abstracciones, ideas (¿serán realmente ideas?). Uno de ellos, en una revista, dice que la lucha es ideológica y debe ser ideológica en el pueblo, que las necesidades económicas son mero capricho. Que el pueblo jamás debe morder la mano de su progenitor (El Estado). Y ahora, ante el "cauchero" la realidad es otra: es sudor, callos en la mano, la calle donde las provisiones son escasas y hay que bregar, dar coñazos. Yo, un poco más cómodo, veo menguar los recursos de la vida y él es mi espejo.

Ya cae el crepúsculo. Estoy  cansado, me voy al carajo...

miércoles, 5 de junio de 2013

Confesiones de un burócrata. Parte I

La ciudad me recibe de nuevo, monótona y ruidosa. Cuando vengo del silencio me entra una nostalgia y miro hacia ese momento, que la mayoría considera triste y aburrido. El silencio para mí es lo contrario. En el silencio la mente despierta, porque sale del círculo de la sobrevivencia y la saturación. Se puede echar mano a un libro; al mismo tiempo las preguntas emergen, salen al descampado. Pero heme aquí, asustado entre camiones atravesando la gran autopista que separa mi subsurbio de la horrible ciudad satélite donde me gano el pan. Mi carro es un concierto de sonidos. Cuando acciono el embrague y la caja engrana en la segunda y tercera velocidad, una vibración semejante a una turbina es el síntoma de que el collarín está muriendo. El mecánico ha dado su veredicto y el remedio cuesta, es superior a mis ingresos y ahorros. Mi mente, entonces, fuera de aquel intersticio extrañado del silencio, se sumerge en los matices del concierto mecánico de mi bólido. Al mismo tiempo, aterrado por las gandolas y motorizados que pasan a milímetros de mi humanidad, temo que en cualquier segundo la salud de la bestia de hierro colapse en la mitad de este armagedón de metal, humo y asfalto. El estado de alerta entonces va adentrándose por los caminos del pánico. Con un "¡Al carajo, si me quedo varado que me maten y así me sacan de esta mierda!" enciendo la radio. Se escucha a un locutor engolado (arquetipo que arranca orgasmos en la venezolanidad clase media), entrevistado a un diputado de la Asamblea Nacional. Es inevitable que me deje arrastar por la tentación de "estar informado", así que dejo el dial. No sé por qué vence este lugar común, pero es así, estoy programado para los lugares comunes, no en vano tuve un padre formado en la academia militar.  El diputado, solemne a toda prueba, se defiende de las inquisitorias del periodista-locutor. Sistemáticamente va negando los cuestionamientos a los que es sometido. Se le escucha incómodo cuando es increpado con cifras rojas (criminalidad, desempleo, inflación, indicadores macroeconómicos). Más que en el contenido de sus argumentos, me concentro en la naturaleza de éstos. Así va desconociendo, uno a uno, los elementos con los cuales se le confronta, los termina por negar de plano, sin matices, medias tintas ni razonamientos. Entonces el hombre da inicio a un monólogo, un relato fantástico sobre un mundo donde todos son felices, donde no existe la enfermedad, la muerte, la soledad, el egoísmo. Un mundo sorprendentemente similar al "otro mundo" cristiano, el que viene una vez cruzada las puertas de la muerte: el Socialismo. Mi estómago ruge, he sacado las cuentas y sólo tengo para desayunos 200 gramos de queso y dos panes duros hasta la semana que viene, cuando devengo mi salario. Si mi carro "toma la decisión" de averiarse en esta supervía no me quedaría otro remedio que dejarlo en el hombrillo y seguir a pié con los pocos cobres que me quedan hasta ese matadero de almas llamado trabajo (y a ver cómo me las arreglo en esta jungla). Entonces me distraigo y la voz del diputado se va perdiendo entre mis reflexiones, esa voz carrasposa de hombre octogenario, la cual es el resultado de machacar palabras con las encías desnudas y la lengua hipertrofiada. Apago la radio y me doy cuenta que estoy llegando al destino.

En el escritorio encuentro una nota breve: "Pasa por mi oficina". Echo un ojo al reloj: he llegado con media hora de retraso. Aprieto el culo y antes de ir a la oficina de mi supervisora voy al baño. Frente al espejo hago unos breves ejercicios gestuales: ensayo mi mejor "cara e tabla": Estoy una vez más ante el momento de mentir. En la vida temprana nos enseñaron eso que llaman "valores", abstracciones que forman parte del imaginario de lo "correcto". Pero una vez lanzados al ruedo, siendo adultos, la vida nos arricona. La "verdad" es parte de ese imaginario, mas para sobrevivir es necesario flexibilizar los valores hasta que éstos inexorablemente desaparecen. Somos malos esgrimistas ante la vida; ella conoce todos los misterios y nos trata siempre como adversarios. Mi supervisora me recibe siempre sonriente. Pregunta que cómo me siento y todas esas cosas que son parte del protocolo. Su mirada cándida está atravesada por algo afilado que no puedo describir, pero sí interpretar. Se trata de mi acostumbrada impuntualidad. Sin embargo hace un tiempo descubrí en ella una simpatía extraña. Es una mulata festiva, abogada de la república, soltera y de mediana edad como yo. Recurro a la habilidad de la empatía, aderezada con humor negro espolvoreado. Sé que hay atracción, a esta edad uno desarrolla la intuición para descubrir el lenguaje de la mirada, de los mensajes que se construyen en sus variantes. Sin escrúpulos lanzo dos piropos, como granadas fragmentarias. Ella se sonroja, dejando al descubierto una sonrisa decorada con un adamiaje de ortodoncia de ligas y metales. Besar esa boca es arriesgarse a quedar con la lengua mutilada. Ella se pone de pie y busca una carpeta sobre una pequeña mesa redonda. Si bien su rostro es poco agraciado, sabe como combinarlo con un peinado moderno. Estando de pie observo una vez más su cuerpo. De espaldas a mí ella no se imagina eso creo yo) que sus glúteos son objeto de estudio. Tiene buena figura la abogada cumanesa que llegó a la capital llena de sueños y se prendó de la extraña atmósfera cosmopolita caraqueña. Cuando se voltea me entrega la carpeta terminando con un ademán erótico el cual recibo con beneplácito. Entonces me retiro a mi oficina satisfecho de mis estrategias dilatorias.

Mi trabajo es mecánico y sencillo. Hace diez años comenzó mi exitoso descenso en el organigrama en este Ministerio de Asuntos Sin Importancia, llamemosle así. Comencé a descender de forma natural, tomando en cuenta que a pesar de mis intentos de adaptarme a la nueva cultura política de la "Revolución", jamás tuve solidez revolucionaria (porque estoy impedido para usar ese lenguaje de manera congénita). Muchas palabras, como "Camarada", "Proceso" y "Patria" estan ausentes de mi glosario cotidiano. Esto fue perfectamente comprendido por las autoridades del ministerio, quienes para no execrarme de un todo, me fueron relegando a actividades necesarias del aparataje burocrático las cuales los "revolucionarios" no están dispuestos a hacer. Y así fue como hoy, ahora, en este día, me encuentro gestionando un archivo tal cual como hace veinte años, cuando apenas empezaba. No me molesta, no me acompleja. En las ocho horas de trabajo no debo hacer nada que me saque de la oficina, no estoy obligado a asistir a reuniones y saraos revolucionarios, porque no soy personal de confianza. Esto me alivia.  Mi asistente es un viejito jubilado del ministerio, a quien contrataron porque la pensión no le daba para las pastillas de la tensión. El señor, cuyo tono de voz es parecido al del diputado de la radio, es un convencido fanático que ha decorado la oficina con imágenes de el hoy fallecido "Comandante Supremo y Eterno". Al principio tal cosa me perturbaba hasta que empezaron síntomas de gastritis. Y un día decidí no pararle bolas, ya que la oficina de mierda no es mi casa y se la pueden meter por ese culo. Con esa actitud y mi capacidad de hacerme el pendejo, asintiendo hasta donde se puede asentir y callando cuando no se pueda más, es que he evitado hacerme de enemigos. Cada día que pasa veo el calendario y voy tachando lo poco que me separa de mi jubilación. Es una cuestión de paciencia.... Continuará

jueves, 14 de febrero de 2013

Diva Cósmica


Diva Cósmica
 

                                        Dedicado a Valeria Rodríguez
 

                                        "Sin Esperanza se encuentra lo Inesperado". Heráclito de Éfeso
 


Ella es mi deidad de carne tierra y árboles cantores. 

Ella es viajera, bóreas savia de sempiterna frescura   
Su espíritu de golondrina siembra sonrisas en la lontananza, 
y nosotros, sus enamorados, depositamos allá
nuestras ofrendas envueltas de esperanza.
 

Cuando nos cruzamos en el mapa cósmico, 
alentados por invisibles influjos, 
juntados por misteriosos regentes del destino 
reminiscencias helioformes nos iluminan 
Y yo dibujo en su rostro la trayectoria de mi desvelo 
pletórico de estrellas vivaces y astros moribundos.
 

Entonces amanece
y somos arrancados por otras gravedades 
pero yo en mi vigilia 
la sigo soñando 
a través de calles
donde los rostros llueven 
desleyendo la corporeidad.