"Sobrevivir en el tiempo", ensayo fotográfico de los (fotógrafos o artistas?) Alfonso Paolini y Stefania Molentino, busca plantear una reflexión sobre la realidad de los pueblos de Venezuela. Carache, pequeño poblado del estado Trujillo enclavado en Los Andes, es el escenario donde el ojo que detiene el tiempo provee al expectador de representaciones que dan fe de su gente, arquitectura tradicional y paisaje urbano. Imágenes de personajes y escenarios, su vida cotidiana y la arquitectura que lucha por no desaparecer. El trabajo se relata en cinco momentos: Caracheros: serie de retratos en blanco y negro. Dentro de sus vidas: espacios de intimidad. El escenario, la cotidianidad en la memoria arquitectónica. La finca: espacio del trabajo en la tierra alta paramera. El trapiche de Mirinday: quehacer productivo de generaciones que construyeron el pueblo.
"Sobrevivir en el tiempo" más que un testimonio gráfico es una crónica que explora la agonía como lucha por la supervivencia que se da en los pueblos venezolanos. La modernidad, aún vigente, es la luz de un mundo difereciando: Centro y Periferia. El llamado cosmopolita, el tan anunciado triunfo de la globalización, cierne sus luces y sombras desde una lejanía más existencial que espacial. La ciudad como sujeto de memoria, su influjo disuelve la identidad del campo; el éxodo y la ruptura progresiva del lugareño con su historia generan nuevas referencias que resignifican el patrimonio y el habitat. El retrato se despoja del color para revelar en el carácter de los rostros la pugna entre el devenir y la resistencia a éste que se da en la voluntad de permanencia; simultáneamente el porvenir se expresa en los pequeños sucesores, páginas en blanco sobre las que el peso silente de la herencia deposita la incógnita de su prolongación. En los ámbitos de vida, manifiesta en el tratamiento de sus colores, fluye la cotidianidad con sus seres inmóviles y expectantes, el zaguán, la ventana que evoca promesas de amor. La religiosidad se registra como vínculo de lo popular y las fuerzas divinas, rasgo esencial que conforma el quehacer vital de la gente. La convivencia de este misticismo con objetos del azar e imágenes familiares son esa mirada pretérita con que se afronta el destino. Los paisajes naturales del páramo, su clima moldea la madurez temprana en los rostros, transforma con lentitud los espacios, antíguas estructuras que sus habitantes, con escasos recursos, intervienen para darle continuidad en la disonancia de materiales, pero sin olvidar elementos propios de la cultura. Así vemos como el zinc y otras materias ajenas a la tradición dan forma a los aleros derruídos por el paso del tiempo y las corrientes montañosas.
El trabajo, representado como relación del hombre con el espacio, el sustento que dinamiza la cultura, se desarrolla en la simultaneidad. El lente se concentra en los resplandores, narra el nacimiento del sol sobre la tierra dejando una puerta abierta a la poética. En el trapiche, los colores se hacen presentes, revelando el alma y sustancia que engendra: El papelón. La ganadería y la caña de azúcar, fibras que conforman músculo vital de la serranía, nadan árduamente en las aguas de la memoria. Sus hombres y mujeres participan en paralelo a esa nostalgia urbana, fachadas coloridas y heridas. La austeridad de recursos, los rudimentos que generación tras generación permanecen, vibran con la sonoridad de un eco. Pasión y religiosidad, terrenos preponderantes en la taxonomía del hombre de la tierra, son una llama de formas menguantes. Esta constitución humana, donde lo extraño e irreal participan en la rutina, es el espíritu del Realismo Mágico. En cada imagen se asoma levemente la esperanza, la pasión más perseverante que es el astro de la penumbra. "No posee esperanzas el ocaso y derrama tanta luz como la aurora" diría el filósofo Carlos Silva en "La Vigilia" (Elegías Occidentales). Así las imágenes, en cada tiempo que las ordena, abren espacios y construyen ventanas al porvenir.

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