La ciudad me recibe de nuevo, monótona y ruidosa. Cuando vengo del silencio me entra una nostalgia y miro hacia ese momento, que la mayoría considera triste y aburrido. El silencio para mí es lo contrario. En el silencio la mente despierta, porque sale del círculo de la sobrevivencia y la saturación. Se puede echar mano a un libro; al mismo tiempo las preguntas emergen, salen al descampado. Pero heme aquí, asustado entre camiones atravesando la gran autopista que separa mi subsurbio de la horrible ciudad satélite donde me gano el pan. Mi carro es un concierto de sonidos. Cuando acciono el embrague y la caja engrana en la segunda y tercera velocidad, una vibración semejante a una turbina es el síntoma de que el collarín está muriendo. El mecánico ha dado su veredicto y el remedio cuesta, es superior a mis ingresos y ahorros. Mi mente, entonces, fuera de aquel intersticio extrañado del silencio, se sumerge en los matices del concierto mecánico de mi bólido. Al mismo tiempo, aterrado por las gandolas y motorizados que pasan a milímetros de mi humanidad, temo que en cualquier segundo la salud de la bestia de hierro colapse en la mitad de este armagedón de metal, humo y asfalto. El estado de alerta entonces va adentrándose por los caminos del pánico. Con un "¡Al carajo, si me quedo varado que me maten y así me sacan de esta mierda!" enciendo la radio. Se escucha a un locutor engolado (arquetipo que arranca orgasmos en la venezolanidad clase media), entrevistado a un diputado de la Asamblea Nacional. Es inevitable que me deje arrastar por la tentación de "estar informado", así que dejo el dial. No sé por qué vence este lugar común, pero es así, estoy programado para los lugares comunes, no en vano tuve un padre formado en la academia militar. El diputado, solemne a toda prueba, se defiende de las inquisitorias del periodista-locutor. Sistemáticamente va negando los cuestionamientos a los que es sometido. Se le escucha incómodo cuando es increpado con cifras rojas (criminalidad, desempleo, inflación, indicadores macroeconómicos). Más que en el contenido de sus argumentos, me concentro en la naturaleza de éstos. Así va desconociendo, uno a uno, los elementos con los cuales se le confronta, los termina por negar de plano, sin matices, medias tintas ni razonamientos. Entonces el hombre da inicio a un monólogo, un relato fantástico sobre un mundo donde todos son felices, donde no existe la enfermedad, la muerte, la soledad, el egoísmo. Un mundo sorprendentemente similar al "otro mundo" cristiano, el que viene una vez cruzada las puertas de la muerte: el Socialismo. Mi estómago ruge, he sacado las cuentas y sólo tengo para desayunos 200 gramos de queso y dos panes duros hasta la semana que viene, cuando devengo mi salario. Si mi carro "toma la decisión" de averiarse en esta supervía no me quedaría otro remedio que dejarlo en el hombrillo y seguir a pié con los pocos cobres que me quedan hasta ese matadero de almas llamado trabajo (y a ver cómo me las arreglo en esta jungla). Entonces me distraigo y la voz del diputado se va perdiendo entre mis reflexiones, esa voz carrasposa de hombre octogenario, la cual es el resultado de machacar palabras con las encías desnudas y la lengua hipertrofiada. Apago la radio y me doy cuenta que estoy llegando al destino.
En el escritorio encuentro una nota breve: "Pasa por mi oficina". Echo un ojo al reloj: he llegado con media hora de retraso. Aprieto el culo y antes de ir a la oficina de mi supervisora voy al baño. Frente al espejo hago unos breves ejercicios gestuales: ensayo mi mejor "cara e tabla": Estoy una vez más ante el momento de mentir. En la vida temprana nos enseñaron eso que llaman "valores", abstracciones que forman parte del imaginario de lo "correcto". Pero una vez lanzados al ruedo, siendo adultos, la vida nos arricona. La "verdad" es parte de ese imaginario, mas para sobrevivir es necesario flexibilizar los valores hasta que éstos inexorablemente desaparecen. Somos malos esgrimistas ante la vida; ella conoce todos los misterios y nos trata siempre como adversarios. Mi supervisora me recibe siempre sonriente. Pregunta que cómo me siento y todas esas cosas que son parte del protocolo. Su mirada cándida está atravesada por algo afilado que no puedo describir, pero sí interpretar. Se trata de mi acostumbrada impuntualidad. Sin embargo hace un tiempo descubrí en ella una simpatía extraña. Es una mulata festiva, abogada de la república, soltera y de mediana edad como yo. Recurro a la habilidad de la empatía, aderezada con humor negro espolvoreado. Sé que hay atracción, a esta edad uno desarrolla la intuición para descubrir el lenguaje de la mirada, de los mensajes que se construyen en sus variantes. Sin escrúpulos lanzo dos piropos, como granadas fragmentarias. Ella se sonroja, dejando al descubierto una sonrisa decorada con un adamiaje de ortodoncia de ligas y metales. Besar esa boca es arriesgarse a quedar con la lengua mutilada. Ella se pone de pie y busca una carpeta sobre una pequeña mesa redonda. Si bien su rostro es poco agraciado, sabe como combinarlo con un peinado moderno. Estando de pie observo una vez más su cuerpo. De espaldas a mí ella no se imagina eso creo yo) que sus glúteos son objeto de estudio. Tiene buena figura la abogada cumanesa que llegó a la capital llena de sueños y se prendó de la extraña atmósfera cosmopolita caraqueña. Cuando se voltea me entrega la carpeta terminando con un ademán erótico el cual recibo con beneplácito. Entonces me retiro a mi oficina satisfecho de mis estrategias dilatorias.
Mi trabajo es mecánico y sencillo. Hace diez años comenzó mi exitoso descenso en el organigrama en este Ministerio de Asuntos Sin Importancia, llamemosle así. Comencé a descender de forma natural, tomando en cuenta que a pesar de mis intentos de adaptarme a la nueva cultura política de la "Revolución", jamás tuve solidez revolucionaria (porque estoy impedido para usar ese lenguaje de manera congénita). Muchas palabras, como "Camarada", "Proceso" y "Patria" estan ausentes de mi glosario cotidiano. Esto fue perfectamente comprendido por las autoridades del ministerio, quienes para no execrarme de un todo, me fueron relegando a actividades necesarias del aparataje burocrático las cuales los "revolucionarios" no están dispuestos a hacer. Y así fue como hoy, ahora, en este día, me encuentro gestionando un archivo tal cual como hace veinte años, cuando apenas empezaba. No me molesta, no me acompleja. En las ocho horas de trabajo no debo hacer nada que me saque de la oficina, no estoy obligado a asistir a reuniones y saraos revolucionarios, porque no soy personal de confianza. Esto me alivia. Mi asistente es un viejito jubilado del ministerio, a quien contrataron porque la pensión no le daba para las pastillas de la tensión. El señor, cuyo tono de voz es parecido al del diputado de la radio, es un convencido fanático que ha decorado la oficina con imágenes de el hoy fallecido "Comandante Supremo y Eterno". Al principio tal cosa me perturbaba hasta que empezaron síntomas de gastritis. Y un día decidí no pararle bolas, ya que la oficina de mierda no es mi casa y se la pueden meter por ese culo. Con esa actitud y mi capacidad de hacerme el pendejo, asintiendo hasta donde se puede asentir y callando cuando no se pueda más, es que he evitado hacerme de enemigos. Cada día que pasa veo el calendario y voy tachando lo poco que me separa de mi jubilación. Es una cuestión de paciencia.... Continuará
miércoles, 5 de junio de 2013
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