sábado, 8 de junio de 2013

La filosofía de un neumático roto

Hoy hago una pausa, por ahí está en proceso una nueva parte de mis "Confesiones de un Burócrata". Es mi forma de preguntar, de echar incógnitas al suelo y esperar que germinen. La gente se espera un tratado, una cátedra o un algoritmo que devele las respuestas a sus problemas, que son, unidos a los problemas de otra gente, los problemas de la humanidad. Yo soy un hombre promedio, para no decir mediocre. He intentado con frecuencia hacer cosas que están por encima de mis dones. He dejado otras a medio hacer, unas por poca capacidad o talento, por pereza o por tristeza y rabia. La filosofía en su conjunto es un enfrentamiento del hombre a su circunstancia. Nos debatimos entre lo efímero del cuerpo, de la materia, la necesidad y el intelecto o espíritu: una ventana en el medio de la futilidad que muestra la permanencia, la eternidad, las ideas, un más allá. Esto creo yo, esto cree mi hermosa ingenuidad. Hoy me traslado al terreno de lo particular aunque nunca dejaré de estar acicateado por lo universal. Pero la dialéctica es necesaria, la filosofía no es nada si no recoge y lleva arena de un estado al otro, es decir, entre la materia y las ideas. Pero yo soy un hombre terrenal, material y a veces peligrosamente carnal. La filosofía aparentemente no es útil en las peripecias cotidianas, en la sobrevivencia. Sin embargo, ésta sin que sepamos, de alguna manera nos conduce en entre este nido de circunstancias sin lógica: el caos. Son un montón de preguntas las que me hago ahora, en el camino, en esta vía asfaltada, llena de baches que hacen retumbar todas las bisagras y engranajes de la mecánica de mi carro. Ayer comenzó esta odisea de hoy: llevando a mi hija a la casa de su madre, ya de regreso, quedé atrapado en una encrucijada de vías sin iluminación. Eran las ocho de la noche y en ese lugar de pronto salieron de la nada otros conductores y confluímos allí, en ese mal llamado distribuidor. Las luces altas me alumbraban, quedando enceguecido. Para no quedarme en esa tiniebla, a esperar que se me pasara el aturdimiento, aceleré y de pronto un fuerte estruendo sacudió el carro. Seguí andando, una vibración extraña y el volante que se iba de lado me indicaron que el caucho estaba destrozado. Avancé como pude hasta un paraje tenuemente iluminado por la oligofrenia de un centro comercial aledaño. Allí me bajé, en medio de la nada, a ver como resolvía. Hice una llamada y un amigo (que nos conocemos por situaciones que no detallaré) llegó en una moto a los pocos minutos. Y allí me encontró, mentando madres a todo pulmón, maldiciendo a todo verbo, cagándome en la Historia Universal. No me explayaré en esta escena. El amigo me ayudó, la policía se hizo presente para cuidarnos (no sin antes el policía preguntarme donde trabajo y si lo puedo ayudar a conseguir una chamba mejor). El caucho de repuesto estaba en la lona, había que sustituírlo, es decir, comprar uno nuevo.


Amanece y lo primero que hago es buscar una cauchera, y en eso ando. Así que llego al lugar y estaciono a duras penas y despúes de varios minutos haciendo señales para que sepan que estoy ahí, se me acerca un hombre barbudo, pero con toda la presencia y prestancia de ser el propietario del negocio. Me mira de soslayo, y con una sonrisa de medio lado entremezclada con un gesto reverencial, me dice que el neumático que necesito es distinto a los que tiene. Esa mirada la conozco, la he visto antes, es la mirada del especulador, es la mirada del que te va a joder. Prosigue con su discurso de experto "cauchólogo": "Si le montas uno, tendrás que poner el otro, porque  si no la tracción será distinta de un lado y del otro". Pienso, le pregunto el precio, me lo dice. Entonces le respondo: "Monta el que necesito, no me importa si una mitad del culo me anda más lento que la otra". El hombre casi se niega, está empeñado en clavarme los dos cauchos, el par, el combo jodedor. Me niego, y casi en el momento de mandarlo a la mierda, él cede. Son tiempos duros. Se escucha de todo, que si la crisis política, de ilegitimidad del gobierno, de votos, de ideología, de patria.  Y uno se enfrasca en esos temas, como buscando donde lanzar esta avalancha de rabia, de impotencia. Pero ahora, que observo al empleado de la cauchera, sucio de pies a cabeza, cambiando el caucho, mi perspectiva se hace más sencilla. Este hombre que medio hace un medio oficio, está luchando por vivir. Vivir es la vida y para que ésta se realice en todos sus niveles se comienza por el alimento, la vivienda, el vestido, y así sigue. Si este proceso de vivir entra en conflicto grave en las necesidades más básicas no es posible la plenitud, o mejor para no sonar tan grandilocuiente: la dignidad. Por esta razón esas categorías supraterrenales como la "Patria" o "La Soberanía" suenan huecas si no hay alimento en el estómago. El cauchero fajado en su faena conversa, sobre la vida, que para él no es más que caerse a carajazos con el entorno para no morir de hambre. Lo acompaño en la conversa, le brindo un refresco. Entre él y yo hay una gran fraternidad, aunque él no posea carro. El carro para mí es un lujo, cada día que pasa se me hace difícil mantenerlo en mi vida. El sistema nos va empujando, primero prescindiendo de "los lujos", luego de las cosas más básicas. Los liberadores de antes, los que auparon las masas a alzarse contra los cuarenta años de "puntofijismo" (los "revolucionarios de ahora"), supieron moverlos, con la bandera de la miseria. Sus argumentos eran más simples y la lucha era social, porque era económica. Ahora en el poder sostienen que lo económico no es importante sino las abstracciones, ideas (¿serán realmente ideas?). Uno de ellos, en una revista, dice que la lucha es ideológica y debe ser ideológica en el pueblo, que las necesidades económicas son mero capricho. Que el pueblo jamás debe morder la mano de su progenitor (El Estado). Y ahora, ante el "cauchero" la realidad es otra: es sudor, callos en la mano, la calle donde las provisiones son escasas y hay que bregar, dar coñazos. Yo, un poco más cómodo, veo menguar los recursos de la vida y él es mi espejo.

Ya cae el crepúsculo. Estoy  cansado, me voy al carajo...

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