Hoy me levanté tarde (de nuevo). Mientras me cepillo los dientes hago ciertos arreglos en la habitación. La peor parte ha sido la cama que nunca termina de quedar bien. Siempre escucho música clásica para calmar mis tempranos nervios, mientras busco la billetera lleno de angustia. Es una lastima que me pierda el amanecer que se asoma con majestad en mi estudio, donde no hay paredes exteriores sino una gran extensión transparente, hecha de pequeños vitrales. Pero antes de partir al matadero, perdón, al trabajo, jamás dejo de echarle una ultima ojeada al hermoso jardín, donde no hay especie del reino vegetal que deje de ser hermosa bajo el cielo despejado de enero. Una vez en el tráfico la música vuelve a ser el centro de la experiencia, con su ayuda el tiempo es una buena excusa para alargar la dicha de no estar aún en la “flamante oficina de recursos humanos de un ente gubernamental donde he logrado aferrarme durante dos décadas”. Y así logro llegar, con los residuos de una serena sonrisa, a mi encuentro con el escritorio, con los mensajes escritos pegados al monitor del ordenador. Hace tiempo dejé de dar excusas por la hora de llegada, tan solo les obsequio esa expresión parca y amable de los buenos días. Trato de hacer la rutina lo más rutinaria que se pueda. En ella hasta los sentimientos se planifican, se ajustan a la agenda cíclica de mi eterno retorno. Hay gente que exclama “¡Què triste!”. Pero no lo es, debido a que ese sentimiento, por rutina, queda excluido automáticamente bajo el efecto narcótico de las horas que vuelven sobre sí mismas. Abro la gaveta y escondo un libro para que nadie me pregunte de qué se trata y luego comiencen a “recomendarme” títulos de autoayuda. He mantenido una firme estrategia de “pasar desapercibido”. Es decir, no ser ni muy inteligente, ni muy bruto, ni muy callado, ni muy dicharachero, ni muy culto, ni muy procaz. Sin embargo la gente es curiosa. A veces se me acerca alguien a hacer preguntas, a ojear el escritorio con mal disimulo. Una vez dejé, por descuido, un título de Kundera llamado “La Broma” y a los pocos minutos, un locuaz y regordete maracucho no paró de ametrallarme con sus chistes. Jamás me molesté e explicarle en qué consistía el libro. Uno debe saber, a esta edad, donde y cuando disparar. Las municiones de la vitalidad cada día que pasa son más escasas. Luego viene la hora de comer y es un tiempo sagrado. Allí busco siempre un lugar apartado del amplio comedor industrial, para saciar el hambre y darle continuidad a la lectura del libro de turno.
Sin embargo hoy, vuelve a sentarse a mi lado la misma mujer habladora que desde hace días me busca conversación. Para no ser antipático, o que se yo, interrumpo mi sacrosanta actividad y la oigo con tranquilidad mientras mis pensamientos hilvanan ciertas ideas concernientes a las últimas páginas leídas. Ella es atractiva a pesar del recargo que pesa sobre su indumentaria. Debe estar, como yo, rondando los cuarenta abriles. Pero su figura esbelta, su blanca piel cuidada y mantenida con esmero, la hacen ver más joven. Siempre me habla de su aburrido trabajo, o de la sobrina preferida (es soltera y sin hijos por lo visto), o de la tía que adora y sufre de gota, o del hermano desempleado, o de su madre cuyo carácter es difícil y ella no soporta. Veo sus uñas, muy largas y coloridas para mi ya copada capacidad de recibir información. Y de repente, en la mitad de su monólogo hace una pausa y me invita a su casa a cenar. Trato de evadirla, pero su estilo perseverante y cálido logra colarse entre las fisuras de mi escudo sentimental. Yo acepto, no sin sentirme arrepentido de antemano. Entonces me dice, ya con más confianza, “Eso sí, sonríe, te la pasas demasiado serio chico”. Esta frase me preocupa y siento que de alguna manera le he cedido derechos sobre mi vida.
Llega la hora de la salida y yo he olvidado el compromiso que asumí con anterioridad. Cuando estoy a punto de abandonar el escritorio suena el teléfono y atiendo descuidadamente: oigo esa voz femenina que ha invadido mis horas de almuerzo. Un profundo pesar me agobia y veo mi plácida tarde derrumbarse por una invitación que no rechacé a tiempo. Evoco las formas bajo su ropa, esa piel juvenil y me digo a mi mismo que no es tan mala idea, para aligerar el peso de lo que se viene.
La chica me espera en la salida del edificio. Me dice que no ha traído carro porque le está haciendo ciertos arreglos menores. Una esperanza se asoma entre los nubarrones de mi entendimiento. Quizás mi carro, viejo y descuidado, le cause mala impresión y abandone la iniciativa de meterme en su casa a una hora cuando, como dijo un viejo pensador, “La esperanza es una mala cena”. Sin embargo le presta poca atención a este asunto una vez que estamos en marcha a su hogar. Ella habla, habla, habla y habla mientras me da las indicaciones del camino. La tarde ha caído y una sólida masa de carros inunda las calles. Extraño mi cama y mi música, pero no puedo evitar echar una que otra mirada a sus lindos muslos. Entonces digo a mis adentros “Has estado muy solo últimamente viejo, a lo mejor sale algo interesante”. Vuelve a referirse a su tía, solterona y aquejada de gota, de como ha velado por todos sus sobrinos, de lo noble pero maniática que es. No puedo evitar pensar que va por el mismo camino, pero sus muslos por ahora, le salvan de esa realidad. Doy muchos giros inesperados, subidas, bajadas, las avenidas han quedado atrás y vamos rodando a través de una incierta urbanización de suburbio. Me preocupa no sólo mi hora de regreso, sino la manera de salir de este amasijo de calles anodinas sin perderme. Más tarde que pronto llegamos a un edificio de color indeterminado. Podría ser verde, naranja o azul, pero una capa grisácea oculta la personalidad de la fachada. Una vez en la entrada tenemos que cruzar tres o cuatro puertas y rejas para llegar a un minúsculo ascensor, cuyo olor tiene el inconfundible tenor de la clase media pujante.
Me pongo “cómodo” en un rígido sofá con ciertos rasgos rococó. Huele ya a comida. Sale una señora obesa y me la presentan. Me da la bienvenida con fuerte acento italiano. Es la tía buena, que sufre de gota, maniática y que ha dedicado su vida a los hijos de sus hermanas. La chica llama a su madre pero esta no atiende el llamado, se queda enclaustrada en sus aposentos. Entonces me pongo nervioso. Desvío mis pensamientos. Veo el legado de los inmigrantes en algunos elementos del viejo apartamento, fotografías, cerámicas con figuritas de pastores, motivos campesinos, cuadros bucólicos y a veces de cierto sentimentalismo kitsch. Ese mismo legado se hace presente en los ojos de mi compañera (o invasora) de almuerzos, la nariz perfilada y la boca pequeña. Rasgos que se vuelven sensuales con la mezcla criolla de nuestras tierras caribeñas. El monólogo continúa, pero algo en mí se vuelve más benévolo y menos mordaz. Comemos abundante y exquisito. El monólogo continúa. Termina la cena y se descorcha un vino tinto. Acepto con reservas. Veo la hora y nada más interesante que la tía buena, que sufre de gota, que ha dedicado su vida a los hijos de sus hermanas, está ocurriendo. Abre la puerta un tipo de unos treinta y tantos, atlético, con barba de tres días y una mochila de hacer ejercicio. Me saluda con desgano. Es el hermano desempleado. Ha transcurrido tiempo, veo fotos y fotos de bebés, primitas, sobrinitas. Por ningún lado sale una figura paterna. Mala señal. Yo me pregunto qué hago aquí. Hasta ahora no se ha interesado en saber quien soy. Lo máximo que ha llegado a interesarle es mi “cara muy seria, chico”. Pronto nos quedamos solos, la tía se ha esfumado, el hermano desempleado se ha encerrado y la mamá incógnita jamás se ha revelado. La botella de vino va por la mitad. Poco a poco dejo de ser ese amigo callado que asiente amablemente y le hago preguntas maliciosas mientras me evade. Ella, en el transcurso de la conversación y las copas, comienza a hablar de su vida sentimental. Los hombres son unas mierdas, es lo que se deja colar entre líneas. Yo esquivo y sonrío. Sus muslos resaltan bajo la luz amarillenta de una pesada lámpara hecha de lágrimas de cristal, de la cual me mantengo apartado en caso de desprendimiento. Ella afirma con energía “Los hombres me llueven y yo me los sacudo”. “Los tipos mal interpretan, uno sale con ellos y ya te quieren coger”. “Los hombres lo que quieren es sexo” (cierto). La invitación se convierte en una interpelación, un juicio bajo una de las lámparas del Titanic. Le pregunto si tiene algo de música para poner. Me muestra su corta colección de tecnomerengues, rancheras, baladas de Luís Miguel, Arjona y descarto la idea.
La botella de vino está casi vacía. La chica conversa, tartajeante y confusa por el alcohol. Su alegría se ha esfumado. Ante mí surgen sentencias lapidarias que se acentúan entre largos tragos de vino. Aquella libido incipiente se ha ido por la pequeña ventana del apartamento y yo que quiero irme con ella. ¿Qué ha pasado con toda esa alegría y optimismo que durante los almuerzos estallaban como fuegos artificiales?. Ella no sonríe ahora y yo le digo “sonríe chica”. Está ebria, despeinada y malhumorada. Algo no deseado está a punto de ocurrir y quiero salir disparado. Entonces ocurre: Llora. Lagrimones bajan por su cara vueltos perlas negras por el maquillaje. Trato de abrazarla y me empuja. Le pregunto por la salida. Me dice “maldito, lo que querías es cogerme”. Respiro hondo, mantengo la calma y mido mis movimientos con fría serenidad. Las leyes venezolanas dan una protección mórbida a las mujeres y yo ando en el lugar equivocado. Ella grita de llanto. Sale la familia y me pongo en guardia. Ellos, sin embargo, me ven con vergüenza. La tía buena, que sufre de gota, que ha dedicado su vida a los hijos de sus hermanas, sale con expresión preocupada. Se la lleva. Todo ha terminado.
Estoy en la calle, enciendo un cigarrillo y miro hacia arriba, el cuarto piso. Es ella que me observa y se esconde. Yo sigo hacia mi carro. Ella era tan distinta de mí hace unas horas y ahora nos parecemos tanto. Siento que nos une una profunda tristeza. Sin embargo he descubierto a un ser más infeliz que yo. Enciendo el carro. Pronto he salido del amasijo de calles, he escapado de aquella urbanización de suburbio cuyo nombre jamás supe, sin preguntar, sin perderme.
(relato corto, "yocumental" fabulado). Todo lo relatado es ficciòn,
martes, 19 de enero de 2010
viernes, 15 de enero de 2010
taller mecànico
Es una de esas mañanas miserables. El clima de este país, muy cálido y pegostoso, hace que la calle parezca un gran sartén resbaloso, impregnado de aceite hasta los tuétanos. Acabo de llegar al taller mecánico. Mi carro es un pozo sin fondo, que pide y pide como esos minúsculos pajarracos recién salidos del cascarón. En este lugar parezco un condenado, de alguna manera alguien me va a joder, de cualquier manera yo voy a salir jodido. Es la ley de la calle. Pero en mi país esa ley tiene una praxis muy especial. Digamos que ella rige todas las relaciones entre la gente. Padres e hijos, hermanos, tìos, sobrinos, todos ellos la ponen a funcionar en sus mismos hogares. El proceso de ratería colectiva, indetenible y ostensible, se vino incubando desde el calor del hogar. Papá, el vivo, el avispao, al que "nadie lo jode", enseña a su hijo como no dejarse joder, o mejor dicho, como joder. Toda esa mierda, de la que me niego seguir exponiendo detalles, es un una especie de jardín fètido que cobra forma en este maldito taller mecánico. Una fauna variopinta hace vida en este antro. Casi todos son hombres, entre 25 y 45 años, obesos y mal hablados, miserables, pero eso sì: con tremendas camionetas ùltimo modelo. Dedican especial tiempo en sacarle información a los mecánicos, para no tener que pagarles, pero los mecánicos también hacen lo suyo: tratar de joderlos. Y aquì estoy yo, un pendejo que lo que le gusta es leer, que llora cuando lee un buen poema o ve una buena pelìcula o escucha una pieza formidable,m metido entre este poco de mierdas. Sì, dije mierdas, con todo el derecho del mundo, con toda la serenidad que me da la austeridad de mis actos y mi mi rígida composiciòn de principios.
El mecánico hace su trabajo y al mismo tiempo empieza a angustiarme con sutiles ademanes y gestos, para que caiga en la trampa y ponga el repuesto que èl quiere, de la forma que èl quiere y asì sacarme el triple del dinero acordado inicialmente. No se lo permito, no por mi astucia sino por mis malditas finanzas destruidas por la inflación económica y la inflación de los apetitos de un colectivo enloquecido. Una especie de hombre-embutido devora una empanada que se le desborda por la comisura de los labios. Entre chasquido y chasquido no deja de hablar de su "culo" (su mujer), el cual tiene unas tetas de la puta madre. Menciona, de manera muy confusa y heroica, cómo la puso en cuatro patas y el resto. Yo me pregunto en que lugar le habràn puesto la paloma a semejante cagada. Sus ojillos de animal acorralado chisporrotean, quizás de mentira y odio. De pronto se voltea y se dirige hacia una camioneta Hummer que tenía rato estacionada. Se mete en ella y la para cerca de mì. Vuelve a hablar con el mecánico. Dentro de la camioneta un estruendo de no-mùsica estalla. Me alejo de ella pero me acerco al hombre-embutido que se encuentra charlando animadamente El hombre en cuestión empieza a explicar còmo hizo su fortuna. Todo la trama es una red de contactos privados, datos y contactos gubernamentales de pequeña calaña. De pronto aclara todo cuando menciona la palabra Cadivi y dòlares. Quizás porque yo lo miraba entre atento y asqueado el hombre creyó que yo apaludìa con amor toda su charla. No me pregunten por què el hijo de puta se dirige a mì y me dice: asì es la vaina pana, uno tiene que joder primero, el que jode primero jode dos veces. Entonces me sonreí, le palmeé la espalda, escupí cerca de sus pies y me retiré.
(Yo no sè escupir, pero una fuerte energìa me hizo hacerlo mejor que Scarface)
Buen cuento. He comprado 5 o 6 películas de acción. En ellas los malos son acribillados y sus sesos decoran las paredes. Espero obtener un poco de venganza con eso...
Ocurrido en el dìa de hoy, taller mecànico de los altos mirandinos a la 1 y media de la sofocante tarde
El mecánico hace su trabajo y al mismo tiempo empieza a angustiarme con sutiles ademanes y gestos, para que caiga en la trampa y ponga el repuesto que èl quiere, de la forma que èl quiere y asì sacarme el triple del dinero acordado inicialmente. No se lo permito, no por mi astucia sino por mis malditas finanzas destruidas por la inflación económica y la inflación de los apetitos de un colectivo enloquecido. Una especie de hombre-embutido devora una empanada que se le desborda por la comisura de los labios. Entre chasquido y chasquido no deja de hablar de su "culo" (su mujer), el cual tiene unas tetas de la puta madre. Menciona, de manera muy confusa y heroica, cómo la puso en cuatro patas y el resto. Yo me pregunto en que lugar le habràn puesto la paloma a semejante cagada. Sus ojillos de animal acorralado chisporrotean, quizás de mentira y odio. De pronto se voltea y se dirige hacia una camioneta Hummer que tenía rato estacionada. Se mete en ella y la para cerca de mì. Vuelve a hablar con el mecánico. Dentro de la camioneta un estruendo de no-mùsica estalla. Me alejo de ella pero me acerco al hombre-embutido que se encuentra charlando animadamente El hombre en cuestión empieza a explicar còmo hizo su fortuna. Todo la trama es una red de contactos privados, datos y contactos gubernamentales de pequeña calaña. De pronto aclara todo cuando menciona la palabra Cadivi y dòlares. Quizás porque yo lo miraba entre atento y asqueado el hombre creyó que yo apaludìa con amor toda su charla. No me pregunten por què el hijo de puta se dirige a mì y me dice: asì es la vaina pana, uno tiene que joder primero, el que jode primero jode dos veces. Entonces me sonreí, le palmeé la espalda, escupí cerca de sus pies y me retiré.
(Yo no sè escupir, pero una fuerte energìa me hizo hacerlo mejor que Scarface)
Buen cuento. He comprado 5 o 6 películas de acción. En ellas los malos son acribillados y sus sesos decoran las paredes. Espero obtener un poco de venganza con eso...
Ocurrido en el dìa de hoy, taller mecànico de los altos mirandinos a la 1 y media de la sofocante tarde
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