martes, 18 de mayo de 2010

La emboscada (extraída de mi libro inédito La emboscada y otros miedos)


 Es toy listo para atravesar medio país y encontrarme con Magda Alcántara. Hace dos años la vida me arrinconó contra las cuerdas de la desgracia. Después de esta etapa de sufrimientos, desde que mi pequeño negocio, hogar y todo lo demás sucumbió al terremoto de las circunstancias, Heme aquí a las siete y media de la mañana sorbiendo café, lo mejor que he hecho durante este tiempo. Aparte de regentar un viejo hotel, mugriento, lleno de polvo, donde turbias historias se mezclan con el moho del papel tapiz aterciopelado, paso mis horas en la Biblioteca Nacional, hurgando documentos olvidados, husmeando no en la Gran Historia, sino en las pequeñas historias de los ciudadanos comunes de mi ciudad. Jurisprudencias decimonónicas, libelos, alguna crónica sobre un marido enfurecido que demanda a su mujer, pero tratando de ocultar ante los ojos de la opinión pública los pormenores de su ira. Y lo mejor de todo ésta en las crónicas policiales de época En los entretelones de la vida ciudadana el adulterio es pieza fundamental en ese entramado conflictivo de la sociedad. En un documento me encontré con una oscura y turbulenta crónica sobre el Dr. Segismundo Alcántara Bonafina y su esposa Dolores, quienes serian tatarabuelos por línea paterna de Magda. Cuando éramos muy jóvenes aquel incidente era un rumor y el padre de Magda dedicó afanosamente sus esfuerzos a fin de borrarlo y limpiar el legado de la prestigiosa familia Alcántara, una estirpe de médicos brillantes que hicieron importantes aportes a la medicina de nuestro país. Sin embargo esta historia no tiene nada que ver con mi visita.

Magda Alcántara Leañez era en mis tiempos de adolescente una hermosa rubia, cuyo ángel recordaba a las musas de Boticelli. De origen pudiente, ella era el delirio de los niños ricos de Caracas. Mis padres fueron profesionales de orígenes provincianos cuyas familias vinieron a la capital, aprovechando el auge de talentos en días de vertiginoso crecimiento. Gracias a esta tradición familiar estudié en una escuela privada de niños ricos. Aquel contacto con mis compañeros de estudio me permitía asistir a ciertos fiestones de lujo. Francisco Javier  Del Olmo llamábase mi mejor amigo, quien me prestaba sus trajes de etiqueta para las ocasiones. Debido a nuestra semejante complexión me quedaban como hechos a la medida. Y así, entre fiesta y fiesta, algunas veces coleado, otras “medio invitado”, conocí a Magda Alcántara. Sucedió en una celebración quinceañera de Laurita Klein, una rubia gordita y rozagante, cuya familia judía nadaba en dinero. Lo extraño de aquello de daba comenzando esas fiestas, cuando los muchachos permanecían apartados de las féminas. Uno y otro bando se dedicaban al reconocimiento, donde se fundían el deseo, la crítica y el chisme. Recuerdo a Francisco Javier diciendo “Laurita parece un sofá con ese vestido tan ridículo”. Me mataban de la risa aquellos comentarios, que destruían lo vaporoso de la socialitè criolla, quedando esta crudamente expuesta por la mordacidad de los adolescentes. Trataba de permanecer lo menos visible en el espacio que quedaba allí, entre ambos sexos. Las más empingorotadas me veían de arriba abajo, por no estar ungido de apellidos rimbombantes. Otras me observaban con cierto interés, como algo pintoresco o exótico. Pero la mirada profunda de Magda arrebataría mi corazón.

En la fastuosa fiesta lo autóctono estaba presente, había pasapalos de plátano, tequeños, cachapas en miniatura al ritmo de la Billo’s Caracas Boys. La gente se lanzaba a bailar, los hombres haciendo de cachos colocaban los índices a los lados de su cabezas, embistiendo a las mujeres al ritmo del paso doble. El padre de la agasajada, hombre sagaz, era un brillante emprendedor de negocios, pragmático, pero de una rebeldía que me agradaba. Para exasperar al círculo de la comunidad hebrea, el Dr. Salomón Klein ostentaba con aire divertido una hermosa imagen de la Virgen del Valle que relucía en su biblioteca. No sé por qué, en algún momento de la fiesta, este pequeño y rubicundo señor me dedicó una considerable atención. Me preguntó sobre mi familia, escuchaba con interés las aventuras de mi abuelo, quien desde las calientes tierras de Cantaura fue protagonista de una odisea en mula a Caracas. Entonces me condujo hacia esa biblioteca donde la Virgen hacía de guardiana de la sabiduría, extrajo un libro fascinante, “El Corsario Negro” de Emilio Salgari, y me lo obsequió. Después, haciendo un guiño y dándome una palmada en la espalda, me despidió diciendo “vuelve a la fiesta y saca a bailar a una de estas carajitas”. Yo era tímido e inseguro. Merodeaba alrededor de Magda, buscando y temiendo el profundo azul de sus grandes ojos. Para aliviar la tensión, yo me tranquilizaba con largos tragos de cuba libre. Así me lanzaba al ruedo y sacaba a bailar a mujer que se me atravesara. Para lograr ese simpático tumbao del merengue sesentoso caraqueño, yo seguía las recomendaciones de mi padre, quien era un militar retirado con el rango Capitán del Ejército, gracias a su alcoholismo. El aprendió a superar su introversión a punta de baile, cuando apenas era un cadete, al son de  ¡“La marina tiene un barco… la aviación tiene un avión y los cadetes de mi barrio hoy están de promoción”!

La mochila que he preparado pesa un poco más de lo debido. En ella llevaré muchos implementos de supervivencia, uno no sabe que puede pasarle a seiscientos kilómetros de casa. Aunque esa distancia no es tan larga, he estado por un tiempo prolongado anclado a esta ciudad. Mis vivencias han estimulado en mí esa mezquindad de los ermitaños, que no confían más que en ellos mismos y las cuevas que los protegen de la intemperie. Me llevo una pequeña tienda de acampar,  sartén, cocina y lámpara de querosén, enlatados, impermeable, sábanas, bolsa de dormir térmica, navaja multiuso y demás implementos. Es una locura ver lo sobre equipado que voy. En caso de emergencia podría alquilar una habitación de hotel, sin embargo la casa de Magda está en las proximidades de Mérida,  un lugar donde el paisaje muestra esa temible soledad del páramo. En un imprevisto de medianoche, allí donde no existe transporte público confiable, donde las temperaturas nocturnas oscilan en muy pocos grados sobre cero, sería una locura no estar correctamente preparado. El teléfono grita, su timbre repentino y agudo con frecuencia me arranca sobresaltos. Derramo un poco de café en mi franela y atiendo. “¿Què sucede?”, me interpela la voz inconfundible de las obligaciones. La madre de mis dos pequeños aún se divierte con mis peripecias de hombre solitario, cosa que me alivia debido a los sufrimientos que le di como hombre casado. Le digo que todo anda bajo control para no dar detalles de esta aventura. Confirmo envío del dinero para el pago de escuela. Hablo con mi hijo menor, pregunta cuando los iré a buscar, le digo que haré un viaje y apenas regrese los llevaré al parque y al cine. Su voz frágil invade mi ser, llegando a lo más profundo,  allí donde lágrimas secretas riegan este pequeño valle de vulnerabilidad. El mayor, más hosco y rebelde, me trata como un adolescente más. Se le escapa una que otra muletilla, como esas de “pana” y “guevòn”. Acepto con dulzura su rudeza, la cual cede en los juegos cuerpo a cuerpo que a menudo realizamos y donde le enseño técnicas de ataque y defensa. Cuelgo y un hondo suspiro escapa de mi pecho. Coño… que vida tan jodida.

La señorita Alcàntara paseaba sus ojos con indiferencia, mientras se trasladaba casi en modo de levitación a través de la perplejidad de los presentes. Los jóvenes, a pesar de esa prepotencia y arrojo que la fortuna y el consentimiento de sus padres pronuncian,  quedaban paralizados ante aquella presencia celestial. Mi padre siempre inculcaba en mí su orgullo de roca, el cual hoy en día y a los ojos de mi vasta experiencia, resulta una estupidez . Yo permanecía aferrado al amigo benefactor. Si bien yo no era el joven distinguido del Rolls Royce, el plantaje físico me ayudaba a ganar terreno en aquel campo de batalla cuyo escenario era “La Fiesta en el Country Club”. Estaba un poco ebrio y mi aplomo perdía terreno. Sin embargo esto no impidió que Magda se acercara a nosotros, un grupo de tontos adolescentes con aires de jugadores de Rugby y me lanzara una mirada con aire barroco. Mis compañeros me daban codazos, unos con más fuerza para drenar un poco de su envidia. Mi orgullo comenzaba a reflotar entre burbujas de champán y fogonazos de ron, si bien había funcionado, el mismo no contemplaba la estrategia de ataque sino de defensa.  Entonces con torpeza mal disimulada le cedí mi brazo más firme y la conduje a la pista de baile. Una balada de aquellas décadas marcaba un descanso en la agitada agenda musical, donde viejos y jóvenes se unían a una sola causa: bailar. Yo la llevaba con un poco de distancia y cautela para no botar aquel gran momento por la borda. Nuestras cabezas estaban tan cercanas, pero nuestras miradas se perdían sobre ambos hombros. Ella, de pronto, se acomodó de tal manera que nuestros ojos quedaran, sin remedio, frente a frente. Sabía que me pondría nervioso y esto le divertía. El exceso de alcohol explotaba en mi cabeza y reverberaba en mi estómago. Maldecía para mis adentros. Trataba de conversar pero las palabras salían aplastadas como despojos de carretera. Sentía en cada músculo del rostro como mi expresión se tornaba grotesca e imbècil. Y no tardé en joderla: Vomité su hermoso calzado francés.

El autobús es cómodo. Me pareció buena excusa decirle a Magda que sufro de fobia a conducir. La verdad es que mi Malibù del 77 no es muy apto para viajes largos. Pero ella le restó importancia al asunto. Me sorprende lo que percibí en nuestras largas conversaciones cibernéticas; una mujer que no dejó el menor rastro de lo que conocí en aquella fiesta. Hace pocos años se retiró a aquel lugar , después de un corto matrimonio y un largo divorcio. En las fotografías actuales ella luce tan distinta a aquella niña sacada de un cuento de hadas. Ahora, quizás por la edad y las vivencias, sus grandes ojos azules se convirtieron en esa mirada fotográfica, llena de sensualidad y malicia. Ya no es aquella chica aséptica que se contorsionaba de asco ante los más primitivos actos carnales. Algo de hippie se entremezcla con la felina sexualidad de las cuatro décadas. El deseo devela mi agenda oculta, turbia; ahora soy un macho herido que se lanza a las aguas de la revancha. Aparto esta realidad de un manotón. Pero es inevitable. Quiero escribir la continuación de una historia. Soy el mismo tonto, pero más viejo.

La fiesta de Laurita Klein fue un episodio crucial. Era apenas un adolescente y mi personalidad era una masa púber sin consistencia alguna . La burla, los crueles comentarios generados a partir de aquel desafortunado evento, donde mi comportamiento errático fue la pieza clave, marcaría muchas de las decisiones que tomaría en el futuro. El Dr. Klein se apiadaría de mí, quizás por la simpatía que le inspiré, y por eso me llevaría a una de las habitaciones de su amplia casa para que durmiera la borrachera. Aun recuerdo esa mañana del día siguiente, con vergüenza residual, en el lujoso comedor donde fui objeto de la cálida hospitalidad de aquel señor. Sin embargo sus tres hijos (incluida Laurita) no me dirigían la palabra, apenas y me lanzaban una que otra mirada despectiva. Con profunda pena abandoné aquel hogar con mi tomo del Corsario Negro bajo el brazo, vistiendo unas ropas de Aarón, el gigantesco hermano mayor de Laurita, las cuales me quedaban ridículamente grandes. Mi padre me recibió e identificó en mí aspecto toda su historia. Lejos de entenderme (o aceptar hacerlo) me propinó un bofetón humillante con su mano de campesino. Francisco Javier, sin embargo, no cedió espacios a la vergüenza y el chisme, permanecía firme en aquella amistad que nos unía. Él me defendía, si era posible, a puños limpios. ¡Y vaya que los sabía usar!. En aquellos años no existían las tecnologías de comunicación que hoy proliferan asombrosamente. No hubo manera de hallar a Magda y pedirle disculpas por mi error. Tan solo contaba con un árido teléfono gris de discado. Así pasaron los años, con el estigma de aquella tonta tragedia que me acarrearía mi destierro de aquella minúscula y hermética sociedad. Sin embargo, en la intimidad de aquel círculo, cualquier cosa era posible, entre ellas las idioteces que presencié con sobriedad y màs cordura que el promedio. La verdad es que jamás formé parte de ellos. Yo tenía una frágil concesión que fue cancelada por un leve desliz. Papá jamás me lo perdonó. Terminando la secundaria fui cambiado a un colegio más clase media. Allí me sumergí en la rebeldía de un precario movimiento punk. Entonces volví a las fiestas, pero en calidad de patotero, esgrimiendo cadenas y bates para disolverlas. Eran peleas memorables y aquello signaría el distanciamiento definitivo de mi último amigo: Francisco Javier Del Olmo.

Estiro mi espalda llegando a Mérida. El autobús tomó una ruta más cálida a través el El Vigía, un caluroso y horripilante pueblo, por lo tanto no he tenido la oportunidad de admirar estos majestuosos páramos de la cordillera andina. Hacemos la última parada en el antiguo Aeropuerto de la ciudad, cerrado por los altos riesgos que la geografía impone al tráfico aéreo. Esta ruta me trae inconvenientes ya que debo tomar un transporte hacia el páramo, cosa que alarga el trayecto. Saco la libreta y pregunto, me percato que Mucurubà está a treinta kilómetros de la ciudad. Busco un taxi confiable. Me atiende un señor mayor con un inconfundible acento, que tiene algo de canción, algo de montaña, de calles empedradas y olor a leña. Acento que se hunde en esta ciudad ya afligida por las tensiones de las urbes: el tráfico, el costo de la vida y la inseguridad. En el camino él se da cuenta de que estoy “mas perdido que el hijo de Lindbergh”. Me informa que Mucurubà es un pueblo agrícola muy pequeño y no es “las afueras de Mérida”, tal como dije. Mientras hablamos sus ojos verdosos se humedecen levemente, dejando al descubierto la mácula que dejaron algunos germanos en aquellos remotos tiempos de siembra y ganado. El hombre nació y vive aún allí, pero debe ganarse el pan a unos cuantos kilómetros, entre el ruido, la incipiente contaminación y la prolija estupidez de los turistas. Media hora de camino y hacemos entrada en un humilde pueblo de apenas dos calles, aunque muy limpio. Le pregunto al taxista donde está un lugar llamado “El Rincón de Magda”. Al hombre le chispean los ojos y exclama “Ah, la posadita de la catira! yo lo llevo hombre!. Es mitad de día y ya estoy molido por ese largo y pesado viaje nocturno. Una montaña hermosa se levanta oronda al oeste, bañada de ocres, naranjas y verdes. Se ven algunos minúsculos caseríos a lo lejos y el clima templado taladra mis huesos ya acostumbrados a los incansables hornos de la capital.

¿Qué le pasaría a Magda?. Siempre esquiva, supo escurrirse de las preguntas importantes, de todo compromiso. Algo la persigue y  respuestas genéricas, casi prefabricadas esconde algo y mi fascinación aumenta. Un acertijo no resuelto viene desde el tiempo sus incógnitas se interponen a cambio de respuestas . El camino cambia de colores, asì como aquella “princesita” que hoy por hoy  se refugia en un recóndito poblado, sin clubes sociales, sin viajes alrededor del mundo, sin crónicas sociales y eventos anunciados con bombos y platillos en la prensa. Ella, en cierto modo, es mi colega, aunque su posada distará mucho del cetrino hotel que yo dirijo, y del cual extraigo ganancias extras gestionando las fechorías sentimentales de uno que otro ejecutivo medio palo, de esos que abundan en mi gran ciudad. En algún momento estuve cerca de conquistar una abundante fortuna, pero los excesos y mi disoluta suerte me llevaron al derroche, a la existencia pródiga de burdeles caros, bares, discotecas y paraísos artificiales. En este instante todo mi ser apunta a aquellos ojos que me llevan al intenso encuentro que produce el mar esa trìada maravillosa entre luz, fondo y superficie. A pesar de todas las ataduras que definen mi adultez , aquel niño tonto renace. Soy aquel que se preparaba para una fiesta, signado por la pequeña tragedia cuyo desenlace fue sería la pérdida de un hermoso calzado francés , sigue latiendo veloz como el corazón de un recién nacido. Casi en el último rincón de aquellas dos calles que se llaman Mucurubà, mi amigo el conductor me deja al tanto que hace entrega de una tarjeta con sus números de teléfono. La atesoro en mi billetera. Aquí estoy, en la entrada de una casita que se ve a la distancia, precedida por un camino angosto de tierra y grama, rodeado de frailejones y rosas multicolores. Abro la reja con confianza por la ausencia de timbres, campanas o dispositivos que anuncien la llegada de un visitante o turista. Mientras me acerco a la construcción principal observo como se extiende la posada de manera ascendente, apareciendo pequeñas cabañas de colores vistosos. Tienen nombres de flores, como Cayena, Margarita, Nenúfar, Crisantemo y otros que se escapan de esta endeble memoria.

No me atrevo a gritar su nombre. Avanzo a través de la pequeña vereda floreada, inundada de abejas y colibríes. Una honda ternura me embarga. El lugar cambia aquella temprana perspectiva de la adolescente caprichosa y en cierto modo cruel, que usaba sus ojos como arma para subyugar a incautos como yo. Una forma humana surge de una de las cabañas y se va acercando a mí, revelando con suavidad sus relieves de mujer. Tiene guantes de trabajo y un delantal, mas sus movimientos serenos y armoniosos me recuerdan a la chica de aquella pista de baile, que casi levitaba dejando a su paso expresiones lánguidas. Diviso su rostro y poco queda de esa piel nacarada que rozaba mi mejilla bajo el aura de una cursi balada americana. Es una piel de trabajo, pero cuidada con esmero, algo tostada por el sol sobre el jardín, entre abejas y pájaros. Es Magda, con el mismo azul profundo, pero en unos ojos más pequeños, bordeados por finas líneas de expresión. Se acerca y sonríe mientras su cabellera cae levemente sobre el rostro, dibujando un misterio en uno de sus ojos que permanece casi oculto; su rubia fronda hoy no es el oro reluciente del pasado, sino trigo brillante que responde dócil a los llamados del viento. Las rubias han sido mi debilidad aunque la vida me llevó al altar con aquella mulata cumanesa, de ojos miel y negros rizos. Tres noches ardientes dieron vida a nuestros amados hijos. Sin embargo mi todo desemboca en Magda, en su abrazo que ablanda mi rígidez de bestia herida. Un viento pretérito nos envuelve como aquellas notas de vibráfono que abren “The little Wing” de Jimi Hendrix. Mi el llanto se asoma, pero no lloro  Sólo pasan ante mí las noches de embriaguez que encontraban su clímax en la atmósfera de aquella inolvidable composición. No puedo creer que pasé más de media vida enamorado de esta ilusión-mujer que ahora me rodea con sus brazos.

“Namastè” es su saludo. La sigo a la construcción principal, cuyo interior es de materiales nobles, pocos elementos pero recursos ricos en gusto. Va a la cocina mientras me pongo cómodo. Prepara un te con ingredientes que no revela. Aquel saludo me ha dejado inquieto. Parece una contraseña hippie, que tiene mucho de Lennon y quizàs del otro lado, la psicodèlica tiniebla de los Manson. Me relajo, y tomo el té confiado. Atravesé medio país para encontrarme con Magda Alcántara Leañez. Ahora estoy frente a una trabajadora del campo, cuyo preparado está llegando a mis entrañas y apenas nos hemos dirigido poco más que una palabra. Le pregunto cosas de rutina, que cómo está, que como le va con su actividad, que es lo que opina de esto y lo otro. Ella mira mis ojos. Mis preguntas acaban. “Esta noche vienen unos amigos muy agradables y quieren conocerte” me dice sorpresivamente. ¿Por qué diablos querrían conocerme?. No es que pretenda (¿O sì?) convertir su casa en nuestro tórrido lecho de amor, pero esto de los amigos suena a multitud. Echo un ojo a la pesada mochila pero esa delicada mano me hala con agilidad para pasearme por la posada. Magda insistió en que llevara a mis hijos y los quise mantener al margen de este encuentro, este cierre íntimo de una frustración silenciosa que rezuma en todas las vísperas de mi sueño. Atardece y pronto comienzan a aparecer rostros nuevos. Se hacen las presentaciones respectivas, son “los amigos agradables que quieren conocerme”. Entre ellos destaca una especie de figura principal, un pequeño y gordo hombrecillo de tez morena. Se hace llamar “Hanumat Rampaya”, una suerte de nombre sustitutivo krishna. En el transcurso de la conversación me entero de que su verdadero nombre es Ismael Cordido, quien era empleado de banco pero descubrió una nueva fe que lo salvó del mundanal tedio de Carora, árido y desconsolador pueblo de las planicies larenses que desembocan en el piedemonte andino. Lo acompaña Vrindavana, una no menos gorda mujer, de unos cincuenta años (como èl). Con ellos vienen un tal Prahbupada y Goura Priya. De repente se hace silencio y todos me observan. Río con nerviosismo. Quien de estos tres tristes tigres naufraga en el divino vértice de Magda?. ¿Por qué me miran de esa manera?. En un descuido olvido la naturaleza de estos huéspedes y pido por una cerveza. Magda me ataja suavemente. “No tenemos alcohol amor”. Carraspeo a ver si los idiotas “amigos agradables que quieren conocerme” salen de la catatonia. Lo logro.

Prahbupada, un larguirucho y pálido joven es al parecer el más animado y menos “personaje” de todos. Tiene veinticinco años y saca a la luz sus días de surfista en las costas, no solo de Venezuela, sino de Hawai y California. Del gordo entiendo esa huída del sopor caroreño, pero ¿Por qué este flaco ha de escapar de todas esas playas maravillosas para meterse en estas montañas de brisa y silencio?. Hay vainas incomprensibles. Yo no le quito la vista de encima a Magda. La charla se va encaminando a temas de fe, de existencia. Lo venía presintiendo por las tendenciosas preguntas acerca de mi estilo de vida, de mi gusto por el alcohol y el cigarrillo. Pido permiso para echar un poco de humo afuera, ellos aceptan incómodos, a mi se importa un carajo, sólo quiero a esa mujer que va y viene de la cocina con entremeses vegetarianos. Jamás tuve inquietudes religiosas y menos bajo el látigo recio de un padre militar. Les hago ver mi visión pragmática sobre la existencia. Repentinamente Magda, por vez primera, se dirige frontalmente a mí. “Cuando te abracé sentí lo lejos que estás de ti mismo, eres pura mente, eres un ser cerebral”. “Si vas a entrar a mi mundo, quiero que conozcas un poco de mi nueva vida”. Así logra embelesarme de nuevo. Pienso y pienso en esa pequeña frase “vas a entrar a mi vida”. Poco a poco, su dulce voz me va guiando hasta que acabo desnudo a lo largo de una camilla y sobre mí, las manos de Goura Priya haciendo su extraño trabajo ayurvèdico.

No recuerdo cuando me quedé dormido. Escuchaba voces y música propia de esos ambientes nueva era, las manos de Goura habían sacado dolor de mi cuerpo y pronto caería extenuado. Si no fuera por un fuerte olor que me espabila hubiese seguido de largo en mi sueño. Pero me encuentro con el gordo ahora en el lugar del callado masajista, hurgando en un rincón donde sólo mi mano y mis amantes han tenido acceso. De un salto me incorporo, turbado por la halitosis del invasor y una desagradable sensación de humedad en mis partes nobles. “¿Qué coño está pasando compadre?, ¿Te volviste loco?. El gordo se acerca sin precaución y lo derribo de un puñetazo en ese preciso lado de la mandíbula que apaga el conocimiento. Con él, la camilla sale disparada y para sobre la mesa de exquisiteces vegetarianas. El resto de los presentes abren sus bocas ante la sorpresa, cosa que se da muy poco por estos lados. Un tarro de aceite aromático derrama el mismo líquido que lubrica en este preciso instante mis genitales. De nuevo, pero en otra situación más bizarra, me encuentro tal cual en aquella pista de baile, pero desnudo, con un gordo exánime a los pies y la mirada desorbitada de Magda. Ella grita “!Swami, Swami!”. Con otro salto alcanzo la gran mochila, la abro y saco de manera desordenada otras prendas de vestir, quedando regadas en el piso varias hojas con dibujos y textos. Me encierro en el baño desesperado. Reconstruyo los hechos, veo terribles desproporciones en mi alma, las mismas que hacen de la gran urbe un campo de concentración. Dentro de mí las palabras de Magda caen como una lluvia dominguera: “Si vas a entrar a mi vida.. si vas a entrar a mi vida”. Lo irracional es parte de mi naturaleza cerebral, intelecto, lógica, sofismas para embellecer lo más bajo de mis apetitos. Me visto y aguardo en el baño . Se oyen voces, la de Magda sobre todo, animando al infortunado hombrecillo que entró sin pedir permiso a lugares restringidos. Pasan varios minutos y se hace el silencio Me armo de valor y salgo. Encuentro a Magda desencajada y el resto ha desaparecido.

Nueva sorpresa. Sus manos temblorosas sostienen aquella crónica del Dr. Segismundo Alcántara Bonafina y su esposa Dolores. Sin acercarse alza la voz. “¡¿Qué es esto?!. “¡¿Por qué traes esta mierda a mi casa?!”. “¡Morboso!”. ”¡Enfermo!”. Magda llora por aquella vieja historia familiar que llevaría en sus espaldas, que sería un arma con la cual hasta aquel esposo violento la atacaría: “Puta como tu tatarabuela”. Su padre se hundiría en el rencor de no poder borrar tan funestas páginas de la historia familiar. Me pregunto como fueron a parar a mi mochila esos documentos que obtuve por mera casualidad y que reproduje por simple curiosidad de investigador amateur. Intento explicar, pero algo lo impide. Cansado de dar tantas razones, de tratar de enmendar permanentemente mis errores y descuidos, recojo mis cosas. El llanto de Magda fluye como la quebrada que corre detrás de su posada, lugar levantado por suaves y delicadas manos llenas de amor, pero también huidizas de tormento y tristeza. Tanto que la busqué y jamás imaginé, cuando al fin hallé sus rastros en ese vasto universo cibernético, que esto sucedería. Apenas logro decirle que la amo y me voy para no volver.


Es de madrugada. Intento llamar al amigo conductor pero no tengo éxito. Todo es soledad en este paraje agreste. La tienda está armada y el candil de querosén alumbra la historia de los Alcántara. El amable hombre del taxi ya me había advertido de una serie de asesinatos hechos a mano limpia por algún asesino furtivo no identificado. Su técnica, parecida a la de aquel psicópata español de los años sesenta llamado “El Arropiero”, es la de romper el cuello de la víctima con  un golpe seco. A este asesino montañés le llaman “El Verdugo del Páramo”.  Me entrego al destino y ojala no suceda nada malo, pero si algo ocurre… eso es otra historia